Capitalismo, Iglesia y religiosidad

"Cuando el cristianismo, como una noche de tempestad a la que sigue la luz del día, pasó por sobre las almas, se vio el desastre que, invisiblemente, había producido; la ruina que sembró se vio únicamente después que hubo pasado. Entendieron algunos, en verdad, que esa ruina fue provocada por su partida; pero lo cierto es que fue a raíz de su partida que esa ruina llegó a mostrarse en toda su magnitud, y no porque esa partida la hubiese provocado (…). Es así como quedó, en este mundo de almas, la ruina visible, la desgracia patente, sin la bruma que la disimulara con su barniz de ternura falsa. Las almas, entonces, se vieron tal cual eran”.

Fernando Pessoa, El libro del desasosiego
 
Cuando, allá por los años ochenta, se anunciaba a los cuatro vientos y con evidente regocijo la muerte de las ideologías que venía acompañada por la consagración del pragmatismo liberal y su inevitable consumación que, a su vez, consumaba y consumía, así pensaban los ideólogos del establishment, los conflictos otrora dominantes en el seno de la historia, lo que no se mensuraba eran las diversas estrategias de resistencia a esa consumación: el retorno, por un lado, de lo arcaico pero profundamente transformado por el propio éxito de la modernidad secularizadora, y, por el otro, la insospechada crítica de matriz democrática y popular al neoliberalismo hegemónico que recorrería Sudamérica desde principios del siglo XXI. El derrumbe entre estrepitoso y patético del sistema soviético, que le dejó el campo libre al capitalismo estadounidense para apropiarse impune y cínicamente de todos los mercados del planeta ejerciendo como nunca en la historia un poder casi unívoco, despejó otros terrenos, más oscuros, tal vez olvidados o despreciados, que harían regresar al seno de esa misma historia supuestamente aplacada, las voces, dormidas, de inéditas variantes de integrismos religiosos y nacionales fusionados con los dispositivos técnicos de la propia modernidad que se venía a repudiar. Pero también multiplicó las señales de una sociedad cada vez más desorientada y anómica que sólo pareció encontrarse a sí misma en el interior de la oferta consumista, para quienes podían gozar de ella, o en la brutal marginalización para todos aquellos que ni siquiera podían recibir las migajas del banquete.
 
La desmesura de ese esplendor capitalista fue proporcional a la multiplicación de nuevas formas de miseria y desigualdad como nunca se habían conocido en la historia de la humanidad. Todos los poderes, los económicos, los políticos, los comunicacionales y los eclesiásticos fueron artífices y cómplices de esa salvaje hegemonía del capital. La Iglesia Católica no sólo que se plegó a ese rumbo fijado desde los años ’80 (cuando casualmente se inició el papado de Juan Pablo II después de la misteriosa muerte de su antecesor que apenas estuvo un mes en el trono de Pedro), sino que, en el interior de sus estructuras, se dedicó a perseguir a quienes todavía pensaban la actividad evangélica desde los presupuestos del Concilio Vaticano II. El nuevo Papa argentino forjó su ascenso en el flujo de este profundo giro conservador que tuvo en Wojtyla y en Ratzinger a sus dos grandes adalides. Paradojas de la realidad: en el momento en el que el capitalismo se liberó de cualquier impostura y mostró su verdadero rostro de implacable crudeza, cuando ya no quedaban adversarios que pudieran exigirle concesiones, la Iglesia se distanció de sus antiguos compromisos con los más humildes y se plegó sin inconvenientes a la nueva atmósfera de la globalización en la que ni siquiera quedarían las más tenues huellas de una espiritualidad antagónica al hedonismo reinante. La historia del Banco Ambrosiano debe ser enmarcada en este clima de época.

Los últimos 30 años aceleraron el despliegue portentoso de las tecnologías de la información modificando de cuajo las percepciones y el modo de habitar un mundo atrapado, ahora, por las mil formas de la virtualidad y la instantaneidad. Cada acontecimiento, significativo o insignificante, podía convertirse gracias a esas tecnologías y a la universalización absoluta de los lenguajes comunicacionales, en “el acontecimiento” decisivo, cuya presencia se volvía tan determinante como fugaz, envuelto, como todo acontecimiento en la época actual, por un velo de misterio, o atravesado por la fuerza de un azar cósmico. Y junto a la proliferación de esta verdadera revolución de la vida operada por las innovaciones técnicas comenzó a manifestarse, con creciente intensidad, un nuevo malestar en la cultura, nuevas formas de inquietud de aquellos habitantes de un sistema global cada vez más carenciados de cualquier referencia cobijadora o portadora de orientaciones para esa vida esencialmente quebrada por la apoteosis de capitalismo, deshumanización y transformación tecnológica.

