Ante la Iglesia: el apaciguamiento, un grave error

Tras empuñar su sable en América y Europa, combatir contra la intolerancia y por la libertad e independencia de los pueblos, Giuseppe Garibaldi siempre tuvo muy claro cómo tratar a la iglesia católica.

Para empezar, nada de apaciguamiento. Cuando este legendario héroe emprendió su lucha, los “Estados Pontificios” ocupaban la parte central de Italia. Años después, el “Estado Vaticano” se reducía a la Plaza y Basílica de San Pedro y calles adyacentes.

Sin duda, el apaciguamiento es una excelente medida cuando impera la buena voluntad. Pero, frente al dogmatismo, resulta ridículo, nocivo y contraproducente. Winston Churchill no se cansó de clamarlo mientras Neville Chamberlain intentaba una “entente cordiale” con Adolf Hitler. Sin embargo, frente a las “infalibilidades”, el fanatismo y la intolerancia tan sólo sirve la firmeza. De lo contrario, los fanáticos se crecen y se lanzan a la yugular intentando subvertir la voluntad popular que emana de las urnas.

Y estamos hablando de una institución, la iglesia católica, que se ha opuesto al pensamiento y al desarrollo. No hay avance (en astronomía, anatomía, geología, biología, psicología…) que la iglesia católica no haya condenado. Roma abominó de la anestesia para mitigar el dolor porque “la Biblia dice parirás con dolor”. Difamaron a Benjamín Franklin, inventor del pararrayos, “¿quién osa entrometerse en los designios de la naturaleza, obra de el Altísimo”? También maldijeron la penicilina, “si cura la sífilis y la gonorrea se acabará el temor de Dios”… Últimamente execran la ley de investigación Biomédica de células madre. Avance inconmensurable que puede erradicar el alzheimer y el parkinson, curar el cáncer en los niños…

Tampoco conviene olvidar que, en España, entre 1939 y 1944, se perpetró el asesinato a sangre fría y alevoso de casi doscientas mil personas. La iglesia romana sustentaba, protegía, apuntalaba y justificaba al régimen que ejecutó este genocidio: el franquismo. Y esto sucedió hace unos sesenta años. Esto, en la historia, es como decir ayer.

Por tanto, seamos realistas… ¿qué podemos esperar de la iglesia de Roma? y, sobre todo, ¿cuál debe ser nuestra actitud frente a ellos?

Las personas que apuesten por la tolerancia, el avance científico, el progreso y la razón, nada pueden esperar de Roma. Frente a la iglesia católica sólo cabe la firmeza y la legalidad. No valen atajos. El apaciguamiento sólo servirá para enardecer a los obispos y que, una vez envalentonados, intenten imponernos sus ideas a la fuerza.

Por ello, somos millones los ciudadanos que comenzamos a clamar por la revisión del Concordato con la “Santa Sede”. Todos los acuerdos, convenios y contratos han de tener plazo de caducidad. Básicamente porque las circunstancias sociales e históricas cambian. El concordato se negoció por miembros de la “asociación nacional de propagandistas católicos” y en tiempos preconstitucionales, muy diferentes a los actuales. Ningún acuerdo ni contrato es inmutable. Y el Concordato no puede ser la excepción.

Otro día será conveniente analizar, de manera más extensa, la viabilidad legal para revisar el Concordato con la “Santa Sede” así como las posibilidades que ofrecería la ley para la saludable expropiación de algunos bienes eclesiásticos que, tras el adecuado justiprecio, cumplirían una amplia labor de servicio público.

Por lo pronto, tras el 9-M, el gobierno deberá revisar ese Concordato así como la peculiar financiación de la iglesia romana. Sin miedo, sin complejos… sin apaciguamientos. La sociedad civil sana, tolerante y sedienta de progreso, demanda estas medidas de elemental justicia.

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