Breve historia de la Iglesia Católica en el siglo XIX

Se aprobó el dogma de la infalibilidad del papa, es decir, la imposibilidad de que cometiera un error, ya que el Espíritu Santo iluminaba al pontífice cuando se pronunciaba sobre las verdades fundamentales de la religión católica.

Las ideas ilustradas del siglo XVIII pero, sobre todo, los procesos revolucionarios y el triunfo del liberalismo en Europa tuvieron un claro impacto sobre las creencias religiosas en el siglo XIX. En Europa occidental comenzó a extenderse la idea de que la religión era un asunto personal que no tenía por qué encuadrarse en la pertenencia a una determinada confesión o iglesia.  La indiferencia religiosa aumentó entre la población europea durante el siglo XIX, aunque las confesiones religiosas mantuvieron su peso en el mundo rural.  Los cambios revolucionarios impactaron fuertemente en las confesiones religiosas, especialmente en la Iglesia Católica, que vio como los nuevos Estados liberales menoscabaron su poder económico -desamortizaciones de sus propiedades- y sus privilegios. Por otro lado, el Estado liberal se atribuyó funciones que en el Antiguo Régimen desempeñaba fundamentalmente la Iglesia, como la educación y la asistencia social. Este proceso supuso una evidente secularización de la vida política y social en Europa. También, creció el anticlericalismo, es decir, el pensamiento completamente contrario a la Iglesia Católica y que, en algunos momentos, derivó en acciones violentas.

El Concordato de 1801 entre la Francia napoleónica y el Papado supuso la reconciliación, después de los intensos conflictos de la época revolucionaria. Aún así, el papado siguió resistiéndose a los cambios revolucionarios en Europa y al triunfo del liberalismo, la libertad de pensamiento y la separación entre el Estado y la Iglesia. Esa sería la postura de Roma durante el siglo XIX, aunque con León XIII hubo importantes cambios en relación con la posición de la Iglesia hacia los nuevos tiempos.

En el año 1846 fue elegido papa Pío IX. Los católicos más aperturistas aplaudieron esta elección porque el nuevo pontífice parecía reformista y no se había significado especialmente contra el liberalismo. Aún así, defendió la soberanía de los Estados Pontificios frente al proceso de unificación italiana. Esta política provocó que los nacionalistas italianos le consideraran un enemigo. Además, el papado condenó los progresos científicos del siglo, como fue el caso del darwinismo y planteó como alternativa un rearme de la presencia de lo sobrenatural, a través de la promoción de la devoción a los santos y de las apariciones de la Virgen, como fue el caso de la de Lourdes. En la encíclica Syllabus Errorum de 1864, Pío IX declaraba que era erróneo que el pontífice pudiera y debiera reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna.

En 1870 se inauguró en Roma el Concilio Vaticano I, convocado por Pío IX. El transcurso del Concilio fue agitado porque el estallido de la guerra franco-prusiana afectó a las sesiones y, por fin, la ocupación de Roma por las tropas del Piamonte obligó a suspenderlo definitivamente. Las expectativas creadas en torno al Concilio en relación a que podría adecuar la Iglesia a los cambios políticos, ideológicos y sociales producidos en el siglo XIX se frustraron.  En el Concilio se aprobó el dogma de la infalibilidad del papa, es decir, la imposibilidad de que cometiera un error, ya que el Espíritu Santo iluminaba al pontífice cuando se pronunciaba sobre las verdades fundamentales de la religión católica. Pero, también, es cierto que algunos teólogos consideraron que la infalibilidad era contraproducente en las relaciones entre la Iglesia y los Estados.

En el año 1878 fue elegido papa León XII. En lo político se negó a aceptar la nueva situación italiana y exigió el reconocimiento de su soberanía sobre Roma. Esta postura contra el nuevo reino de Italia duró hasta 1929 cuando la Iglesia y el gobierno de Mussolini firmaron el Tratado de Letrán, por el que se creó el estado del Vaticano. El gran éxito diplomático del nuevo pontífice fue conseguir que Bismarck suavizara y terminara con la kulturkampf, es decir, la política contraria la Iglesia Católica en Alemania. En relación con Francia, el papa aconsejó a los católicos que colaborasen y aceptaran la III República, aunque esto no hizo cambiar la política laica de los republicanos. En 1885 publicó la encíclica en la que afirmaba que la Iglesia no se podía ligar a ninguna forma de gobierno, lo que suponía un cambio en la posición tradicional de la Iglesia.

León XIII intentó establecer puentes con otras confesiones, como la anglicana y la ortodoxa. Por otro lado, se preocupó de mejorar la formación del clero, la investigación científica de los católicos y promover la actividad de los misioneros.

Pero la gran aportación del papa León XIII tiene que ver con la cuestión social generada por las revoluciones industriales, y que había sido desatendida por la Iglesia o ante la que se había respondido con argumentos propios de la época del Antiguo Régimen. Algunos eclesiásticos comenzaron, en la segunda mitad del siglo XIX, a interesarse por los asuntos sociales y allanaron el camino para que cambiara la política de la Iglesia en esta materia. En este sentido, destacó el obispo de Maguncia, monseñor Ketteler. Estaba convencido que las soluciones a la cuestión social tenían que partir desde abajo y que el Estado debía, solamente, desempeñar un papel subsidiario. Para ello, impulsó la creación de organizaciones obreras.

Por fin, en 1891 el papa León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum. En esta encíclica se trazaron las líneas fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, condenando los excesos del capitalismo, pero también la lucha de clases. Defendía la existencia de la propiedad privada y rechazaba el socialismo porque lo consideraba erróneo y materialista La encíclica pretendía que se alcanzase la convivencia social a través de la justicia y la caridad como medios para solucionar los conflictos. El Estado debía garantizar los derechos de los más desfavorecidos,  proteger el trabajo y promover una legislación social. Esta idea estaría en el origen del surgimiento de la democracia cristiana. Pero, además, la Iglesia promovió la creación de asociaciones y sindicatos católicos. El movimiento obrero consideró que la encíclica llegaba tarde y acusó a la Iglesia de oportunista, además de tachar de amarillistas a los sindicatos católicos.

Entre 1903 y el estallido de la Primera Guerra Mundial, la Iglesia Católica estuvo regida por Pío X, que planteó importantes cambios internos, especialmente, en lo relacionado con el derecho canónico. En lo político, se produjo un grave enfrentamiento con la República francesa, rompiéndose relaciones diplomáticas y provocando una ley de separación entre la Iglesia y el Estado en Francia. En esta época, un sector de intelectuales y teólogos demandó que la Iglesia se adaptara más a los nuevos tiempos, pero el papa condenó en 1907 estas opiniones al acusarlas de modernistas.

A pesar del retroceso que sufrió la religión en el siglo XIX y de los vaticinios de muchos pensadores sobre el negro futuro del catolicismo, la Iglesia Católica terminó la centuria encontrando nuevos caminos y adaptándose, en gran medida, a los cambios socioeconómicos y políticos, para afrontar retos en el futuro y seguir ejerciendo una indudable influencia en el mundo.

Eduardo Montagut Contreras. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea. @Montagut5

Pío XII

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