Argentina: El apartheid religioso que propone para Salta el diputado Suriani

En nombre de la libertad y de las tradiciones ancestrales, un grupo minoritario de diputados salteños pretende privar a sus congéneres -aquellos que no celebran las costumbres ni profesan la religión mayoritaria- de toda aspiración a una identidad propia, confirmándoles en todo caso su adscripción a un estatuto relegado de ciudadano de segunda clase.

El pedido suscrito por el diputado provincial Andrés Suriani y respaldado por una treintena de colegas suyos, para que el gobierno autorice -en contra de una decisión judicial- que los alumnos de las escuelas públicas de Salta acudan con ellas a la Catedral, se parece mucho a la reciente decisión del parlamento israelí que ha convertido al Estado de Israel en un país solo para judíos.

De prosperar la iniciativa de Suriani y sus amigos, Salta -provincia en la que el diputado sigue siendo un ilustre forastero- se convertirá en un territorio «solo para salteños». Pero no de cualquier clase, condición o ideología, sino exclusivamente para ese provinciano típico y tópico que ha encontrado su refugio en las costumbres ancestrales y practica la religión dominante.

Con su postura ultraprovincianista, Suriani demuestra que ha olvidado deliberadamente que existe algo que se llama el derecho universal a la igualdad.

En nombre de la libertad (el mismo que maldijo Madame Roland antes de encaminar sus pasos hacia la guillotina), los diputados salteños, con Suriani a la cabeza, pretenden privar a sus congéneres, los que no celebran las costumbres ni profesan la religión mayoritaria, de toda aspiración a una identidad propia, confirmándoles en todo caso su adscripción a un estatuto relegado de ciudadano de segunda clase.

Suriani y los suyos, bajo la inocente excusa de cumplir con una tradición arraigada, colorida y festiva, quiere oficializar la discriminación, para que el acudir a la escuela y practicar la religión mayoritaria sean una sola cosa y quienes no deseen hacerlo queden marcados para siempre con una estrella amarilla pintada en sus ropas.

A él y a los otros legisladores que le secundan les importa muy poco lo que dice la Constitución acerca del pluralismo de la sociedad y de la libertad que tenemos todos de cara a la religión. Igual que a Netanyahu y a los sionistas de la kneset les ha importado nada que la declaración de independencia del Estado del Israel diga que el país se consagrará a su desarrollo «en beneficio de todos sus pueblos» y que «se fundamentará en los principios de libertad, justicia y paz, guiado por las visiones de los profetas de Israel; reconocerá la plena igualdad de derechos sociales y políticos a todos sus ciudadanos, con independencia de su religión, raza o sexo; garantizará la libertad religiosa, de conciencia, idioma, educación y cultura».

La república de la que hoy reniegan Suriani y quienes lo acompañan en su proyecto de apartheid tiene su piedra angular en el principio de igualdad, que es precisamente el que se quiebra cuando alguien pretende usar de la compulsión estatal para forzar manifestaciones religiosas.

Si Suriani quiere ir a misa con sus hijos, nadie se lo impide. El problema es que quiera llevar por la fuerza a los hijos de otros. Simplemente pretenderlo comporta proclamar la superioridad de una raza o de una cultura sobre las demás, y ya sabemos qué consecuencias tiene una pretensión de esta naturaleza.

Por supuesto que algo como esto se puede hacer, en nombre de la libertad de expresión. Pero lo que no se puede hacer es usar un escaño de diputado para imponer comportamientos contrarios a la igualdad y para lesionar el derecho de los niños a formarse en plena libertad. Quien abusa de los privilegios parlamentarios, para desobedecer las sentencias judiciales o para forzar al gobierno a que las desobedezca, merece todo el peso de la censura popular.

Diputado Andrés Suriani

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