Así son las opiniones de la «Juventud del papa»

«La derecha está siempre más cerca de la Iglesia», «Fornicar es inmoral» o «Europa ha perdido los valores» son algunas de las opiniones que se escuchan entre los jóvenes asistentes a la Jornada Mundial de Madrid. El peregrino pr

La fe y esta camiseta es algo que nos une a todos», bromea José Manuel Rocca, venezolano de 23, años, mostrando la elástica oficial de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Junto a sus compatriotas Kelvis Núñez y José Rojas (23 y 32 años, respectivamente), apuran sus últimos minutos en el parque de El Retiro antes de enfilar la última marcha hacia Cuatro Vientos, escenario del último y más multitudinario acto presidido ayer por Benedicto XVI. Todos coinciden en lo mismo: «Compartir la fe con personas de tu misma edad procedentes de lugares ha sido lo mejor».

Cientos de miles de personas han abarrotado Madrid en los últimos días. La pregunta es si forman un todo homogéneo. Y, sobre todo, si comparten los principios más reaccionarios que defiende la jerarquía católica: prohibición del uso del preservativo, abolicionismo del derecho al aborto o rechazo de las bodas entre homosexuales. Las conversaciones con decenas de peregrinos permiten establecer un modelo tipo de joven asistente a las JMJ: derechista en lo político, conservador en lo social y más bien acomodado en lo económico.

«En realidad, la gente de derechas está siempre más cerca de la Iglesia», resume el sacerdote Sabio Tulio, de 34 años, que ejerce en una parroquia de Santa Ana, en El Salvador. «He comprobado que la izquierda se aleja de la fe. Podemos verlo en países como Cuba, Nicaragua u Honduras», asegura el religioso. El frente latinoamericano es, probablemente, uno de los más beligerantes. «La Iglesia reza para que cambiemos de gobierno», sentencia el venezolano José Manuel Rocca, que acusa a Hugo Chávez de «practicar la santería».

En la misma línea, Joel Vargas, de Caracas, también se suma al antichavismo. «Por ahora no nos persigue, pero el presidente presiona demasiado a la Iglesia», considera. Aunque la filiación derechista también llega desde Oriente Próximo. George, procedente de Beirut, y Tatiana, originaria de Mont Liban, en Líbano, están adscritos a las Fuerzas Libanesas y la Falange, respectivamente. Dos formaciones ultraderechistas que son responsables, entre otras, de la matanza de Sabra y Chatila, en 1982.

«Europa ha perdido la moral y los valores. No le teme a Dios», lamenta Virginia Cesta, texana de 35 años que llegó a Madrid acompañando a un grupo de Ciudad Juárez. La idea de una modernidad libertina ha calado en estos jóvenes. «He visto mujeres que, vistiendo así, no entrarían en ninguna de las iglesias de Kenia», asegura Lucas Massila, de 40 años. A juicio de este miembro de la parroquia de la Sagrada Familia de Mombasa, «quien va en contra de la Iglesia, termina sufriendo».

Massila se refiere de este modo a las personas que contraen el sida en África, donde el Vaticano ha lanzado una fuerte campaña contra el preservativo. «Fornicar es una inmoralidad», asegura, para arremeter contra algunos de los peregrinos que aprovechan también el viaje para disfrutar de la noche madrileña. «¿Quién les ha dicho que estén por ahí bebiendo alcohol o dándose besos?».

El colectivo gay es también blanco de sus críticas. «La homosexualidad puede ser un problema físico o psicológico, aunque también tiene que ver con la moda. Desde luego, lo que no puede permitirse es que se casen», enfatiza George el libanés, que refuerza con gesto de obviedad todas sus opiniones. «Puede ser una enfermedad, y eso te lo dice Tatiana, que es psicóloga».

Tampoco es casualidad que quienes han desembarcado en Madrid pertenezcan a las clases más pudientes. Llegar hasta la capital del Estado español no está al alcance de todos los bolsillos. «El viaje nos ha costado unos 3.000 dólares al cambio», indica uno de los venezolanos. Claro que el periplo no termina en la semana eucarística madrileña. «Previamente hemos visitado Roma. Y terminaremos el viaje pasando por París», señala. La mayoría de peregrinos comparte este itinerario. Una vez en el avión, han aprovechado el viaje para un turismo en profundidad. Lo que convierte en más hirientes las palabras del keniata Lucas Massila, que tras desembolsar 3.500 dólares por su viaje y el de su hijo, asegura convencido que rezará «por el fin de las hambrunas en África».

