Castigos divinos (En apoyo a Pedro Zerolo)

Culpas, miedos, sacrificios, penas, ánimas penitentes, infiernos, llamas eternas, reliquias de muertos, almas en pena, martirios,  cilicios, valles de lágrimas, purgatorios, pecados, castigos, y ciento y una perversidades más son los “valores” del imaginario católico con el que se ha adoctrinado a los niños españoles per secula seculorum, y con el que se sigue adoctrinando en la actualidad, con dinero público, tras cuarenta años de supuesta democracia. Es más que obvio que la incultura de la dictadura nacional católica sigue vigente en este país en el siglo XXI, especialmente tras la Ley Wert de Educación, que vuelve a dotar a la asignatura Religión, en la Educación pública española, del protagonismo que había gozado en la dictadura. Y es que una sociedad asustada es mucho más fácil de someter y de manipular. Que me cuenten si en ese panorama es posible la alegría, la evolución y la libertad.

Confieso, no ante ningún cura, sino ante mis amigos lectores, que mi infancia, como tantas otras, se vio seriamente afectada por las ideas tenebrosas de miedo, culpa y castigo que nos meten en vena prácticamente desde que nacemos. Recuerdo haber llorado desconsolada al imaginarme quemándome eternamente en las llamas del averno por llegar tarde a misa (sólo retrasarse cinco minutos era un pecado mortal), o verter lágrimas de pena y de miedo en los brazos de mi madre al ver pasar tanta figura sufriente en las procesiones de Semana Santa; y recuerdo muy bien una pesadilla que se repitió durante algún tiempo, inducida por tantas siniestras ideas, en la que las esculturas de una iglesia onírica cobraban vida, y corrían persiguiéndome a lo largo del pasillo del recinto. Afortunadamente para mí, siempre me despertaba cuando estaban a punto de alcanzarme, y nunca llegué a saber la suerte que me esperaba en el episodio siguiente.

Es algo frecuente. Con el tiempo he ido conociendo a mucha gente que sufrió por el adoctrinamiento inmisericorde que padecemos con la educación religiosa. Todos más o menos nos hemos visto afectados por esta educación irracional, acientífica y dogmática. Y es que el adoctrinamiento religioso en la infancia vulnera, o puede vulnerar incluso la Carta Magna de los Derechos del Niño. Porque las mentes infantiles carecen de herramientas para defenderse del ataque psicológico e intelectual que supone; adoctrinamiento que les aleja de la inocencia, de la creatividad, de la diversidad, del aprendizaje objetivo y racional de la realidad y del concepto sano de libertad. Algunos consideran esa intrusión como una pederastia intelectual y emocional en toda regla.

Porque ¿es ésa la moral? En mi opinión es, justamente, las antípodas de la moral verdadera. La moral tiene que ver con el afecto, con el respeto profundo a todos, no sólo a los que son igual y piensan igual, con el afán de conocer abiertamente la realidad, el mundo y a los otros, con la verdad, nunca con la mentira, y, por supuesto, con la felicidad, con la alegría, con el amor y con la libertad. Pero la realidad es que esa “moral” religiosa, que es la que defienden a ultranza los que nos gobiernan en la actualidad, se ha vuelto a infiltrar de manera descarada en las instituciones públicas, en las Leyes que dictan, y hasta en las televisiones y en las tribunas mediáticas que crean corrientes de conciencia, o de inconsciencia, y de opinión en los ciudadanos.

Religión es política, como afirma con contundencia el astrofísico francés Jocelyn Bézécourt; y quien no lo vea en los tiempos que corren es que está cegado o no se entera de casi nada. Como es política verter públicamente sentencias u opiniones que atentan con evidencia contra las premisas de la moral más básica y contra el respeto debido a todo ser humano. Yo no respeto ciertas ideas, por el daño que producen a la humanidad. Pero siempre respeto a las personas, y mucho más si esas personas están pasando por momentos de apuro o de fragilidad.

Otros, los que se forran con el dinero público monopolizando la idea de amor y de bondad, no dudan en embestir contra el prójimo que no piensa igual. Me refiero al cura que, en un diario de ultraderecha, ha arremetido contra Zerolo elucubrando sobre el probable “castigo divino” que puede ser su enfermedad. Y es que las religiones son la antítesis de la tolerancia y de la solidaridad, desde el mismo momento en que todas consideran a su dios el único verdadero, y todas proclaman a los que no son adeptos, enemigos a batir, infieles, herejes y vaya usted a saber cuántos disparates más. Es decir, son la intolerancia por definición, y lo que siembran, directa o indirectamente, es intransigencia, sectarismo, odio al diferente, pensamiento único y exclusión.

¿Castigo divino, por qué? Me pregunto. ¿Quizás porque Zerolo es socialista? ¿o quizás porque es homosexual? ¿En eso estamos todavía en pleno siglo XXI? Y me pregunto también si no consideran dignos de castigo divino a los homosexuales y pederastas de sus filas. Porque la homosexualidad es una condición humana. Pero la pederastia es un delito, además de una aberración  abominable e inmoral; sin embargo, la Iglesia protege, como sabemos, a sus pederastas, que son un porcentaje mucho más elevado del que existe en la población normal. ¿De qué castigo divino hablan? No existe el castigo divino, porque, como dijo el científico y humanista francés Salomón Reinach, “la religión no es otra cosa que el conjunto de escrúpulos y tabúes que obstaculizan el libre desarrollo del entendimiento humano”. Lo que sí existen son la intolerancia, la superstición y el fanatismo. Y esos sí son un verdadero y grave peligro.

Y, por supuesto, todo mi afecto y mi complicidad para Pedro Zerolo, un gran luchador por los derechos humanos, a quien deseo toda la fortaleza del mundo y su pronta recuperación.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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