Benedicto XVI fustiga a la justicia secular

En esta primavera europea pareció que la Iglesia iba finalmente a dar la cara frente a las acusaciones de abusos sexuales. Sin embargo, tras las recientes incursiones policiales en Bélgica, el Vaticano nuevamente ha estrechado filas.

Hasta poco después de las 10 AM de una mañana de jueves, hace tres semanas, Mechelen no era más que una discreta ciudad provinciana en la parte flamenca de Bélgica.

Tiene una historia que se remonta a mil años, sitios Unesco de Patrimonio de la Humanidad cuidadosamente renovados, ocho iglesias y una catedral… y es la capital de la Provincia Eclesiástica Católica Romana de Bélgica.

A las 10:15 sonó el timbre en la puerta del palacio arquidiocesano.

Un magistrado instructor y 20 investigadores estaban ante la puerta de la residencia del arzobispo André-Joseph Léonard.

Era el 24 de junio y la Conferencia Episcopal belga se reunía en el palacio. El ítem cinco en la agenda era un tema contencioso: qué hacer con antiguos expedientes sobre sacerdotes belgas que han pecado contra niños.

Fueron estos expedientes los que atrajeron la atención de los investigadores.

Oficiales de la ley recibieron un dato de parte de un sacerdote retirado, quien dice que durante años ha estado entregando a sus superiores eclesiásticos expedientes secretos que prueban que sacerdotes han estado acosando sexualmente a menores.

Hasta ahora, sin embargo, dice el ex clérigo, su información no se ha tomado en cuenta.

Los investigadores actuaron a fondo. Confiscaron teléfonos móviles, libretas de citas y 55 computadores. Más tarde entrevistaron a los funcionarios de la iglesia.

Antes incluso que la incursión terminara, más oficiales de la ley ingresaron a otro edificio a unos cientos de metros de distancia, en Varkensstraat 6, donde revisaron la oficina del cardenal Godfried Daneels (en la foto), jefe de la comunidad católica belga hasta enero último.

Daneels tuvo también que abrir sus archivadores, entregar su laptop y su PC, y acompañar a los investigadores hasta la catedral adyacente.

Mientras una multitud de curiosos espectadores se reunía afuera, los policías se encontraban bajo bóvedas góticas y se preparaban a trabajar con máscaras contra el polvo, palancas y taladros.

A los investigadores se les había dicho que cámaras sepulcrales habían sido convertidas en archivos secretos durante los trabajos de renovación en la catedral.

Perforaron los sarcófagos de dos arzobispos, insertaron pequeñas cámaras, pero no encontraron trazas de documentos.

Es difícil imaginar a obispos escondiendo evidencias en tumbas como si fueran villanos de un bestseller de Dan Brown. Uno estaría tentado a criticar a los investigadores por un celo excesivo si la Iglesia no se hubiese ya mostrado indispuesta en el pasado a responder por casos de abusos infantiles.

Pero incluso si el allanamiento fuera inapropiado, es otro indicio de que la Iglesia Católica ya no puede esperar lenidad: ni en Bélgica ni en EEUU, donde la Corte Suprema dictaminó que el Vaticano no disfruta de inmunidad en casos de presuntos acosos por parte de sacerdotes.

El dictamen significa que, en teoría, hasta Benedicto XVI podría ser llevado ante un tribunal. El mensaje es claro: si la justicia secular no obtiene el apoyo de la Iglesia, no va a seguir esperando fuera de sus puertas.

El Vaticano reaccionó como lo hizo en el apogeo de la crisis de marzo: estrechando filas.

La Santa Sede criticó severamente a las autoridades belgas y convocó de inmediato al embajador de Bélgica.

“NI SIQUIERA BAJO EL COMUNISMO”

A Benedicto XVI le había tomado meses comentar sobre los escándalos de los abusos en Irlanda y Alemania.

En abril, se reunió con víctimas en Malta y denunció al enemigo dentro de la Iglesia. En junio pidió perdón por los pecados de sus sacerdotes y se comprometió a hacer todo lo posible para evitar que esos abusos vuelvan a ocurrir.

Pero ahora, cuando los investigadores seculares han decidido emprender acciones, el Papa ha condenado las circunstancias “sorprendentes y lamentables” del allanamiento belga.

En un mensaje de solidaridad con los obispos de Bélgica, argumentó a favor de cooperar con el sistema judicial secular, pero insistió en el derecho de la Iglesia de realizar investigaciones internas.

