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Algunas reflexiones sobre ciencia, laicismo y educación · por Carlos Pérez

No sé mucho sobre Laicismo, la verdad. Pero, para apoyar el Laicismo como uno de los pilares fundamentales de un sistema público, creo que me bastaría con el recuerdo de la conmoción intelectual que padecí a causa de mi primaria educación religiosa. Me basta observar comportamientos y opiniones condicionados por la superstición grabada a fuego en mentes infantiles. Adultos psicológicamente abusados, cuando niños u otros momentos vulnerables, no superan temores e improntas tóxicas heredadas. Determinan propuestas, debates y políticas. Incapaces de mirar a la vida de frente y con calma. Con miedo a aceptar certezas comprobadas y respuestas aún por descubrir.

A los quince años se desmoronó definitivamente el castillo de naipes que la religión había construido en mi cabeza. Quedé desconectado de compañeros de colegio con los que había compartido ceremonias, ritos y emociones; todos dirigidos a intentar controlar nuestras mentes. Me liberé de vivencias absurdas y continué escribiendo el día a día con un idioma nuevo. 

Fue también un reto maravilloso. Un mundo por descubrir. Mi conciencia exclusivamente ligada a razón y conocimiento. Rechazar argumentarios de secta o verborreas anestesiantes. Comprender que no puede haber respuestas correctas a preguntas absurdas. Buscar “el cómo y el por qué”. Prescindir de fe alguna.

Con el tiempo, fui identificando errores y engaños en los que se nos hacía caer durante la escolarización. Alma, fe, perfección, separación entre hombre y animales, transcendencia después de la muerte, existencia de un ser supremo que dirige el universo,… invenciones nacidas en tiempos ancestrales, y heredadas “culturalmente”, componiendo un relato sin pies ni cabeza.

Elegí la formación en Ciencias Biológicas. Fui otro “niño de Félix”, apasionado del significado de la Biología. Aposté por el compromiso con la protección del medioambiente hasta hoy. La “ciencia de la vida”, ¿qué puede ser más relevante?

Casi todas las personas han estudiado Biología a uno u otro nivel,…y lo desconocen. ¿Qué otra cosa son el Derecho, la Filosofía, la Fontanería, la Ingeniería de Caminos o la Filología, por ejemplo, sino expresiones “culturales” producidas por el Homo sapiens?

                “El hombre es un animal, y nada más que un animal”, “la Evolución no es una teoría sino un hecho científico”, “las teorías en discusión sobre el hecho evolutivo, son hipótesis sobre los mecanismos que lo configuran”, “la Evolución no es finalista, no existe ningún modelo de perfección al que se intenta llegar”, “la especie Homo sapiens se caracteriza por explotar, aunque no en exclusiva, el recurso de la cultura”, “la cultura, como herramienta biológica, cuyos fundamentos compartimos claramente con primates superiores, supone la incorporación de información sin necesidad de descubrimiento por experimentación propia; se nos transmite por otros individuos, no es necesario que cada generación invente de nuevo la rueda”… (cito de memoria a mi profesor de Antropología, Dr. Arturo Valls).

La cultura es herramienta. Con ella podemos transmitir conocimiento, arte, inspiración, pero también superstición, bulos, prácticas de tortura de animales o cualquier otra cosa. Apoyarnos en el conocimiento científico, nos reconcilia con nuestra condición animal. Nos pone “los pies en la Tierra” y nos protege contra el riesgo de entregar nuestras vidas a charlatanerías y hechicerías varias. Poner en primera línea el conocimiento científico, habría facilitado evitar el grave problema civilizatorio que vamos a vivir por haber alterado las condiciones ambientales que nos hacen habitable el planeta. Nos habría alertado a tiempo sobre opciones suicidas. Nos podría haber prevenido contra la confusión interesada de “negocios” con “economía”.

Un “Economista” sin formación en “Ecología”, que no la incorpore a sus análisis, no puede pasar de ser un contable perdido en una realidad que le desborda. “Economía sostenible” es una redundancia. Si no es sostenible, no es economía sino juego de negocios y consumo caótico camino del colapso.

Aceptar el método científico; sus descubrimientos, refutaciones, conclusiones erróneas y rectificaciones; como la fuente fiable de avance en la comprensión de nuestra realidad, nos ahorraría una enorme cantidad de energía desperdiciada en discutir una y otra vez lo obvio. Una sociedad formada en los valores y métodos de la ciencia, regulada en sus investigaciones y aplicaciones en áreas sensibles por una Ética, debatida y aceptada muy mayoritariamente, no dudaría sobre la conveniencia de la laicidad en la educación. Las Religiones nos sumergen en universos mágicos de explicaciones míticas incomprobables. Las evidencias se descartan, a conveniencia, sustituyéndolas por mantras inverosímiles. El valor probatorio o experimental no se considera imprescindible, mientras que el dogma se impone como irrefutable. Imprimir mentes infantiles y vulnerables en la dependencia de una superstición, es una perversión orientada a conseguir adicción. Al final, técnica para controlar seres humanos.

La formación religiosa nos imprime valores cuestionables, mejores y peores. Puede ser útil para conformar grupos humanos temporalmente estables, aunque entonces tendrían características muy poco sensatas. En mi opinión, tiene muchos efectos nocivos. Nos prepara para aceptar en nuestras vidas caridad en lugar de justicia, sometimiento en lugar de dignidad, culpa y perdón en lugar de ley y responsabilidad, fe en lugar de raciocinio y pensamiento crítico, hipocresía social en lugar de cultivar coherencia y comportamiento ciudadano.

