Barcelona, paraíso del laicismo

La suspensión de la misa central de la UB, última batalla ganada por los laicistas

COMENTARIO:  En contra de lo que corresponde a un Estado aconfesional, ABC defiende en su crónica que la Universidad de Barcelona debe actuar para que los católicos puedan ir a misa en el recinto universitario.

Primero fueron los autobuses con consignas ateas —«Probablemente Dios no existe, deja de preocuparte»— , después las protestas por la visita del Papa Benedicto XVI y ahora los boicots a las misas de la Universidad de Barcelona (UB).
La reivindicación del laicismo en Cataluña no es algo nuevo —la idea de defender un Estado laico y aconfesional se remonta al siglo XIX con la industrialización y la aparición de una sociedad ilustrada—, aunque en los últimos años bulle con especial intensidad. Los recientes episodios en la capilla de la UB prueban la «agresividad» e «intolerancia» de ese movimiento, articulado en el terreno académico sobre grupos de estudiantes «progresistas».
A raíz de la visita del Papa
Los ataques de los alumnos anti-capilla, que se agudizaron tras la visita del Papa a la capital catalana y su discurso sobre «el laicismo agresivo de los años 30», han condenado a los católicos de este centro a practicar la fe casi en clandestinidad.
Asistir a misa en la UB se ha convertido en un deporte de riesgo. Lo han experimentado en primera persona numerosos profesores y estudiantes. P. R., uno de los alumnos afectados, recuerda aún consternado uno de los episodios más graves. «A una de las profesoras la zarandearon y a muchos de nosotros nos increpan cada misa. Es una verguenza que las autoridades académicas no les detengan. Lo que están haciendo está penalizado», apunta.
Primera batalla perdida
Para esquivar las protestas, la universidad se ha visto obligada a suspender la misa que se celebraba cada miércoles a las 14.15 horas. Ahora, a la vez que realiza obras para mejorar la seguridad de los feligreses, se plantea cambiarla de hora. ¿Es esa la solución? La comunidad universitaria católica entiende que no. A su juicio, el único modo de restablecer la normalidad es que el centro imponga la autoridad a los alborotadores. ¿Por qué no lo hace? Los propios afectados recnocen que el rector, Dídac Ramírez, tiene ante sí un problema que trasciende a su universidad. Si persisten los ataques, las salidas son sólo dos: o rompe el acuerdo con el Arzobispado, que sustenta la celebración de misas en el recinto académico; o reduce a los alborotadores.
Los que son blanco de los ataques tienen claro que las soluciones que arbitra la universidad son «sólo un parche» que mejora provisionalmente el problema. Entienden que, a efectos reales, la primera batalla ya la han ganado los laicistas, que han conseguido desarticular la misa central en el recinto universitario. Qué pasará ahora es algo que ni la universidad ni los afectados por los boicots tienen aún claro. «Puede ser que trasladen sus acciones a las otras ceremonias, a las que hasta ahora no han hecho ni caso porque van muchos menos fieles», indicó a ABC la profesora M. B. Tanto ella como el resto de la comunidad católica reivindican el derecho a expresar sus creencias en libertad.
Mientras los seglares conquistan terreno en Barcelona, el movimiento reevangelizador, impulsado desde el Vaticano, coloca su pica en la capital catalana. La basílica de la Sagrada Familia de esta ciudad será el emblema del recién creado Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización. Los fieles intentan protegerse de un laicismo «agresivo» que aspira a convertirse en dogma público básico. El Vaticano, por su parte, canaliza su esfuerzo evangelizador hacia un territorio tomado por un laicismo que los feligreses consideran «excluyente» y «antidemocrático».

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