Mientras que los países desarrollados, ricos más allá de toda riqueza, impúdicos en su afán consumista, articularon sus prácticas sociales a partir de la proliferación de un individualismo hedonista, en la periferia de ese mundo de opulencia, en las zonas destinadas a ser los vertederos de los desperdicios de Occidente, se fueron gestando diversas formas del rechazo, de la resistencia o, simplemente, se multiplicaron las voces de aquellos que reclamaban un retorno fantasmagórico y muchas veces alucinado a las “genuinas tradiciones ancestrales” repudiadas por las elites gobernantes que en su afán modernizador se deshicieron de lo esencial sin ofrecer gran cosa a cambio mientras se multiplicaban la miseria y la exclusión. En la huella dejada por el fracaso de esos procesos históricos debe buscarse la actualidad de los retornos integristas que suelen localizarse en esas zonas calientes cruzadas por intereses petroleros, políticos, religiosos y culturales, del mismo modo que a su monumental crisis responden también los movimientos democratizadores allí donde la “solución regresivo-autoritaria” llegó a su agotamiento, como en Egipto, Túnez, Libia y Siria, sin que las potencias occidentales se hicieran cargo de sus responsabilidades y de su inmenso cinismo.

Lo que no alcanzan siquiera a entrever los defensores a ultranza del liberal capitalismo y de sus democracias condicionadas y, en muchos casos, convertidas en pellejos vacíos, es que distintas y muy diversas son las alternativas que se buscan para escapar del abrazo de oso de un sistema que ofrece la ficción del progreso al mismo tiempo que hunde a una parte mayoritaria de la humanidad en la miseria económica y espiritual. Su objetivo reduccionista es equiparar las experiencias democrático-populares que vienen desarrollándose en Sudamérica con aquellas otras regresiones integristas y arcaizantes que son visibles en una parte del mundo islámico. Para ellos, como escribía el filósofo, todas las vacas son pardas en la noche, y carecen de cualquier sensibilidad para comprender las enormes distancias que separan a unos de otros en un tiempo del capitalismo global caracterizado por una profunda crisis de legitimidad que viene a clausurar las dos largas décadas de hegemonía unipolar.

Y a esa crisis se le suma, como no podía ser de otra manera, la que sacude los cimientos de la catolicidad y de su centro de poder, el Vaticano, en una época en la que ni la pura secularización ni el llamado a “retornar a la espiritualidad” logran convencer a sociedades incrédulas, desconcertadas y atrapadas en la insustancialidad de la economía-mundo del consumismo capitalista y en lo que Guy Debord llamaba “la sociedad del espectáculo”. Quizá sea a partir de esta inquietante constatación que los cardenales se dispusieron a suplantar a un Papa “espiritualmente debilitado” y políticamente ineficaz por alguien que, eso piensan, puede sacudir de su modorra a una Iglesia extenuada, vaciada y, como casi siempre en su historia más que milenaria, inclinada hacia los poderes de turno. Francisco, nombre cargado de ilusiones, es la carta que intentará jugar la Iglesia. ¿Podrá sustraerse a su propia decadencia? ¿Alcanzará a borrar las marcas de una historia, la de la jerarquía de la Iglesia argentina –de la que Jorge Bergoglio formó parte durante demasiado tiempo como para sustraerse a su responsabilidad– manchada por los crímenes de la dictadura videlista? ¿Será este nuevo fervor espectacularizado por los medios de comunicación el instrumento para desandar el camino de la memoria, la verdad y la justicia? ¿Responderá Bergoglio al mandato del nombre que ha elegido y le dará un nuevo rostro a la Iglesia? ¿Podrá lograrlo yendo contra la inercia conservadora y reaccionaria de la mayoría de los cardenales y obispos? La importancia de un acontecimiento ya largamente señalado nos exige eludir la tentación simplificadora pero también nos plantea sostener la mirada crítica y la alerta ante cualquier forma de gatopardismo. Nunca está de más indagar aquellas señales que pueden estar anunciando el tan deseado, por las derechas contemporáneas, giro conservador en la región –pero astutamente dotado de simbología popular–, del que sería portador el nuevo Papa. Pero también es importante destacar que la hondura de la crisis vaticana, que es expresión de una crisis estructural del catolicismo y del sistema de creencias, hace pensar que Francisco tendrá su tiempo ocupado en cuestiones más urgentes que intentar influir en la marcha de los gobiernos latinoamericanos.