Un Estado al servicio de los ciudadanos debe intentar proveernos de salud, justicia, marco legal de condiciones laborales dignas, protección ante la vulnerabilidad y, sobre todo, Educación. Educar ciudadanos en laicismo y conocimiento científico básico, nos daría herramientas para construir una sociedad más segura, más solidaria, más inteligente y adaptada, competente para comprender el devenir de la Historia Natural.

A día de hoy se escucha en los medios decir a periodistas consagrados que “gracias a la pandemia hemos descubierto la importancia de la Ciencia”…. asombroso. Terminar la etapa educativa infantil/adolescente sin haber comprendido los fundamentos del conocimiento científico, es un riesgo personal y social enorme.

La forma más fiable que hemos encontrado hasta ahora para avanzar en el conocimiento de nosotros mismos y nuestro entorno es el “método científico”. Esquemáticamente consiste en: formular preguntas, observar la realidad, construir hipótesis, diseñar experimentos que puedan confirmar o refutar la hipótesis, llevar a cabo los experimentos, analizar y obtener las conclusiones que se derivan de ellos y asumir las implicaciones sobre la aceptación o el rechazo de la hipótesis formulada. Todo ello sometido al control ético en los campos que lo requieren.

Este método está sujeto siempre al respeto a los principios de “refutabilidad” (someter la hipótesis a experimentos que la puedan cuestionar) y “reproducibilidad” (posibilidad de que otros científicos puedan repetir el proceso de experimentación para comprobar resultados).

Los informes o trabajos generados deben ser “revisados por pares” (científicos de nivel y expertos en el campo estudiado, deben revisar el trabajo, asegurando o rechazando la calidad científica del mismo antes de ser publicado).

El “consenso científico”, o sea las conclusiones aceptadas en general por la comunidad científica (siempre hay expertos que pueden disentir), se mantiene sólo hasta que otra nueva hipótesis investigada derriba la anterior, encontrando una mejor explicación. Así se avanza en conocimiento; investigando y cuestionando con método; no repitiendo letanías, citando pasajes de escritos refritos de sectas, o consultando el tarot.

Nuestra realidad más inmediata es la inmersión en la Biosfera, que tiene algunas características:

La cantidad de recursos naturales del planeta es finita. Su disponibilidad está tasada para ritmos de consumo y reposición máximos. Esta disponibilidad disminuye, incluso de forma irreversible, con la contaminación y la sobrepoblación.

Todas las especies que poblamos la Biosfera somos interdependientes, formamos parte de una cadena en equilibrio inestable. De forma más o menos indirecta, toda especie es conformada por las demás y toda especie contribuye, en alguna medida, a conformar a las otras.

La Biodiversidad es el “escudo amortiguador”, que mantiene el equilibrio inestable que nos ha permitido subsistir de forma viable como especie. Cada especie que extinguimos; por el impacto de nuestra sobrepoblación, la ocupación de espacio y consumo desbocados; nos aproxima al riesgo de “cambio de paradigma”. Si cambian las reglas, nadie conoce las consecuencias sobre nuestra propia viabilidad, nuestra organización social y política, y nuestra civilización.

Átomos organizados en moléculas y células, que durante un tiempo coexistieron como estructura viva con identidad conjunta, llegado el momento, se disgregan y vuelven a formar parte de los intercambios que se producen en la Biosfera. Es lo que hay.

En nuestras democracias “liberales”, se reconoce el derecho a la libertad de conciencia, y así debe ser. Pero dudo mucho que hoy, tras haber estudiado Matemáticas, Geología, Física, Historia, Filosofía, Biología, Lengua y demás asignaturas comprensibles, alguien sienta la necesidad de incluir a unos personajes mágicos, con intermediarios terrícolas, para completar el puzle. Planteamientos de este tipo suelen provenir de una herencia cultural forzada y mantenida contra cualquier grado de sensatez.

Si nos imprimen de niños la creencia como valor positivo, so pena de padecer infelicidad y condenación, un porcentaje importante quedaremos condicionados y limitados como adultos. A nuestro comportamiento manipulado, y nuestra sensación de culpa si nos desviamos del condicionamiento, lo llamaremos “libertad”. La libertad de conciencia sería posible si no se sufre manipulación durante la formación en la escuela. Sólo así podríamos “ser y decidir en libertad” si, como adultos, prefiriéramos incorporar explicaciones irracionales a nuestra identidad.

Cada cerebro es un juego único y complejo de reacciones electro-bioquímicas. Interacciones y alteraciones, dan cabida a casi cualquier cosa. Nos pueden enseñar a temer la incertidumbre, siendo el estado lógico frente a lo que aún desconocemos. “Creer” es el atajo que nos desvía hacia “realidades alternativas”, nos conduce a la dependencia autoimpuesta, nos puede hacer llegar a conclusiones aberrantes y aceptarlas como bálsamo calmante.

Si nos educan en libertad, sin condicionamientos disfrazados de bondad y salvación, pero decidimos que necesitamos magias y liturgias, pues vivamos así la vida. Debiéramos evitar, en cualquier caso, el lavado de cerebro de los niños; dejarles construir sus futuros con inteligencia, responsabilidad y libertad.

Educación Laica, Conocimiento Científico y Ética,… intentemos protegernos del disparate.

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