Catecismo en la escuela pública de Mendoza

En una escuela laica del centro les enseñan a los chicos a bendecir la mesa y a rezar.

– Uy, che. Bueno, como te decía, parece que viene por el lado de la euforia papal. Resulta que mi hermano tiene un nene de cuatro años que va a una escuela del centro.

– ¡Oh, oh! No me digas que lo hicieron dibujar el papamóvil o algo por el estilo…

– ¿Viste que siempre terminás enganchado con lo que te cuento?

– Dale, no te agrandés. Decime qué pasó.

– Es mucho peor que dibujar el papamóvil. Resulta que mi hermano no cree ni en su sombra. Bueno, en su sombra sí cree, porque es una cuestión física demostrable, pero en lo que es fe, no cree en nada.

– Como vos…

– ¿Qué sabés en lo que yo creo?

– No lo sé, pero me lo puedo imaginar, si no, no me contarías lo que me estás por contar.

– Buena… Hoy te levantaste suspicaz. Pero debo admitir que te ganaste un poroto como Sherlock Holmes. Efectivamente, soy ateo.

– Entonces, qué pasó…

– Pasó que mi hermano tiene ese nene de cuatro años al que manda a la salita de cuatro, lógicamente…

– Lógicamente…

– Y resulta que el otro día se sientan a comer y el péndex les dice que esperen, que antes de empezar tienen que bendecir la mesa.

– Ah, bueno…

– Justamente. Imaginate mi hermano, la mandíbula por el piso le quedó. Pero mi hermano es más tranquilo que agua'e tanque, la que se puso peor fue mi cuñada, porque se recalentó.

– No es para menos.

– Claro que no. La cosa es que mi cuñada le pregunta de dónde sacó eso, y el chango le dice que de la escuela, que la seño les enseñó que tienen que bendecir la mesa. Entonces ella se pone a explicarle, como pudo, más vale, imaginate que tiene cuatro años el pibe, que eso era algo religioso, que había gente que creía que había un dios y otra que no, y que ellos eran de los que no creían, por eso sí agradecían tener para comer todos los días, pero que no le agradecían justamente a ningún dios y que patatín y patatán…

– Me imagino que al otro día fueron a la escuela a poner el grito en el cielo.

– No. Tranqui. Lo tomaron tranqui. Lo tomaron como que había sido una conversación en el aula con todo esto del papa argentino y demás. Al contrario, en vez de hacer quilombo se la tomaron con soda, decidieron comérsela, dejar que pasara y después seguir conversando con mi sobrino sobre el tema.

– Es medio jodido que en las escuelas públicas se den esas cosas, pero, bueno, terminó todo bien…

– ¡¿Qué terminó?! No terminó un carajo.

– Ah, ¿no?

– No. A los días, estaba el pibe en el baño con la puerta entornada, se estaba lavando, y pasa mi hermano por el pasillo y lo escucha que está hablando bajito, entonces le pregunta qué estaba haciendo y el péndex le dice que estaba rezando.

– ¿Que qué?

– Lo que escuchás, que estaba rezando. Por supuesto que el que se recalentó ahora fue mi hermano. Y ni te cuento cuando se lo contó a mi cuñada.

– Me imagino. Ahí sí que se pusieron de los pelos.

– ¡Pero más vale! Al otro día se fueron a la escuela y quedaron en que iban a tener una reunión mañana. Pero pará que todavía hay otro dato.

– ¡Más todavía!

– Sí. Tiene que ver con los primeros días de clases. Resulta que les mandaron desde la escuela una ficha para que llenaran con los datos del pibe, y entre las preguntas que hacían estaba la de qué religión profesaban.

– ¿Y eso qué le importa a la escuela?

– Eso mismo se preguntaron mi hermano y mi cuñada. Pero no le dieron más bola. Pusieron que no profesaban ninguna religión y se olvidaron, pero esos datos los pasaron por alto en la escuela, porque la maestra parece que les está dando catequesis a los pibes.

– ¡Qué los parió!

– Qué los parió… Bueno, me imagino que vas a poder escribir algo con esto.

– Seguro. Ahora te corto, porque está muy bueno lo que contás pero…

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