Bergoglio, el inesperado

La elección de Jorge Mario Bergoglio para dirigir los destinos del Estado Vaticano y estar al frente de 1.200 millones de católicos del mundo fue una completa sorpresa. Ni los vaticanólogos ni los periodistas que trataban de anticipar posibles nombres, repararon en él. Sin embargo, ahí está: es el primer Papa jesuita y latinoamericano de la historia de la Iglesia. Todo indicaba que los cardenales buscaban un candidato joven; sin embargo, resultó uno de 76 años que al cumplir 75 podría haberse jubilado. Nunca en la historia se había elegido un Papa que había salido segundo en el cónclave anterior, en 2005, cuando fue coronado Joseph Ratzinger. Saliendo de lo previsto, lo primero que hizo el nuevo pontífice al asomarse al balcón de San Pedro, antes de bendecir a los seguidores que lo esperaban paraguas en mano, fue pedir una oración por Ratzinger, su viejo adversario. Decidió estrenar un nombre en la lista de los usados por los Papas y ahora el mundo lo conoce como Francisco. Treinta y cinco años atrás, Albino Luciani también estrenaba nombre, fue Juan Pablo I y duró apenas 33 días como Papa porque una muerte nunca esclarecida terminó con su mandato.

Con una crisis de proporciones en los países centrales, las sociedades que hasta ayer criticaban a los gobiernos latinoamericanos comprometidos con el cambio no dudaban de acusar a sus presidentes como “líderes populistas”. Hoy, los tecnócratas o representantes de los partidos tradicionales europeos, desde Mario Monti hasta Mariano Rajoy, aplican ajustes que los dejan al borde de la ingobernabilidad. El desánimo de los pueblos de Europa hace que las encuestas pongan en evidencia un dato terrible: más de la mitad de los ciudadanos ya no cree en el euro ni en una Europa comunitaria. La pérdida de puestos de trabajo reflotó la xenofobia, especialmente la confrontación con los seguidores del Islam llegados mayoritariamente del norte de África. A falta de certezas en los sistemas políticos, e inundados de miedo, muchísimos europeos se sienten cobijados en la fe católica y allí conviven sentimientos de paz y concordia con sentimientos de odio al árabe.

El Vaticano, lejos de contener a esos católicos confundidos, muchos sin trabajo y con sus casas hipotecadas, sufrió los sacudones de la crisis. Quedaron en evidencia todas las plagas de Egipto: cardenales que apadrinan curas pederastas, el lobby gay en las decisiones vaticanas, los colaboradores de Ratzinger mezclados con corrupción en la banca. La implosión fue tan fuerte que provocó la renuncia del Papa. Sólo la buena prensa pudo convertir en virtud personal una inédita decisión: quien para la fe católica es el representante de dios en la Tierra renunció.

La elección de Bergoglio en un cónclave de 117 cardenales donde apenas se filtran algunas de las conversaciones que estos tienen, demuestra que para los grandes medios y para cientos de millones de católicos esa ceremonia medieval es una verdad incuestionable. El sentimiento religioso tiene un peso decisivo en la vida de los pueblos y también en la decisión de los gobernantes. Para un occidental cristiano suele ser incomprensible que un musulmán rece varias veces por día mirando a La Meca; sin embargo, toma con gran esperanza la manera en que se elige al líder de los católicos.

Francisco. Todos los medios del mundo subrayan su humildad, su apoyo a la labor pastoral en los sectores desposeídos. La FM Bajo Flores, una radio comunitaria de la Villa 1-11-14 entrevistó a una piba del Centro Barrial Don Bosco que dijo: “Pensar que el Papa me lavó los pies”. Efectivamente, en la Semana Santa de 2012, el cardenal Bergoglio, junto a los curas villeros (de la Parroquia Santa María, al lado del Centro Don Bosco) Hernán Morelli y Nicolás Angellotti, estuvo junto a los pibes que están en tratamiento de adicciones y practicó una costumbre tomada de Jesús, cuando les lavó los pies a los 12 apóstoles. El padre Carlitos, de la Iglesia de la Santa Cruz, donde se reunían las madres de Plaza de Mayo secuestradas en diciembre de 1977, tomó con entusiasmo su designación. El cura Eduardo De la Serna, de la Opción por los pobres, no dudó en decir que esta designación es como si jugaran Maradona, Messi y Ronaldo juntos.