Los aliados de Benedicto en Roma no perdieron tiempo en asegurar que las relaciones entre la Iglesia y el mundo secular tomaron un mal giro.

El diario de los obispos italianos Avvenire ve la profanación de las tumbas como un “acto brutal que golpea directamente al corazón de la Iglesia”.

El cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone (el segundo hombre más poderoso del Vaticano), manifestó indignación por el hecho de que fuera posible retener a venerables obispos por tanto tiempo sin alimentos ni bebida, “como si fuesen niños”.

Dijo que ni siquiera bajo el comunismo fueron tratados tan mal funcionarios de la Iglesia. Tras un breve período de remordimiento, pareciera que todo ha vuelto a ser como de costumbre en el Vaticano.

Poco parece haber cambiado. Ya en el sexto año del pontificado de Benedicto XVI, el Vaticano todavía tiene que brindar a las iglesias nacionales una política globalmente vinculante para tratar a los autores de abusos.

No ha dicho cómo, bajo la ley de la Iglesia, se debe denunciar y castigar a los clérigos abusadores, ni tampoco cómo cooperará con los sistemas judiciales seculares.

Hay antiguos lineamientos, algunos de los cuales se remontan a la década de 1920. Desde abril, figuran en la página web del Vaticano; pero no son normas, sólo recomendaciones.

Esta persistente negativa a dar mayor libertad a los obispos locales para abordar los casos de abusos explica parcialmente por qué una cantidad siempre creciente de casos están saliendo a la superficie en Brasil e Italia, y ahora en Bélgica, que implican a obispos que intentan resolver los casos de abuso a su propia manera sin informar de ellos al Vaticano o a los fiscales del Estado.

Los funcionarios eclesiásticos belgas fueron mucho más reservados en sus comentarios sobre las incursiones policiales, y aparentemente con buenas razones.

Pocos días después de los allanamientos en Mechelen, una docena de hombres se reunió en las gradas frente a la catedral de Bruselas.

Dijeron que hace 10 años, el 25 de enero de 2000, junto con otros ocho hombres, le contaron a Daneels que habían sido abusados por sacerdotes belgas. Daneels no los acogió.

Dijo esa vez que no podía saber si ellos decían la verdad o era pura fantasía. Luego los instó a mantener silencio al respecto porque sus dichos dañarían a la Iglesia Católica.

CÓMO TRATAR A LAS OVEJAS NEGRAS

Primero Irlanda, luego EEUU, Alemania, Austria y ahora Bélgica: el mapa católico del mundo se está llenando rápidamente de países donde siguen emergiendo nuevos casos de abusos.

Se ha convertido desde hace tiempo en un problema global, pero el Vaticano bajo Benedicto XVI está reaccionando a su propio ritmo.

Benedicto considera esto como una preocupación por su gente, aunque puedan haber pecado. Desde un punto de vista teológico, sea o no culpable, un sacerdote sigue siendo sacerdote por toda la eternidad, y sólo la sede central (al menos en opinión del Vaticano) puede proceder a un juicio contra las ovejas negras en conformidad al derecho canónico.

Esto ha llevado a una lucha de poder entre las fuerzas liberales y conservadoras en el Vaticano. Los conservadores del Estado eclesiástico ven la política de cero tolerancia de los obispos estadounidenses como una forma de atentar contra los derechos de los sacerdotes acusados.

En cambio, los espíritus liberales están presionando para que se investigue rápidamente y se remitan los casos a las autoridades seculares. Pareciera que los conservadores han recuperado la iniciativa.

Hace una semana, el cardenal vienés Christoph Schönborn recibió una reprimenda personal del Papa porque había acusado a un colega cardenal de ocultar por años investigaciones sobre abusos. Sólo el Papa está autorizado a reprender a un cardenal, nadie más.

Los obispos alemanes Robert Zollitsch y Reinhard Marx también recibieron lo suyo. Benedicto les reprocha no haber sido suficientemente afectuosos con su colega el obispo Walter Mixa cuando éste fue objeto de acusaciones de violencia en contra de niños a su cargo.

El Pontífice ha mostrado claramente cómo tratar, en el verdadero espíritu cristiano, a aquellos hermanos que se han alejado del rebaño.

Anunció que “tras un período de sanación y reconciliación”, el obispo Mixa, como otros obispos retirados, estaría de nuevo disponible para tareas pastorales.

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