Blasfemias, ofensas y privilegios trágicos

La vuelta al juzgado de la causa varias veces archivada sobre el “coño insumiso”, me trae el viejo recuerdo de la fetua de Jomeni contra Salman Rushdei por sus “Versos satánicos”. Una vez más sale a la palestra la intransigencia religiosa en su versión de la blasfemia festoneada de privilegios. Y es que, pese a los notables avances de la razón y la justicia plamadas en los DDHH, el confesionalismo sigue impregnando el planeta.

Define el diccionario, en su acepción más general, la blasfemia como “grave injuria contra alguien o algo digno de respeto”. Sin embargo el uso más frecuente aparece como “palabra injuriosa  contra Dios, la Virgen y los santos”. De esos privilegios que realzan el tratamiento de unas personas sobre otras, en función de sus creencias o no creencias, devienen infinidad de conflictos a lo largo de la historia hasta hoy. Han existido y aun se mantienen leyes contra la blasfemia para considerarla un delito público contra Dios castigado frecuentemente con la muerte. Apenas  atenúan tal saña los avances señalados. Aparte de los dos casos origen de este escrito, la hemeroteca de estos días  nos cita: “Dinamarca suprime el delito de blasfemia” (04-06-17), “La blasfemia de Gran Wayomin y Dani Mateo” (30-05-17) o “Los peores países para blasfemar”(15-05-17).

Aparte de lo descrito, hay elementos que nos presentan la blasfemia y otros aspectos relacionados con  las creencias religiosas  como motivo de conflicto. Ésto es, la persecución de quienes no las comparten en un país de religión única. Sin embargo, ni antes para Jomeini, ni para los asesinos del humorista Charlie Hebdo después, ni para islamistas suicidas hoy, las fronteras no significan un freno. De la misma manera a lo largo de la historia se han considerado blasfemos a los albigenses exterminados en Europa, a los nativos de cualquier país colonizado. Y qué decir de los habitantes de aquellos otros paises contra los que se emprendieron las muchas guerras de religión que en el mundo han sido.

Hay, -entiendo yo- en el origen de este problema, una situación de privilegio que abre la posibilidad de atropello de un grupo de personas sobre otras.  Tal privilegio  introduce  el derecho a considerar las propias  creencias como intocables y dignas del máximo respeto y de ser impuestas a los demás  sin reparar en medios. Al exigir tal respeto, la blasfemia se asimila con la condena a la herejía, la inquisición, las cruzadas y todas las guerras santas. En esas estamos ahora con la especial virulencia de la yihad. Ésta  no es óbice para que, pese a esos excesos integristas y a la verdad única y excluyente de cada religión, entre ellas surja un paradójico diálogo multiconfesional. Esta confluencia entre credos ireconcialiables es la que permite que prevalezca la blasfemia con todos los males propios o inducidos que hemos señalado. Con la alianza de religiones se siguen alentando los privilegios del conjunto de creencias de todas ellas frente a creencias y concepciones de la vida para quienes la religión no es tan importante.

El respeto a los demás se supone que ha de ser recíproco para mantener una convivencia necesaria y posible sin daño para el conjunto. En ese sentido, se viene reivindicando que la consideración a la persona, entendida en lo esencial, ha de prevalecer sobre las creencias o forma de entender la vida de cada cual. Por supuesto que cada quien tiene derecho a considerar sagrado o importantísmo para su vida sus dogmas, sus sentimientos o su modo de acceder al conocimiento. Claro que ese derecho a la libertad de conciencia  y de religión habrá que compatibilizarlo con otros derechos y los de todas las personas. Para ello qué mejor que equiparar la defensa de toda persona ante el castigo de injurias y ofensas sin llegar a los excesos que han venido propiciando las blasfemias. Ello no quiere dcir que nos ofendamos continuamente, sino todo lo contrario: tratar de discrepar, cuando no ha sido posible entenderse, sin que sufran ni la amistad ni la convivencia. Por supuesto que de la injuria, como de cualquier otro exceso, cada cual ha de responder.  En el sabio diálogo se modula bien lo que se piensa, lo que se duda, lo que se hace y todo lo que de ello se induce.

Así será posible el derecho a la información, a la opinión y al contraste de pareceres y afanes que han hecho posible el progreso del mundo.

Así que volvamos a la discutible reapertura del caso del “coño insumiso”  fundamentada ahora en una discutida reforma del Código Penal en su artículo 525-1 que hace prevalecer la ofensa religiosa sobre cualquier otra. Se le niega a esas mujeres la intencionalidad expresada en contra de la también respetable  virginidad, cuyo significando ellas entienden vejatorio para la mujer como dueña de su cuerpo. También se obvía el derecho al trabajo, argumentado que el legislador no tuvo la misma diligencia en reformar las leyes que ocasionan tanto paro, otro trauma que suman a su dobel conición de mujeres y con empleo precario.

Está claro que la consideración específica de la blasfemia como ofensa de especial gravedad  propicia los desmadres señalados y otros. Primero al de otorgar privilegios a los sentimientos de unas personas sobre las de otras. Segundo distorionanr el derecho de opinión e información al elevar a categoría de razón pública una concepción privada en detrimento de otras igualmente respetables. ¿Es lógico que, abierta esa espita, permanezcan impunes las barbaridades proferidas por parte del clero y de medios de titularidad católica en contra de la mujer y de los homosexuales, entre otras personas?

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