Beatificación meteórica para el polémico Wojtyla

Envuelta en un cierto aire de autobombo, hoy tendrá lugar la beatificación de Karol Woj- tyla, el anterior Papa. El proceso ha sido fulgurante, cuando otras causas se eternizan lustros, décadas o quedan aparcadas durante siglos. No faltan quienes apoyan la celeridad del proceso y la plaza de El Vaticano congregará a miles de almas. Pero también hay voces críticas, porque Juan Pablo II fue un hombre muy controvertido a la par que poderoso.

El engranaje más pequeño dentro del proceso de beatificación de Juan Pablo II se llama Marie Simon-Pierre, una monja de 51 años. Estaba afectada de Parkinson y rezó con fuerza para curarse. Ocurrió en 2005. Simon-Pierre se lo pidió directamente a Juan Pablo II, que había fallecido unos meses antes. Según la Iglesia, Marie Simon-Pierre sanó de forma inexplicable. Benedicto XVI, líder supremo de la institución religiosa, plasmó en enero su firma avalando que fue su antecesor el que logró ese milagro. Eso es lo que se celebra hoy en El Vaticano y es tanta la expectación que la Iglesia ha sacado el ataúd de su sobria tumba (pero de excelente mármol) que se encuentra en la cripta de San Pedro para que los fieles puedan orar frente al féretro. El cálculo que ha hecho la organización es que serán unos 400.000 los que acudan a la ceremonia.

La beatificación se entiende como el paso previo a la santidad, a ser reverenciado como santo, pero eso no es del todo cierto. En realidad, los pasos son cuatro: siervo de Dios, venerable, beato y santo. Un venerable con un milagro es beato y, con dos, santo. Por ejemplo, Pablo VI y Juan Pablo I sólo han adquirido el grado de siervo de Dios (el polémico Pío XII ha alcanzado el de venerable). Por otra parte, la inmensa mayoría de los 265 papas que ha habido no ha alcanzado siquiera el primer peldaño de esta escalera. En principio, una beatificación es complicada, puesto que sólo el Papa verifica los milagros tras largo proceso burocrático.

Para empezar, se necesita un postulador, alguien que defienda la causa del aspirante. En este caso, Juan Pablo II (el nombre elegido por Karol Wojtyla cuando tomó las riendas de la Iglesia) juega con ventaja, puesto que quien inició su causa es el cardenal Camillo Ruini, un peso pesado dentro de la curia y el mismo que defendió a José María Escrivá de Balaguer, ahora santo. Hasta 1983 el postulador tenía que vérselas con el Abogado del Diablo, otro religioso que manifestaba sus dudas de que el candidato recibiera tantos honores ante una especie de tribunal. Ya no ocurre así, porque el propio Juan Pablo II eliminó esta figura. Esto permitió a Wojtyla, durante su papado, multiplicar por quince las canonizaciones de papas anteriores (nombró 500 santos y beatificó a 1.300 personas). Pero el Abogado del Diablo hoy tendría algún que otro motivo para zancadillear la beatificación del aspirante.

La dispar influencia en la sociedad

Es obvio que detrás de Carmillo Ruini está el interés del actual Papa, Benedicto XVI. Wojtyla se ganó una enorme popularidad, visitando infinidad de países (lo que le granjeó el apodo de «Papa viajero»), y lo cierto es que la Iglesia parece necesitada de rostros con carisma. Por ello, Benedicto XVI hizo una excepción para saltarse los cinco años de espera que han de transcurrir antes de iniciar el proceso de beatificación, según marca el protocolo. Sólo existe un caso anterior en el que un Papa ha exonerado a una persona de dicha espera: Teresa de Calcuta.

Ahora bien, no es únicamente la popularidad la que ha espoleado la beatificación. Benedicto XVI es consciente de que elevar al polaco a los altares supone afianzar la línea dura que representaba la figura de Wojtyla y que, a la postre, también es la suya. El ideario conservador de Juan Pablo II era bien conocido por las personas ajenas a la Iglesia, quienes lo identificaban con posturas retrógradas en temas como el aborto, el divorcio, la eutanasia y la libertad sexual, entre otros. De hecho, hubo un elemento que ensanchó la grieta entre la sociedad y la Iglesia hasta un punto cercano a lo irreconciliable: su postura sobre el uso del preservativo.

La aparición del sida estalló en las manos de Wojtyla a inicios de los 80 y él ni se inmutó. Cuando el virus le obligó a elegir entre las personas o la doctrina religiosa, optó por la segunda, respaldado por quien ahora es su sucesor y, entonces, máximo responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Hace unos meses, este anatema lanzado contra el condón comenzó a agrietarse (tímidamente) en el último libro de Benedicto XVI, pero en lo demás el discurso de ambos se asemeja tanto que parecen idénticos, si bien algunos datos apuntan a que el actual Sumo Pontífice se colocaría un poco más a la derecha, como en el hecho de volver a acoger en el seno de la Iglesia a los seguidores del ultra Lefebvre, expulsados por Wojtyla.

