Añoranza del poder

Que la Iglesia ha sido, y pretende seguir siendo, una estructura de poder, de poder político y social, pero, sobre todo, de poder moral, nadie lo puede poner en duda. Una estructura autocrática que permite a quienes ostentan algún grado de magistratura ejercer su autoridad y dominio sobre sus respectivos súbditos. El mando está jerarquizado y se ejerce a diferentes niveles. La Iglesia se asemeja, en su estructura organizativa, a un sistema piramidal, puesto que todo el poder emana de la cabeza, a cuyo titular llaman "Pontifex Maximus", Sumo Pontífice.

El Papa dicta su doctrina a través de las encíclicas y, además, en asuntos dogmáticos, está investido de infalibilidad. Es el único ser humano que, cuando habla "ex cathedra", los jerarcas de la Iglesia han decidido, reunidos en Concilio e inspirados por el Espíritu Santo, que sea infalible y que está en posesión de la verdad.

Desde esta visión del poder y de la verdad se comprende que las altas magistraturas de esta Iglesia autocrática no resistan la tentación de dictar normas morales por las que el conjunto de seres humanos tiene que regir su comportamiento, porque están persuadidos y convencidos de que lo que ellos predican es acorde a la "recta razón" y, sobre todo, a los designios que Dios ha establecido para el conjunto de la humanidad. Se creen infalibles y eso les acredita para sentirse en posesión de la verdad moral, de la verdad científica, de la verdad política, en definitiva, de la Verdad con mayúscula.

Esta concepción impositiva y uniformista de ejercer el poder no se compadece fácilmente con la forma en que cualquier sociedad democrática lo ejerce en la vida civil. Históricamente, la Iglesia ha establecido sin dificultad lazos de simpatía y de connivencia con aquellas formas de autoritarismo político que, desde la vida civil, comulgaban con sus principios absolutos. Más, ambos poderes así ejercidos se han retroalimentado, la Iglesia se ha apoyado en el Estado y éste en la jerarquía eclesiástica. En esta situación, la simbiosis entre Iglesia y Estado es total. Aquella ha cabalgado desbordando su ámbito e invadiendo todos los terrenos de la vida civil y el Estado ha encontrado en esa jerarquía la coartada perfecta para el ejercicio absoluto del poder. Es lo que ocurrió con el nacional-catolicismo proclamado en la dictadura franquista, tan añorado, al parecer, por algunos de la actual cúpula de la Conferencia Episcopal.

El poder ejercido desde esta perspectiva absolutista requiere una sociedad dócil, obediente y sumisa, y unos individuos que, en lugar de ciudadanos libres, intelectual y políticamente, sean súbditos al servicio de la alta magistratura del Estado y de la Iglesia sobre los que puedan imponer aquellos principios políticos y morales que reafirmen su condición de súbditos al servicio del señor, Estado o Iglesia. No debe sorprender, pues, que el poder eclesiástico se sienta muy incómodo cuando el poder civil lo ejerce una representación de la sociedad laica y aconfesional en la que el protagonismo y la autoridad residen en la voluntad libre de los ciudadanos que han superado su condición de súbditos y han adquirido la de ciudadanos que piensan y actúan con libertad, dentro del marco normativo que ellos mismos, a través de sus representantes, libre y democráticamente elegidos, se han dado.

El protagonismo del poder civil para regular las normas por las que se deben regir los ciudadanos en el ejercicio pleno de sus derechos saca de quicio a esa jerarquía porque son conscientes de que, por ese camino, pierden el control sobre la vida, la conducta y la conciencia de los ciudadanos. Esta Iglesia jerárquica, de la que la española es discípula aventajada, que observa que cada vez más adeptos a su causa desertan de su club, se han lanzado, como en tiempos pretéritos, a cumplir la función evangelizadora, declarando el planeta tierra y, dentro de él, a la sociedad española, territorio de misión. Por fortuna, aunque más bien por desgracia, están fuera del tiempo. Se dan cuenta de que, en los recintos eclesiales, hay cada vez menos fieles a los que predicar. Por eso, sienten la necesidad evangelizadora de salir a la palestra pública para anunciar su mensaje al conjunto de ciudadanos para ver si en algunos prende la chispa de la fe y la llamada a seguir su doctrina. Hay que comprenderlos. Su reino no es de este mundo y su mensaje es un mensaje salvífico para la eternidad. Lo inmanente, lo terrenal no tiene valor comparado con el valor de lo trascendente, de lo eterno, a cuyo destino nos quieren benevolente y desinteresadamente conducir.

Es verdad que han estado muy satisfechos cuando han logrado hacer de este mundo su reino, imponiendo y no sólo proponiendo sus dictámenes morales, porque, para ellos, eso es signo de haber cumplido su misión. Tienen añoranza de esa forma de ejercer el poder. Por eso, sienten la necesidad de estar en un proceso de evangelización misionera permanente. Los ciudadanos españoles debemos saber, a tenor de las recomendaciones morales y políticas que han propuesto los jerarcas de la Iglesia española, que estamos en tierra de misión y a eso debemos atenernos. No nos debe sorprender, por tanto, que, de vez en cuando, aquellos que están convencidos de poseer la sabiduría moral nos recuerden los principios dogmáticos sobre los que tenemos que construir nuestro futuro de eterna felicidad.

Como primera providencia, la medida que recomiendan es echar a este Gobierno del poder porque, aunque les ha resuelto la vida terrenal acordando un sistema de financiación permanente sin consultar al conjunto de ciudadanos, y aunque les sigue permitiendo adoctrinar catequéticamente a los niños, incluso en la escuela pública, ejerciendo el control total sobre los profesores de religión, pero sin pagarles, y aunque se les permite tener cátedras de teología y capellanías universitarias y en otros sectores de la sociedad, camina sin rumbo por el sendero de la laicidad que, a su juicio, es la causante del deterioro moral, del relativismo moral, de la "disolución de la democracia" y de "la transgresión de los derechos humanos" y de todos los males del apocalipsis. Un Estado laico vulnera y transgrede, a su juicio, los principios morales más básicos, y contradice lo que ellos llaman la recta razón, cuyo significado creen que es de su exclusivo patrimonio. Es verdad que los designios de Dios son inescrutables, por eso decía el existencialista cristiano Kierkegaard, "credo quia absurdum", creo porque es absurdo.

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