Cataluña: ¿también un conflicto religioso?

Parece que no hemos aprendido que la mezcla explosiva de nacionalismo y religión aumenta el potencial de violencia, más que amortiguarlo.

No cabe duda de que la sociedad catalana está muy polarizada por el referéndum. No hay un consenso, aunque el espacio mediático y la calle estén dominados por los nacionalistas independistas. No sabemos tampoco cuantos abogan por la consulta, pero no por la independencia, ni si un hipotético referéndum legal promulgado por el Estado, bajo condiciones democráticas, será posible en el futuro. Son muchas las preguntas sin respuestas claras, en un conflicto que ya tiene consecuencias desastrosas, entre ellas la de polarizar la sociedad y hacer difícil la convivencia, la de desplazar razones y argumentos por afectos, emociones y pasiones, y la de generar incertidumbre acerca del futuro a todas las instituciones y ciudadanos.

En esta situación se buscan aliados y legitimaciones por todas las partes. Y como no podía ser menos, al final aparece también el factor religioso. Se confirma una vez más la afirmación de Gandhi, de que el que dice que la religión y la política no tienen nada que ver, ni sabe lo que es la política ni lo que es la religión. Ante los problemas importantes se recurre a lo religioso como factor de legitimación o de exclusión. Y esto es lo que ya está ocurriendo. Últimamente con una carta de 282 sacerdotes y religiosos que «movidos por los valores evangélicos y humanistas que representamos» consideran legítimo el referéndum y exhortan a votarlo. Del mismo modo lo avalan agrupaciones e instituciones religiosas de distinto signo y se apela a los obispos para que individual o colectivamente se pronuncien al respecto. También se busca la legitimación religiosa por los que se oponen, se defiende la unidad de España como un bien moral a defender, se demanda un pronunciamiento de la Conferencia Episcopal, se requiere la intervención del Vaticano, se escriben cartas protestando a Rajoy y Puigdemont y se exige que ninguna institución religiosa dé facilidades para el referéndum. Una vez más un conflicto político puede serlo también religioso.

Parece que no hemos aprendido que la mezcla explosiva de nacionalismo y religión aumenta el potencial de violencia, más que amortiguarlo. La religión y el nacionalismo son muy peligrosos porque tienen una gran fuerza emocional que puede bloquear la evaluación racional. También porque en las religiones y en los nacionalismos (el catalanista y el españolista) hay una gran capacidad de radicalizarse y cuando los fanáticos se imponen, se cierran las puertas al diálogo, a la búsqueda de compromisos y a la posibilidad de resolver los problemas racionalmente.

Cuando la Iglesia se identifica con una parte, la que sea, es inevitable que ella misma se politice, se polarice e integre el conflicto en sí misma. Un conflicto político como este puede tener distintas salidas y la jerarquía tiene que estar al servicio de la Iglesia, que son todos los cristianos, y de toda la sociedad. Las preferencias políticas de cada persona no pueden confundirse con las de la Iglesia en su conjunto, que es plural y diversa como la sociedad a la que sirve.

Que cada uno opte según su conciencia y preferencias políticas, pero que la Iglesia en su conjunto medie para evitar la violencia, que defienda en cada sitio a las minorías correspondientes (para que no se las demonice), y que sea un instrumento de diálogo y de pacificación contra la crispación. Hay que defender el derecho de todos a pensar y a decidir, sin que ningún bando se imponga silenciando al otro, porque entonces se perdería la democracia, que es más importante que la nacionalidad, aunque sea legítimo luchar por ambas. Cuando todo termine, los ciudadanos (también los no católicos) tienen que ver en la Iglesia como comunidad e Institución, un referente que buscó el diálogo, que defendió la libertad y pluralidad de preferencias de todos y el acoso de cualquier grupo o personas. Catalanes y españoles tienen forzosamente que convivir, lo impone la geografía, la historia, la cultura y la política, sea como parte de un mismo Estado o como diferentes. Por eso las semillas de odio que ahora se están sembrando, bloquean las perspectivas de futuro de personas y comunidades. Que los eclesiásticos sirvan a la comunidad cristiana, por encima de sus preferencias políticas personales, y que no se pueda decir de ellos que echaron más leña al fuego, en lugar de amortiguar enfrentamientos que hoy dividen a las mismas familias, separan a los amigos y enfrentan a los miembros de una misma comunidad religiosa.

Juan a. Estrada  Catedrático Emérito de Filosofía de la Universidad de Granada

*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.
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