Del calor tórrido a la tromba de agua

Mientras,la explanada de Cuatro Vientos, epicentro del último acto de Benedicto XVI en Madrid, estuvo ayer más cerca de ser el centro del infierno durante casi toda la jornada. Desde que los feligreses llegaron en riadas a su última etapa (colapsando la línea de metro), las altísimas temperaturas provocaron casi un millar de atenciones por lipotimias y golpes de calor.

El recurso para combatir el sofoco fue la desnudez (algunos asistentes masculinos terminaron en ropa interior) o los chorros de agua lanzados por las dotaciones de bomberos desplazadas a la zona. Hasta que llegó el Pontífice, hacia las 21.30 horas. En ese momento cayó una tromba de agua que terminó interrumpiendo el discurso del Ratzinger. De hecho, el Papa no terminó de leer el texto que había preparado respondiendo a las preguntas de cinco jóvenes.

Al menos siete personas resultaron heridas, aunque ninguna de gravedad, por la caída de varias carpas a consecuencia de la tormenta. Los dos más graves eran dos mujeres que sufrieron fractura de los huesos de la nariz y una posible fractura de clavícula, por lo que ambas fueron trasladadas a sus hospitales de referencia. El resto de los heridos presentaba lesiones de diferente consideración. Y a todo esto, Ratzinger afirmaba que Dios mandaba bendiciones con la lluvia.

Los excesos nocturnos abren brechas entre los peregrinos de la JMJ

Viernes, 4 de la madrugada en la Plaza de España de Madrid. Una dotación de la Policía Municipal y otra de la Policía española irrumpen en la zona. En el interior de la fuente, tres peregrinos se bañan en calzoncillos mientras que otro grupo canta el célebre «Esta es la juventud del Papa» acompañados por una guitarra. Alrededor, dos chavales en estado de ebriedad hacen carreras con una silla de ruedas. Los dos pueden andar, así que cabría preguntarse de dónde sacaron su nuevo juguete.

En realidad, si no fuese porque todos lucen sus camisetas amarillas, éste parecería el escenario de un botellón cualquiera. Una práctica que, en teoría, está prohibida por la ley cívica de la capital del Estado pero que ha encontrado una especial permisividad durante los días en los que se ha alargado la JMJ.

«Tenemos suerte. Nuestro monitor tiene nuestra misma edad, así que no nos pone problemas», celebra Jean Eudes, de 20 años, procedente de Rennes, en el Estado francés, y que presume de «dormir en el suelo, donde se pueda, y venir aquí todas las noches».

Los días de oración y recogimiento dejan paso a noches de desenfreno centralizadas en la Plaza de España. Aunque el reguero de alcohol se extiende hasta otros puntos de Madrid. Horas antes, un grupo de franceses acampaba, cervezas en mano, bajo una vivienda que exhibía una pancarta contraria a la visita del Pontífice. Durante más de una hora coreaban gritos de apoyo a Benedicto y trataban de romper el descanso de sus habitantes ayudados por sonoras bocinas. Esto provocó el enfado de los vecinos, que terminaron lanzando cubos de agua por la ventana.

«Lo de beber es algo normal, es de hipócritas decir que no lo hagan», les excusaba José Fernández, andaluz de paso por Madrid y que había aprovechado para sumarse a los actos religiosos. Sin embargo, no todos veían con buenos ojos el desmadre de los feligreses y algunos de los voluntarios velaban porque ningún fotógrafo captase las instantáneas.

«Hay gente que ha venido aquí con dos caras. No se puede ir a misa y luego caer en la inmoralidad», protestaba por contra Allan Badia, de 20 años, originario de Texas y miembro de una organización que fomente la castidad hasta el matrimonio.

Mientras tanto, lo que muchos madrileños censuraban era el doble rasero. Afirman que mientras los agentes municipales impiden el consumo de alcohol en la calle, las arterias de la capital del Estado español se han convertido en una barra libre para los feligreses.

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