Algo seguirán haciendo. Iglesia y dictadura en Argentina

La iglesia católica cuenta con un pasado institucional marcado por la lucha contra lo diferente. Enmarcados en diferentes tiempos, esta constaste, no fue ajena en la argentina. En 1976 tuvo su apogeo.

Desde los inicios de la organización militar en el país se conto con la colaboración especial de sacerdotes de la iglesia católica. Su función básicamente era la “asistencia espiritual” de los soldados, sobretodo en épocas de combate. En 1905 a través de las leyes 4.031 y 4.707 se institucionalizo al cuerpo del ejército argentino dándole una forma más estable y organizada. Se dispuso de un organismo estable de clérigos como personal permanente de la institución.
En 1957, a través del gobierno de Aramburu y la santa sede, se creó el Obispado Castrense para las fuerzas armadas. Es decir, se creó una sede eclesiástica específica del ejército, en la cual los capellanes actuaban como párrocos y recibían (y siguen recibiendo) una remuneración a cambio como empleados públicos del estado. Esta iniciativa influyo para que la brecha existente entre la clase militar y el resto de la sociedad se profundizara, en vez de fomentar la unidad y reciprocidad entre ambos, se aposto a un “disiplinamiento espiritual especial” para el sector militar.  Por otro lado, esta medida empezó a generar una doctrina religiosa condicionada a los objetivos y a la mentalidad de las fuerzas armadas.
Durante el régimen militar de Ongania es elegido como vicario (máxima autoridad  del Obispado Castrense) el monseñor Adolfo Tortolo. A diferencia de sus antecesores, el nuevo Vicario mantuvo una relación de confianza con los altos mandos; Videla se confesaba casi a diario con él.

“La Iglesia Católica argentina fue líder y referente indiscutible del discurso antisubversivo y dictatorial de los militares argentinos en las décadas del 60 y 70 (..) Los jefes del Ejército salieron directamente del obispado castrense para derrocar al gobierno", afirma el escritor argentino Horacio Verbitsky en su libro "Vigilias de Sangre". La Iglesia argentina no solo legitimó la dictadura, sino que formo parte de su organización. En 1975 monseñor Tortolo advertía que se avecinaba “un proceso de purificación “que restauraría “el espíritu nacional””. Las promesas de orden y “disiplinamiento social” por parte de los militares eran acordes a las ideas de purificación de la iglesia.
En la noche del 23 de marzo de 1976, es decir, unas horas antes del  golpe, se reunió el vicario Adolfo Tortolo con Videla y el almirante Emilio Massera en la sede del Episcopado. Cuando Tortolo salió de la entrevista, dio ante los periodistas muestras de conocer el cambio que se avecinaba. Declaró “si bien la Iglesia tiene una misión específica hay circunstancias en las cuales no puede dejar de participar, aun cuando se trate de problemas que hacen al orden específico del Estado. Debemos cooperar positivamente con el nuevo gobierno”.
Y así lo hicieron. Si la Iglesia argentina hubiera señalando los crímenes cometidos el desenlace hubiera sido diferente. Ya que la jerarquía católica, más que ningún grupo, ejerció una influencia decisiva sobre el régimen militar que pretendía fundamentar su acción en la defensa de los valores cristianos.

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