Arde la religión

La religión arde. Hablo ahora de la católica. Es un ardor guerrero alimentado por intereses confusos. Atizan y se arriman a sus ascuas, personas educadoras, políticos civiles y eclesiásticos, Copes radiofónicas, empresarios, padres y madres de familia que interpretan la laicidad como un ataque a la religión, heterosexuales escandalizados, milenaristas apocalípticos…

Nada nuevo. Desde muy temprano, la historia de la religión cristiana es una historia de furores y anatemas. La ortodoxia (“recta doctrina”) romana embate contra las corrientes heterodoxas. La acusación de “hereje”, a medida que los dogmas católicos van siendo definidos por la jerarquía fiel al Papa, se convierte en un arma arrojadiza.

Así que la religión pronto comenzó a arder y a verter sangre. La lucha doctrinal entre cristianos se pervierte en una guerra de destrucción masiva; los herejes serán perseguidos y eliminados físicamente, pero algunas sectas heréticas también cometerán gravísimos actos de violencia contras los cristianos fieles a Roma. Los historiadores acuñaron la expresión odium theologicum, “odio teológico” para referirse a esta cruel e implacable lucha a muerte entre los cristianos de las diversas facciones doctrinales. Las “guerras de religión” ardieron desde el amanecer del cristianismo; una religión que se anunciaba como buena nueva, fiel intérprete de las enseñanzas de Jesús, el profeta del amor y del perdón a los enemigos.

El furor ortodoxo de los primeros siglos del cristianismo podemos personalizarlo en la figura de Agustín de Hipona. Hereje maniqueo en su juventud, tras su conversión a la ortodoxia romana, practicó lo que el historiador Jonás Hans llama irónicamente “persecución constructiva” contra pelagianos y donatistas: o retractación o muerte. Estos procedimientos del celoso Agustín anuncian los posteriores de la terrible Inquisición medieval que identificará el celo apostólico con una chamusquina de herejes y judíos.

Arde la religión y la cruz se convierte en cruzada. Santiago apóstol, tan amante él de España, baja galopando desde el cielo hacia los campos riojanos de Clavijo. En un caballo blanco esgrime una espada con la que descabeza a los moros: ¡Santiago Matamoros! Todo muy evangélico e intercultural.

Y se sucederán las cruzadas. Recordamos la del Papa Inocencio III contra los herejes cátaros-albigenses, en Francia. Estamos en los primeros años del siglo XIII. El Papa invita a los caballeros pecadores a la conquista del Reino de Dios, no solamente en la Tierra Santa sino también en Albi, Carcassonne, Narbonne, Toulouse, Beziers… Se convoca a una “guerra santa”. La cruzada ofrece a los cruzados el gran perdón de los pecados. Los cruzados, que asesinan en masa, son los milites Veri Dei, los soldados del Dios verdadero. En Beziers pasan a cuchillo a toda la población, la albigense y la católico-romana. “Matadlos a todos, que Dios sabrá distinguir a los suyos”, dicen que dijo el legado papal, Arnaud Amary, abad de Citeaux.

Arde la religión y se produce el Cisma de Occidente, en las últimas décadas del siglo XIV. Hay pelea de Papas. Primero dos rivales, después tres (con representación española en la figura del Papa Luna, que se hizo llamar Benedicto XIII).

Arde la religión con la protesta de Lutero. En sus primeros escritos defendía el sacerdocio de todos los cristianos y la libertad de conciencia, pero terminó otorgando a los príncipes alemanes la responsabilidad religiosa como protectores de su fe/protesta. La iglesia luterana liberada de la “cautividad de Babilonia”, es decir, del Papa, cae en una dependencia no menos opresiva de los príncipes territoriales y de los magistrados urbanos. En Alemania, la reforma favorecerá el abolutismo de los príncipes. Era el contubernio del trono y el altar, de la espada y la cruz… El resultado político de la reforma lo resume muy bien Georg H. Sabine: aunque Lutero era por temperamento enemigo de la coacción religiosa, terminó alentando la represión de la herejía (católica) e impidiendo la enseñanza de las doctrinas heréticas.

Arde la religión en la Ginebra de Calvino. La libertad de la persona cristiana, que había defendido Lutero en sus mejores tiempos, la concepción de la religión como una cuestión de conciencia individual, llegaba a su fin. Calvino detestaba la libertad de conciencia. Cualquiera que no obedeciese sus normas catequéticas debía ser expulsado de la ciudad, después de ser excomulgado. Las personas que se rebelaban eran ejecutados. La muerte era útil para generar el terror y así promover una obediencia absoluta. Era, en expresión de Sabine, “un intolerable gobierno de los santos”.

Arde la religión en nuevas guerras, en la segunda mitad del siglo XVI. En Francia hubo ocho guerras religioso-civiles. Durante el reinado de Carlos IX sucedió la atroz “Noche de San Bartolomé” (1572), con la matanza de miles de hugonotes (calvinistas).

Arde la religión durante el siglo XIX . Pío IX (canonizado por Juan Pablo II) por citar uno, es el Papa de las preocupaciones, el Papa “anti” de la Encíclica Quanta cura (Cuantas preocupaciones). Todo lo que le preocupa es condenado: el panteísmo, el racionalismo, el socialismo, el comunismo, las sociedades secretas, las sociedades bíblicas, la libertad de conciencia, la libertad de pensamiento y de opinión, la libertad religiosa… ¿Hay quien dé más? Si, pero únicamente voy a citar a otro Papa, a Pío X, que, en los comienzos del siglo XX, pone en marcha una serie de medidas represivas como destituciones de teólogos de sus cátedras, sanciones contra obispos, juramento de fidelidad ortodoxa impuesto a los sacerdotes, redes de espionaje secretas y 150 obras colocadas en el Índice de libros prohibidos.Arde la religión.

Para muchas personas la religión no significó una identidad espiritual, basada en las bienaventuranzas del amor, la compasión y la justicia, , sino una “identidad asesina” (Amin Maalouf) que instala a los seres humanos en una actitud intolerante, dominadora, abusiva, a veces suicida.

Arde la religión. La visión de muchas personas que se autoproclaman religiosas esta distorsionada: los que pertenecen a mi comunidad ideológica, a mi comunidad de creencias, son “los nuestros”. ¿Y“los otros”? Los que están al otro lado de la frontera, son el enemigo; jamás intentaremos calzarnos en sus zapatos, ni nos preguntaremos por la posibilidad de que no estén completamente equivocados.

Arde la religión, a fuego vivo y a fuego lento, pero siempre fuego destructor de la convivencia y de la humilde búsqueda de la verdad.

Pero es posible, deseable, encender otros fuegos reconfortantes, educativos, “fuegos hogareños. Comienzan a arder desde el momento, como señala Amin Maalouf, en que concebimos nuestra identidad como integrada por muchas pertenencias, unas vinculadas a una historia étnica y otras no, unas vinculadas a una tradición religiosa y otras no. Comienzan a arder desde el momento en el que vemos en nosotros mismos, en nuestros orígenes, en nuestra trayectoria vital, diversos elementos confluyentes, diversas influencias sutiles y hasta contradictorias, Entonces sí que comienza a arder el fuego hogareño en el que todos cabemos y no sólo los de nuestra ”tribu”.

Calo Iglesias. Es autor, entre otras obras, de una Historia das Relixións, en cuatro libros, para los cursos de la ESO

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