Ayatollahs y obispos

Los occidentales solemos contemplar con extrañeza y actitud reprobatoria que los ayatollahs islámicos participen constantemente en política y que pretendan que las leyes y gobiernos de sus países se sometan a sus preceptos religiosos. También somos una mayoría los españoles (aunque esto no se refleje en la prensa como aquello) que censuramos que nuestros obispos estén continuamente injiriéndose en los asuntos públicos.

Para analizar cómo actúan basta observar su última intervención política al pronunciarse sibilinamente a favor de la abstención. Defienden la abstención para debilitar a este gobierno al que quieren cambiar cuanto antes por uno del PP. Como la derecha no encuentra razones de peso contra esta mal llamada Constitución Europea, justifican la abstención por la premura de la convocatoria. Tratan de paso de apuntarse como un tanto a su favor la alta abstención que se espera, para mostrar que los españoles siguen sus dictados. Y todo esto sin "pillarse los dedos", diciendo que comprenderían la abstención, en lugar de propugnarla abiertamente.

Según Eslava Galán España perdió el tren de la modernidad en tres ocasiones a lo largo de su historia: en el siglo XVI con la Inquisición, que impidió en España el desarrollo humanista que se extendió por Europa; a principios del s. XIX con la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis que impusieron el absolutismo en España, cuando en Europa se desarrollaba el liberalismo; y en 1936 con la sublevación franquista contra una República democráticamente constituida. En todas esas ocasiones la Iglesia estuvo de parte de la reacción y el poder.
Ahora la Iglesia no puede impedir la modernización de España, pero sí puede influir en el Gobierno para que la entorpezca. Y es ahí donde Zapatero debe saber que aunque no se nos oiga tanto, porque no estamos tan organizados ni subvencionados como ellos, somos mayoría los españoles que deseamos que la Iglesia y otras religiones se dediquen a los suyos y nos dejen a los demás en paz. Nadie les va a decir cómo se tienen que casar ni lo que tienen que pensar. Lo único que pedimos es que ellos no instrumentalicen el estado para imponernos a nosotros sus ideas y costumbres. Pedimos, como al final del franquismo "Libertad sin ira" y que nos dejen vivir en paz.

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