Bendecir las armas

  La historia está llena de episodios donde las religiones establecidas han bendecido las guerras  
No se cual haya sido la intención del periodista de Milenio Semanal, Jorge Medellín, con su reportaje titulado "En busca de un obispo militar", de este domingo. En todo caso, me puso los pelos de punta.

El artículo comienza con tres narraciones de hechos en los cuales militares mexicanos se han visto involucrados en muertes de civiles inocentes y luego se cuestiona al responsable de una Asociación de Clérigos Castrenses en la Iglesia católica sobre la reacción que tienen los sacerdotes en estos casos.

La pregunta puede tener dos lecturas: o se hace para mostrar el ambiguo papel que pueden desempeñar los sacerdotes católicos en hechos violentos, o se hace para justificar la necesaria presencia de los sacerdotes católicos entre las fuerzas armadas, en el supuesto de que inyectarían un rasgo de humanidad o de respeto a los derechos humanos en los cuarteles.

El reportaje, por lo demás excelente, muestra los distintos pasos que desde hace una década ha dado el episcopado católico mexicano, para lograr introducirse en una de las instituciones claves del Estado mexicano: las fuerzas armadas.

La historia está llena de episodios donde las religiones establecidas han bendecido las guerras. Desde la antigüedad hasta fechas muy recientes muchos ejércitos han invocado la ayuda de Dios para vencer al enemigo. Y no siempre el enemigo tiene un Dios distinto; en muchas ocasiones, por ejemplo, el Dios cristiano, con sus respectivas Iglesias ha estado en bandos contrarios.

Muchas veces la misma Iglesia ha bendecido las armas de ejércitos opuestos: desde la Edad media hasta la Segunda Guerra Mundial, los ejemplos abundan. La pastoral militar no se limita en los tiempos modernos a bendecir las armas con las que un pueblo en legítima defensa, como dicta el catecismo católico, puede defenderse del enemigo. Busca acompañar a los combatientes en los momentos en los que necesita la fortaleza espiritual, por la pérdida de vidas o para encontrar justificación a la existencia de los horrores de la guerra, al mismo tiempo que se predica sobre la existencia de un Dios justo y amoroso.

Más allá de la justificación formal que exista para la presencia de capellanes militares, es decir sacerdotes y obispos con rango militar en medio de la tropa, lo cierto es que en América Latina dichos capellanes han justificado los peores crímenes contra la humanidad, dando su bendición a torturas, robo de niños, secuestros, violaciones y asesinatos.

O sea que, inversamente a lo que se pregona, la existencia de sacerdotes en las filas militares no ha servido para fortalecer la moral y la ética de respeto a los derechos humanos, sino que, por el contrario, en más de una ocasión ha servido para justificar las peores violaciones, bajo el pretexto del combate al mal, representado por el comunismo, el socialismo, el liberalismo, los grupos feministas, homosexuales, las mal llamadas "sectas", o cualquier comunidad que no comparta una visión específica del cristianismo.

Todavía hace poco el gobierno argentino tuvo que suspender de sus funciones al Obispo castrense, que tiene rango militar y salario equivalente, por unas terribles declaraciones en las que dijo que al ministro de salud, por haberse declarado a favor de los métodos anticonceptivos, había que amarrarle una piedra al cuello y arrojarlo al mar, en una cita bíblica que remitía a los miles de disidentes asesinados de esa manera por el régimen militar de ese País.

Y está comprobado que muchos sacerdotes católicos participaron en secuestros y torturas de opositores, justificándolas como parte de un deber cristiano, limpiando así las conciencias de los asesinos, para que pudieran seguir cometiendo esos crímenes. No estamos hablando del pasado remoto, sino de personajes del episcopado y de la Curia romana todavía encumbrados. Nada bueno ha traído en América Latina la existencia de capellanes castrenses.

En México, como señala el artículo mencionado, ha sido sobre todo la Armada de México, es decir las fuerzas navales, la que en varias ocasiones ha abierto la puerta a líderes religiosos y en particular al Arzobispo de México. En el centro de Estudios Superiores Navales el cardenal presentó una visión pastoral que liga una determinada idea de familia con la seguridad nacional, mostrando así las repercusiones que una influencia de ese tipo podría tener en el ánimo y disposición de las fuerzas armadas. Dijo entre otras cosas: "La fidelidad a la patria pasa por la fidelidad a la propia familia…

La fuerza moral del alma del militar para que cumpla su deber con la patria depende de la fuerza moral que reciba en su hogar, del estímulo que reciba de su esposa y de sus hijos. Solamente esto (subrayado mío) justifica el sacrificio que puede ser reclamado en situaciones graves en las que el deber lleva al extremo de ofrendar la propia vida. La familia, insisto, es un asunto de seguridad nacional y es la garantía de que nuestra nación conserve con orgullo su propia identidad". En otras palabras, para el cardenal Rivera, defender su idea de familia es defender al país y a su identidad católica. Lo que él quisiera es que el soldado ya no responda primordialmente a su deber cívico, sino a sus valores religiosos. Así comenzaron en Argentina.

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