Beligerancia y laicismo

Es una aberración relativamente grave afirmar que el que no está conmigo está contra mí, pero es mucho más grave la de defender que quien no está con lo que yo creo, está en el error. Y si se le pone incienso a la cosa, se convierte en la sentencia de muerte: quien no cree en mi Dios como yo creo, está en el error y en pecado, y su alma se irá al infierno irremediablemente.

Si todo quedara en el terreno de las almas la cosa no tendría importancia, porque la condena no tendría efectos terrenales, que son los que importan de inmediato, porque dentro de cien años, todos calvos. Pero lo malo es cuando la condena del alma pecadora la traslada el sentenciador a cosas de este mundo: las leyes, las costumbres, la política, la moral pública- Su acción terrenal es lo peligroso, lo único que importa a quien piensa que lo que sea de su alma es cosa exclusivamente suya, o bien que eso del alma y del más allá no pasa de ser un supuesto.

Normalmente muchos seres religiosos son beligerantes, y se meten a agujerear los condones de los demás, sin importarles que caigan en riesgo de infectarse de sida o de tener hijos no deseados, pero hemos de reconocer que hemos avanzado mucho al respecto en algunas religiones, como por ejemplo la católica, que estuvo quemando descreídos desde el siglo trece hasta Napoleón, o que obligaba a defender que su ombligo era el del mundo, esto es, que el sol y todos los astros giraban en rededor de la Tierra, llegando a condenar al silencio más riguroso a los científicos más informados bajo pena de muerte. De peor manera han evolucionado otras religiones, dando cobijo en muchos de sus sectores a la intolerancia más severa, cuando no auténticamente criminal. Caso de los fundamentalistas.

Aunque las personas religiosas tienden a la intolerancia, son muchísimas las que no solo no son intolerantes, sino que piensan y se comportan con abierta tolerancia. Los mismo que son más los religiosos que hacen el bien que los que visten el hábito del vicio o practican aficiones infames.

Así queda claro que la beligerancia perniciosa es solo la de los extremistas violentos, con violencia física o mental.

Pero desde luego es una inexactitud lógica la de tachar de agresivo o beligerante al laicismo, a cuya neutralidad esencial se atribuyen de forma gratuita, cuando no mal intencionada, caracteres o defectos propios del anticlericalismo o del ateísmo, sembrando una confusión inadmisible. Oiga usted, yo lo que no quiero es que sus obispos o imanes salgan de sus templos y se metan en mi congreso legislador, que quieran cambiar sus prédicas por normas de obligado cumplimiento para todos, incluidos infieles, incrédulos o sencillamente laicos. Laicos es lo que debemos ser todos en cuestiones de Estado, por mandato de nuestra Constitución y por aprovechar la conquista relativamente reciente de la separación Iglesia-Estado. ¿Tan difícil de entender es esto?

El laicismo no tiene ni aparato administrativo ni territorio propio, por lo que no se le puede confundir ni comparar con los partidos políticos, ni con las religiones, ni siquiera con organizaciones como la masonería, los clubes de fútbol, las hermandades de cualquier cosa, los sindicatos, las asociaciones de vecinos o el estado, la provincia y el municipio. El laicismo en una condición y una idea. Tienen la condición quienes tienen la idea de que el Estado y la Iglesia tienen que estar separados radicalmente. Parece que alguien muy respetado dijo "dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Pues eso". Si quienes tienen esa constitucional idea no están agrupados ni sometidos a ninguna autoridad, ni tienen censo, ni domicilio social, ni se ponen colgantes significativos, ni insignias en la solapa, que alguien explique como pueden concertarse los laicos para ser agresivos o beligerantes.

Quizá los que gritan que viene el lobo son lobos vestidos de ovejas. O quizá simplemente mandamases que avisan que el mundo está en peligro cada vez que aparece junto a sus muchos estandartes una pancarta que discrepa. Nemine discrepante (sin contradicción; por unanimidad) es latín, el idioma que se hablaba en Roma.

* Abogado y escritor

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