Dado que lo que caracterizó a Juan Pablo II fue su inmovilismo, se le ha criticado más por lo que no hizo que por lo que realmente llevó a la práctica. El polaco fue un muro de puertas para afuera y, sobre todo, de puertas para adentro. Contra esa muralla chocó la renovación de la Iglesia Católica, un aire de nueva esperanza y renovación nacido en el Concilio Vaticano II (que transcurrió entre 1962 y 1965) y en el que estuvo presente Wojtyla como cardenal. La inusual elección de un polaco como líder de la Iglesia Católica sólo cabe enmarcarse dentro de este proceso, puesto que para buscar al anterior papa no italiano había que remontarse hasta el siglo XVI. El aspirante a santo persiguió y neutralizó a los religiosos afines a la Teología de la Liberación y a los referentes progresistas de dentro de la Iglesia, como Leonardo Boff o Hans Küng. El ideario más izquierdista pasó así de ser una esperanza dentro de una parte de la institución a «incompatible» con los preceptos que el Papa promulgaba.

Por otra parte, Juan Pablo II también se mantuvo firme a la hora de mantener la discriminación hacia las mujeres, dando la espalda a los éxitos del feminismo en el plano social. Tampoco cedió en cuanto a la eliminación del celibato entre los sacerdotes y lidió fatalmente con los escándalos de pederastia que salpicaban a sacerdotes y la organización eclesiástica. Precisamente este motivo fue el que coleó hasta el final. sSu supuesto encubrimiento del pederasta Marcial Maciel afloró como principal obstáculo para el proceso de beatificación. El portavoz de El Vaticano, Federico Lombardi, se vio en la obligación de hablar públicamente sobre el caso y dijo que, tras una minuciosa investigación, nada malo podía achacarse al Papa.

Heridas abiertas y pleitesías estatales

Desde un prisma más práctico, bajo su manto el ala más reaccionaria de la Iglesia medró y copó los cargos de peso. En 26 años erigió a decenas de cardenales duros como Tarcisio Bertone, Juan Luis Cipriani, Roger Etchegaray, Antonio María Javierre, Alfonso López Trujillo, Eduardo Martínez Somalo, Carlo Maria Martini, Miguel Obando Bravo o incluso a Antonio María Rouco Varela, líder ahora de los obispos del Estado español. En cuanto a grupos de poder, se le vio cómodo rodeándose de miembros del Opus Dei y de los Legionarios de Cristo del propio Maciel.

Sin embargo, Wojtyla neutralizó, que no anuló, a los religiosos críticos. El nombre de Hans Küng reaparecía hace bien poco, junto a otros 49 teólogos, en una carta abierta donde se ponía en tela de juicio la beatificación y se denunciaba el papel del Papa como bastión de la derecha. Este documento cobra especial relevancia también por los no religiosos que lo suscriben, entre ellos un peso pesado de la CDU como Heiner Geisler. Desde un punto de vista más local, teólogos como Félix Placer o Xavier Pikaza se muetsran críticos con la beatificación. Pikaza expresaba sus «reparos» por la celeridad del proceso, ya que considera que las heridas dentro de la Iglesia «siguen abiertas».

El texto de Küng sirve también para explicar el papel de Wojtyla como jefe de Estado y azote del comunismo. En la carta, los 50 teólogos le acusan de haber dejado desamparado al arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, porque su anticomunismo «le cegó». Para ellos, Romero es el santo. En contrapartida, este apoyo de Wojtyla al capitalismo y los gobiernos reaccionarios le ha valido la gratitud de muchos países. Hoy se lo pagan. Una cuarta parte de todos los jefes de Estado del planeta han viajado a Roma.

El Arzobispado erigió una estatua en Iruñea a Juan Pablo II que piensa amortizar con souvenirs

Una de las consecuencias más curiosas que tuvo el fiasco de la candidatura de Iruñea a Capital Cultural Europea 2016 es que se plantó en la capital navarra una estatua de Karol Wojtyla. Se trata de una réplica exacta de la estatua de bronce que se encuentra en Torun, la ciudad polaca con la que Nafarroa se había aliado en su pugna por la capitalidad. La colocaron junto al elitista Club de Tenis en una ceremonia con pompa oficial, presidida por la alcaldesa de Iruñea y el teniente de alcalde de Torun. De poco sirvieron las críticas de que esto atentaba contra la libertad religiosa y de que se trataba de una figura controvertida. Eso sí, fue el Arzobispado quien se comprometió a abonar los 20.000 euros que costaba el figurón de cobre de tres metros de altura, obra de Stanislaw Radwanski. Después, el obispo decidió abrir una cuenta para que fueran los fieles quienes lo pagaran. Radwanski cedió los derechos de autor para que se pudieran vender miniaturas a modo de souvenirs. A.I..

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