El periodista Horacio Verbitsky recordó de inmediato que Bergoglio había sido señalado por otros dos jesuitas –Franz Jalics y Orlando Yorio– como responsable de su secuestro y cautiverio en la Esma. El vocero vaticano, Federico Lombardi, replicó: “Se trata de una campaña difamatoria” promovida “desde la izquierda anticlerical”. Lo notable es que el premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel y la hermana Martha Pelloni, entre otras personalidades de la izquierda –cristiana– salieron a cerrar filas contra cualquier posibilidad de abrir sospechas sobre Bergoglio. Cabe consignar que, siendo cardenal primado de la Argentina, Bergoglio fue citado por la Justicia en relación con este tema. El detalle no es menor: declaró “en calidad de testigo” y nunca fue imputado.

La explosión de entusiasmo que atraviesa el inesperado nombramiento de un Papa argentino es vivida con conductas de aprobación por las grandes mayorías. Marcado por la mística popular y enmarcado en la tradición católica de la sociedad argentina. No parece este contexto el más indicado para apuntarle los dardos al nuevo Papa. No es un secreto que en el Tercer Reich tuvieron en Pío XII a un aliado que sobrevivió a Adolf Hitler: Eugenio Pacelli (Pío XII) gobernó El Vaticano hasta 1959 y fue el impulsor de las democracias cristianas como partidos laicos de raíz católica. Jamás hizo autocrítica alguna, ni Pacelli ni sus sucesores. De Ratzinger se supo su paso por las juventudes hitlerianas. Ángelo Sodano, secretario de Estado vaticano entre 1991 y 2006, fue nuncio apostólico en Chile en tiempos de Augusto Pinochet. Cabe consignar en este caso que la jerarquía católica chilena fue opositora al dictador, a diferencia de la argentina.

Aunque parezca una perogrullada, El Vaticano existe desde el siglo octavo y Francisco es el Papa número 266 desde San Pedro hasta ahora. Mucha historia, mucho manejo del poder de la fe religiosa y de participación en la política mundial. La prudencia puede ser buena consejera para horas como las que corren.

Francisco y Cristina. La agenda que tuvieron Cristina Fernández de Kirchner y el entonces cardenal primado de la Argentina Jorge Bergoglio no tiene nada que ver con la agenda que tendrán la Presidenta y el Papa Francisco. Restarle jerarquía y capacidad política a cualquiera de los dos revela, al menos, ingenuidad.

Bergoglio es un intelectual, con larga formación teológica, con suma experiencia política y es difícil estimar cuánto pudo pesar en la decisión de los cardenales el hecho de que fuera un claro adversario del gobierno argentino. El capítulo nacional, importantísimo para los argentinos, no pudo ser de ningún modo un eje central. El Vaticano está en el centro del mundo y es caja de resonancia de los problemas centrales.

Bergoglio, fuera del ámbito doméstico, tomó posturas que fueron contracorriente de sectores conservadores. “Si la Iglesia permanece encerrada en sí misma, envejece. Y entre una Iglesia accidentada que sale a la calle, y una Iglesia enferma de autorreferencialidad, elijo sin dudas la primera”, dijo el jesuita en varias oportunidades. Por eso, se lo vio en estos primeros días pagando la cuenta del hotel de su propio bolsillo o cruzándose con el cardenal Bernard Law, acusado de encubrir pederastas e instruyendo a sus colaboradores que Law no fuera a la basílica Santa María Mayor. Francisco tendrá que decidir quién ocupa la Secretaría de Estado, tendrá que ver quién tiene a su cargo los delicados asuntos financieros, quién va a manejar el Instituto para las Obras de la Religión (IOR), que maneja cuantiosos fondos. Ni hablar sobre las filtraciones de Vatileaks. Según los trascendidos de las conversaciones previas al cónclave, Bergoglio habría sostenido un discurso a favor de la transparencia, la humildad y una limpieza de la corrupción. El alejamiento de las pompas pontificias podrá encontrar mucho eco entre los católicos y no católicos pero tendrá fuertes resistencias al interior de la pesada estructura vaticana.

El ahora obispo de Roma debe tener en su agenda la centralidad del poder vaticano y no sus diferencias con el gobierno argentino con el que seguramente va a tener cordiales relaciones. Entre otras cosas, porque el origen latinoamericano pesó en su designación. Ahora, la Iglesia tiene el desafío de intentar construir una alternativa a la de los líderes políticos progresistas que buscan cambios más profundos de los buscados por la Iglesia Católica.

Por su parte, la Presidenta de inmediato manifestó su satisfacción por la designación de Bergoglio. Viaja a su asunción –el martes– con una comitiva no sólo de colaboradores sino de legisladores de otros partidos y de miembros de la Corte Suprema. Mañana mismo, el Papa recibirá a Cristina. Se inicia una nueva etapa. Coincide con un año electoral. Es probable que el Papa visite el país y no habría que descartar que eso sea antes de las elecciones de octubre.

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