Bioética: la ética de la vida

R ESULTA gratificante comprobar cómo en los últimos años ha cambiado la mentalidad de la sociedad, en general, y de la mayor parte de los que dedican su tiempo a crear conocimiento y a indagar en el campo de las humanidades, en particular. Ello ha sido posible gracias a profesionales e investigadores responsables y comprometidos que, conscientes de la necesidad y con explicaciones al alcance de cualquier ciudadano, ayudan a que éste se adapte al espectacular desarrollo que la ciencia y la tecnología está consiguiendo en las últimas décadas, algo que constituye un hecho de gran relevancia social.
Y es que no hace muchos años se oía comentar todavía a algunos investigadores que la ciencia era un asunto que importaba solamente a los científicos, que si ésta salía del círculo más intelectual corría el riesgo de desvirtuarse. El paso del tiempo ha demostrado que no es así y que, tal como señalaba Einstein, «la ciencia es una obligación de todos los ciudadanos».
La ciencia se encarga de saber, de conocer, de entender cómo funciona la realidad y en sí misma no tiene límites. Se construye a partir de hechos que intenta explicar a través del método científico y nunca ofrece respuestas definitivas. Entendiendo la tecnología como el aprovechamiento práctico del conocimiento científico, la biotecnología utiliza los procesos celulares y biomoleculares para resolver determinados problemas o generar nuevos productos. Si bien es cierto que la investigación científica tiene una gran influencia en el desarrollo y progreso de los países, también lo es el hecho de que la aplicación de las nuevas tecnologías a la vida conlleva consecuencias importantes de carácter socio-cultural. Esto obliga a establecer un diálogo fluido entre la Universidad y la sociedad que consiga hacer partícipes a los ciudadanos de los nuevos resultados de las investigaciones. En este sentido, la Universidad de Oviedo, cumpliendo con su cometido social, se encuentra comprometida institucionalmente en la difusión del conocimiento generado por sus investigadores, sobre todo en aquellos temas de actualidad que preocupan a los ciudadanos.
Los avances en el conocimiento del Genoma Humano y sus aplicaciones, las posibilidades que ofrecen las células madre y la nanotecnología o las novedades que traerá la aplicación de las nuevas tecnologías para el conocimiento del cerebro humano, son temas candentes en la sociedad para los que hay que establecer un foro de debate social que ayude a valorar, con cierta precisión, las cuestiones de tipo ético, jurídico y social que estos avances científicos pudieran ocasionar, así como sus posibles ventajas e inconvenientes para el ser humano actual y las generaciones futuras. Pero una condición imprescindible para lograr esto es contar con ciudadanos responsables y preparados para el diálogo, el análisis y la reflexión. En este sentido, quisiera despertar la curiosidad de la ciudadanía por una joven especialidad académica que podría considerarse como una herramienta para la reflexión sobre el ser humano y la vida. Me estoy refiriendo a la Bioética (ética de la vida), disciplina que surge con V. R. Potter, en EE UU en 1970, con la intención de establecer conexiones entre las ciencias de la vida y las humanidades, que nace con unas características propias, pero que ha ido evolucionando.
La Bioética surge como una necesidad, ante la nueva situación creada por el abandono del código moral único y la llegada de las nuevas tecnologías. En 1978, la Enciclopedia de las Ciencias de Estados Unidos la define como «el estudio sistemático de la conducta humana en el campo de las ciencias biológicas y la atención a la salud, en la medida que esta conducta se analiza a la luz de los principios y valores morales». A partir de entonces comienzan a determinarse un conjunto mínimo de principios y valores que todos los ciudadanos deben compartir y son necesarios para poder convivir y colaborar en paz. Me estoy refiriendo a una Bioética, laica, plural, racional, intermediadora y procedimental, basada en la dignidad y el reconocimiento de todos los individuos en cuanto son sujetos de derecho. Una Bioética que ofrece un sistema de valores adquiridos, los cuales sirven de orientación para actuar en una sociedad que defiende la libertad y el respeto por las diferentes formas de vida, siempre que se cumpla la ética mínima de los derechos humanos y de los valores constitucionales que obligan a no utilizar a nadie como medio.