El gran escritor católico-conservador G.K. Chesterton ha calado hondo en la dialéctica de la secularización, de esa búsqueda moderna ilustrada por destituir el reinado del mito y de las formas arcaicas sobre la conciencia humana proyectando la idea y la práctica de una sociedad articulada alrededor de una racionalidad despojada de los falsos dioses. Ha mostrado, no sin argumentos ingeniosos, de qué modo el deseo de combatir al otro, al ortodoxo, al tradicionalista, en nombre de la libertad y de la tolerancia, suele concluir en la destrucción de esa misma libertad como condición indispensable para combatir a la ortodoxia. Trágica dialéctica de una modernidad atrapada en su propia prisión: “Los hombres que comienzan por combatir a la Iglesia en nombre de la libertad y la humanidad –escribe Chesterton– terminan renegando de la libertad y la humanidad si eso les permite combatir a la Iglesia (exactamente lo mismo podría escribirse de los comunistas que combatieron al capitalismo en nombre de la igualdad y la verdadera fraternidad para eliminar ambas allí donde se esgrimía la necesidad de combatir contra el capitalismo) (…) Conozco un hombre que pone tal pasión en probar que no tendrá una existencia personal después de la muerte que termina por caer en la posición de no tener ninguna existencia personal ahora. (…) Conocí personas que demostraban que no podía existir el juicio divino mostrando que no puede haber ningún juicio humano. (…) No admiramos, apenas disculpamos, al fanático que destruye este mundo por amor al otro. Pero, ¿qué deberíamos decir del fanático que destruye este mundo por odio al otro? Sacrifica la existencia misma de la humanidad a la no existencia de Dios. Ofrenda sus víctimas, no al altar, sino meramente a afirmar la inutilidad del altar y el vacío del trono. (…) Con sus dudas orientales acerca de la personalidad, no nos dan la certeza de que no tendremos una vida personal en el más allá; sólo nos aseguran que no tendremos una vida muy divertida o completa aquí. (…) Los secularistas no destruyen las cosas divinas, pero si les sirve de alivio, destruyeron en cambio las cosas seculares”. Lo mismo, obviamente, se puede decir de lo que se hizo en nombre de la misericordia y el amor de Cristo, o lo que hacen los liberales actuales cuando restringen las libertades públicas en nombre del combate contra el terrorismo que, precisamente, amenaza esas mismas libertades. En todo caso, lo que Chesterton nos está planteando es la dialéctica de un proceso histórico que desemboca, hoy, en la elocuente evidencia de sus fallas no allí donde tropezó con resistencias efectivas sino cuando logró imponerse sin fisuras. En el triunfo de la subjetividad burguesa debemos encontrar el desfondamiento contemporáneo; en la marcha victoriosa de la secularización, en su entronización, se encuentra la anunciación de su colosal crisis.

Por eso resulta ineficaz y hasta conservador suponer que la crítica de la religión conlleve, de suyo, la apertura de una realidad más libre y creadora. Cuando hablamos de crisis contemporánea debemos abarcar tanto la matriz que emerge como triunfadora –la del capitalismo secular y profano convertido en el sistema que regula la vida en el planeta–, como aquella otra –la religiosa– que aunque aparezca muchas veces contraponiéndose a la primera no ha dejado de ser –a través de sus principales instituciones– funcional a la reproducción y perpetuación del poder hegemónico. Poco inteligente y sensible sería una crítica de la injusticia y la desigualdad que perdiese de vista lo que de refugio ha tenido, para los humildes, la creencia religiosa (y eso con independencia de la putrefacción de los cimientos del edificio institucional). Sostener que nos dirigimos hacia un horizonte de plena ilustración en la que definitivamente serán superadas las credulidades religiosas y las fuerzas del mito, es recaer en el carácter más regresivo que se guarda en el interior de todo dispositivo de creencias, aunque estas se declaren ilustradas y seculares. Es, incluso, despreciar los sentimientos más profundos de quienes no tenían y tienen otra cosa que su fe para soportar las inclemencias de la vida. Tal vez sea por eso el cuidado con el que no dejamos de señalar la cruda realidad de una Iglesia Católica carcomida hasta los huesos y el inevitable escepticismo con el que recibimos la noticia del nombramiento del nuevo Papa. Demasiados siglos de complicidades, oscurantismos varios y dogmatismos como para –siguiendo el pragmatismo político– “olvidar” el papel que le ha tocado jugar a la Iglesia y principalmente a sus jerarquías. De lo que se trata, precisamente, es de no olvidar sin por ello perder de vista que siempre hay un plus, un deslizamiento, que va de la manipulación institucional-religiosa al genuino sentir popular que sigue esperando que lleguen tiempos mejores de la mano de la promesa redencional. Comprender esta dialéctica es imprescindible a la hora de interpretar lo que encierra el advenimiento de quien eligió el nombre de Francisco como un modo de ofrecer una señal de cambio en la marcha de una Iglesia demasiado alejada de los pobres y de sus necesidades. Pero es también mantener el alerta ante la astucia y el cinismo del poder de ayer y de hoy.

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