Arrimarse a San Pedro

COMENTARIO: El laicismo denuncia tanto el clericalismo y el confesionalismo, como la injerencia de la política en materia de conciencia, y el uso electoral que muchos políticos hacen de la religión y las creencias particulares de la ciudadanía. Por esas, y otras razones, denunciamos la presencia de autoridades públicas en actos religiosos, como es el caso. Sin olvidar que la iglesia admite este juego a sabiendas de los privilegios (económicos, fiscales, jurídicos, simbólicos,…) que va a obtener de quienes así actúan. Por eso reclamamos una estricta separación del Estado y las confesiones religiosas.


Con la tenacidad anual que le caracteriza, la asociación Asturias Laica/Europa Laica se ha manifestado en el Campo Valdés durante la pasada festividad de San Pedro en pos de que las autoridades del Ayuntamiento no asistan a las celebraciones litúrgicas de la parroquia mayor ni que la Alcaldesa intervenga en la posterior bendición de las aguas.

Como esto último no es el Corpus de Toledo, de gran antigüedad, sino un concilio entre Alcaldía y parroquia que no cumple más de 25 años de vigencia, conviene recordar otra vez que fue iniciativa de un alcalde socialista de la villa el proponerle al entonces párroco, Don Boni, colocar un entablado fuera de la iglesia para que ambos discursearan al hilo de la bendición de las aguas.

En efecto, Vicente Álvarez Areces, que no perdía punto de perfección, ya se había percatado del gran influjo ejercido por Don Boni en el pueblo soberano, especialmente por sus homilías, salidas de un instinto de predicación semejante al que Francisco maneja en el presente (si bien el recordado párroco gijonés se permitía más licencias).

Pues bien, Álvarez Areces contó con la intermediación del entonces responsable municipal de Turismo, Tomás Flores, para persuadir a Don Boni de la celebración del acto común y de que se entablara el pacífico duelo de discursos que, por supuesto, iba a ganar siempre el cura por goleada.

De aquellos lejanos polvos, sembrados cuando en la nación todavía no se habían crispado por vía gubernamental (Zapatero) las relaciones Estado-Iglesia, vienen los supuestos lodos que Europa Laica desea sanear.

Y como aquello nació casi como un juego y por iniciativa de una entidad política, también nos recuerda el hecho, menos lúdico, por supuesto, de que tras la Guerra Civil las paredes exteriores de los templos, y algunas interiores, se llenaran de placas en memoria de los caídos (eso sí, de un bando), pero colocadas casi siempre por decisión de las autoridades franquistas.

De ahí que deba examinarse lo mucho que a los poderes políticos les interesa arrimarse a la Iglesia (pese a todo), y que dicho análisis sería una interesante tarea para Europa Laica.

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