En un principio, a la hora de resolver los juicios morales de casos conflictivos, la Bioética ha ido aplicando como método de trabajo sus cuatro principios tradicionales: el respeto por la autonomía, la justicia (en este caso, distributiva), la beneficencia (maximizar los beneficios y minimizar los riesgos) y la no maleficencia (no hacer el mal). No obstante, dada la complejidad de los problemas, dichos principios no resultan ser suficientes para analizar todas las cuestiones que tienen que ver con los valores de cada persona y para poder encontrar la solución más prudente, la óptima, ha evolucionado pasando a considerar también otros factores más concretos como pueden ser las circunstancias que intervienen en cada caso, así como las consecuencias previsibles.
Pero lo que realmente distingue a la Bioética del resto de éticas aplicadas es la orientación que tiene a la hora de tomar las decisiones o resolver conflictos. Su tipo de práctica, el carácter plural e interdisciplinario y el ámbito de debate y descubrimiento que ofrece, la distancia de alguna manera de las éticas profesionales, aunque comparta con ellas elementos fundamentales. Antonio Marlasca la define muy bien como «un foro de debate y de decisiones compartidas y consensuadas en un contexto social e ideológico plural y secular». Para Victoria Camps, «la Bioética posibilita el estímulo y fortalecimiento de las vinculaciones entre los sujetos».
A unque la Bioética tiene miras muy amplias, sin duda se hace imprescindible a la hora de tomar decisiones difíciles en la relación asistencial, en los problemas económicos y en los conflictos de intereses que puedan surgir en las instituciones sanitarias. Asimismo, es necesaria en la orientación de las pruebas biomédicas. Preservar el respeto por los derechos de las personas a decidir libremente, a su intimidad, y a la justicia, es lo que se encuentra más comprometido en los diagnósticos genéticos y la reflexión bioética sirve para analizar previamente los problemas morales y profesionales que dichas pruebas pueden ocasionar a los pacientes. Por tanto, obliga al especialista a la confidencialidad y a proporcionar al paciente toda la información necesaria que le permita comprender el significado y alcance real del estudio, así como a valorar lo que puede suponer descubrir anomalías genéticas que no tengan tratamiento, o alguna sorpresa desagradable que pueda surgir durante el estudio.
T eniendo en cuenta las obligaciones que establece el Convenio de Oviedo (abril, 1997) en estos temas, sería de mucha utilidad el fomentar su difusión tanto en las instituciones universitarias y sanitarias, como a la ciudadanía en general. Asimismo, los Comités de Bioética de las distintas instituciones, constituidos adecuadamente (remarco lo de adecuada por la importancia que tiene la elección de sus miembros), deberían implicarse en promover foros de debate sobre los nuevos retos del conocimiento científico, en los que los ciudadanos puedan hacer preguntas y exponer libremente sus opiniones. Algo muy diferente a una conferencia magistral donde un especialista en un tema transmite sus conocimientos.
Son muchos los cambios sociales que traen consigo los avances tecnológicos. Todos los ciudadanos nos encontramos implicados en ello y por tanto tenemos derecho a ser escuchados. La transmisión del conocimiento científico y la reflexión bioética ayudará a formar ciudadanos más libres y responsables, capaces de contribuir al desarrollo de acuerdos sociales y protegidos de las distorsiones debidas a la ignorancia o al apasionamiento tecnocientíficos y de los intereses del poder y el mercado.
MARÍA ÁNGELES DEL BRÍO LEÓN PROFESORA TITULAR DE LA FACULTAD DE MEDICINA DE OVIEDO Y MASTER EN BIOÉTICA Y DERECHO
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