Besamanos, sumisiones y pleitesías

Besamanos, según la Real Academia Española de la Lengua, significa, en su primera acepción, “ceremonia en la cual se acudía a besar la mano al rey y personas de la realeza en señal de adhesión”; en su segunda acepción “acto de adhesión o sumisión a una persona o institución superiores. En estas definiciones cabría destacar una palabra que sintetiza muy bien la semántica del término: “sumisión”. El besamanos es una ceremonia protocolaria procedente de tiempos pasados, no democráticos, precisamente, en la que los súbditos rinden pleitesía o vasallaje al rey, en una situación de inferioridad no sólo aceptada, sino reconocida y aprobada. Se trata, por tanto, realmente de una ceremonia protocolaria en la que impera la humillación de los que reverencian al reconocerse inferiores al reverenciado. Muy democrática no es, por tanto, la cuestión.

Y que sean normas de protocolo no justifica la pervivencia de un vasallaje, aunque sea simbólico, que nada tiene, o debería tener que ver con una sociedad civilizada y supuestamente democrática del siglo XXI. El protocolo es una disciplina cuyo objetivo último es el orden, la naturalidad y la buena educación en determinadas ceremonias sociales, pero, como todo en la vida, debería evolucionar y transformarse según los tiempos. Me parece un gran absurdo continuar con ceremonias propias de siglos pasados, al servicio de absolutismos y tiranías, cuando, repito, estamos en democracia y en el siglo XXI. Aunque, claro, de la misma guisa es otro absurdo que un rey, por el hecho de serlo, tenga que ser aforado y goce de una impunidad absoluta haga lo que haga. ¿En qué mundo vivimos?

Tras la coronación de Felipe VI, han ido saliendo paulatinamente a la luz diversas imágenes del acto de besamanos a los reyes por parte de, se supone, una representación de los diversos ámbitos de la sociedad española. Las he ido viendo poco a poco y, la verdad, me parecía estar viendo en esas imágenes un programa de cotilleos banales de televisión, pero extrapolado a los tiempos barrocos del siglo XVII. Me hubiera encantado leer la crónica que hubieran escrito sobre ese besamanos Larra, o Mesonero Romanos, o Estébanez Calderón, quienes, a todas luces, desde el siglo XIX hubieran criticado esas escenas como propias de tiempos remotos, apolillados y ya muy añejos.

Políticos, banqueros, toreros, cantantes, personajes del papel couché, presentadoras de programas de la matiné televisiva, gente del fútbol y, no podían faltar, obispos. Por supuesto, esas personas representan a ciertos ámbitos, sólo a ciertos ámbitos, de la sociedad española, y no son, precisamente, muy representativas del pueblo español. Al resto de la sociedad española, de esa sociedad española que, precisamente, financia los gastos de la monarquía, no se le permite estar en el besamanos del rey, no. Al contrario, a esa sociedad española se la reprime en sus manifestaciones, se la exprime, se la priva de los derechos humanos fundamentales, y, si los piden, se la acalla con cargas policiales.

Y la verdad es también que con algunas de esas imágenes he sentido una gran vergüenza ajena. Me ha parecido indignante que esos mismos miembros del gobierno de la derecha que reverenciaban, rodillas flexionadas, a sus “majestades” con la más sumisa pleitesía son los mismos que están despreciando, sometiendo, ignorando, aplastando y empobreciendo hasta límites intolerables a la sociedad española, a la que sí deberían reverenciar, o, al menos, servir, porque ese es su deber.

 
 

Sin embargo, sólo hubo una excepción; fueron los reyes los que hicieron una genuflexión y besaron la mano del arzobispo de Madrid, Rouco Varela. Un gesto muy significativo que denota que el laicismo en la monarquía brilla, una vez más, por su ausencia, y que la monarquía continúa, como hace siglos, sometida a la Iglesia. De hecho, la primera visita al extranjero de los nuevos reyes ha sido a El Vaticano, el Estado más pequeño de Europa, creado por un dictador fascista, Mussolini, y que, por cierto, es el único Estado europeo que no ha firmado en su integridad la Carta Magna de los Derechos Humanos, quizás porque no los sigue ni los refrenda.

Besamanos, genuflexiones, pleitesías, parabienes, adhesiones, sumisiones que muestran que en ciertos ámbitos seguimos viviendo prácticamente en la Edad Media. Y los bancos suizos, que es de lo que se trata, repletos de cuentas de dinero español, y media España en la miseria y malviviendo ¿Cómo, si se es mínimamente decente, no mantener una actitud progresista y crítica ante este rancio, sucio y desolador panorama? ¿Cómo no ponerse del lado de los que quieren progreso y anhelan, por justicia, cambiar las cosas? Decía Don Miguel de Unamuno que el progreso es cambio, simplemente. Decía Mark Twain que él se situaba siempre del lado de los que crean revolución, rebeldía, progreso, porque “jamás existió una revolución sin que existieran antes circunstancias opresivas e intolerables contra las que rebelarse”. Y estoy de acuerdo, como todos aquellos ciudadanos decentes que quieren un país justo, moderno y democrático, y no anclado en el siglo XVI, lo cual parece ser la tendencia natural de la monarquía española.

Felipe VI ante Rouco

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