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Alejandro Gaviria y el respeto a las creencias religiosas

Cuando Alejandro Gaviria Uribeanunció su candidatura a la Presidencia de Colombia pensé que era una decisión valiente y un poco descabellada: los viudos de poder a ‘izquierda’ y derecha le harían la vida a cuadritos (a él, a su familia y a sus amigos más cercanos), tergiversarían sus logros, magnificarían sus desaciertos y le inventarían todo tipo de exabruptos, con tal de que la gente no votara por él. Inmediatamente después supuse que como Gaviria es ateo, la extrema derecha estaría enfilando baterías con toda la estigmatización y el odio a los no creyentes, y empecé a prepararme mentalmente para responder (de mala hostia) a las cadenas de WhatsApp que imaginé empezarían a pulular en los grupos de las familias advirtiendo sobre los presuntos males del laicismo y lo gravísimo que es “sacar a dios del gobierno y las escuelas”, o disparates similares.

Ohh, ingenuo de mí — quien se estrenó con la ateofobia y la estigmatización a los ateos fue el caudillo Gustavo Petro, en un discurso que dio en Barranquilla para forjar alianza con la n-ésima secta que quiere llegar al poder para que las leyes de todos se ajusten a su particular interpretación de su libro sagrado.

Sin embargo, la mayor sorpresa vino por parte del propio Gaviria quien a los pocos días publicó un video en sus redes sobre su respeto a todas las creencias religiosas y… bueno, vean ustedes mismos:

Vaya, qué video tan frustrante. Gaviria tenía la posibilidad de no decir nada de fondo, de esquivar la pregunta con lugares comunes, y en vez de eso aprovechó para comprometerse con mantener el privilegio religioso y la discriminación.

En el video, Gaviria no desperdicia la oportunidad de decir que él respeta todas las creencias religiosas, lo que ya es una escurrida de bulto tremenda, porque las creencias no son susceptibles de ser respetadas — el respeto es para las personas, no para las ideas; y las creencias religiosas son, en últimas, colecciones de ideas.

Quien salió con el despropósito de “respetar las creencias” fueron los líderes religiosos cuando sus llamados a la censura de herejes y el castigo a los pecadores les empezaron a ganar ceños fruncidos, pero es la misma cosa: la pretensión de que lo que ellos consideran sagrado debe ser respetado de palabra y obra por quienes no compartimos dicha consideración. Y ahora Gaviria salió a decir que él está de acuerdo. Brillante candidato ateo, pues.

Antes de lanzarse a la carrera presidencial, Gaviria era rector de la Universidad de Los Andes, y mi impresión es que lo hizo de maravilla. Todos mis amigos uniandinos parecen compartir esta opinión. Y Gaviria no habría podido hacer eso si hubiera ejercido el cargo respetando las creencias, asumiendo que la creencia en la hipótesis de los cuatro humores era merecedora de respeto, aún cuando el conocimiento médico nos permite concluir que es demostrablemente falsa. ¿Y qué habría hecho Gaviria si un estudiante de Ingeniería presenta una queja sobre cómo su profesor le faltó al respeto a su creencia de que las Torres Gemelas fueron derribadas mediante una explosión controlada con el uso de termita? La base de una sociedad del conocimiento —como una universidad o algún país del primer mundo— es la búsqueda continua de las respuestas más acertadas, y para hallarlas hay que descartar las equivocadas, y eso implica someterlas a crítica, análisis, burlas y cuestionamientos, independientemente de que alguien más haya decidido atarse emocionalmente a ellas. ¿Qué pasó entre el Gaviria rector, que parecía entender esto, y el Gaviria candidato, que lo rechaza en el primer mes de candidatura?

Mal que nos pese, la cosa no quedó ahí. Gaviria redobló la apuesta al afirmar que para él las “necesidades espirituales” (?) son tan importantes que incluso estuvo de acuerdo en reabrir los lugares de culto durante la pandemia del Covid-19 meses antes de que llegaran las vacunas. Perdón, pero ¿quién es este Alejandro Gaviria y dónde está el exministro de Salud que luchó por la ciudadanía?

Quizá esta sea la peor postura de todo el video, porque si no está bien que el Estado trate peor a las personas por lo que creen o no, tampoco está bien que les dé un trato privilegiado por exactamente la misma razón. Además, aquello de eximir de la ley a grupos de personas según lo que pasa por sus cabezas es un penoso travestismo jurídico, pues la ley es de carácter general y nos tiene que cobijar a todos por igual, creyentes, ateos, agnósticos, y los que creen en semidioses. Para rematar, el Covid-19 en 2020 era un estado de emergencia de salud (¡la cartera de Gaviria duranta la administación Santos!), en el que el encierro no sólo protegía a quienes nos quedábamos en casa, sino que además evitaba que nos contagiáramos los unos a los otros. Ojalá alguien tuviera la amabilidad de explicarme cómo es que tener “necesidades espirituales” es patente de corso para poner en peligro a otras personas en medio de una pandemia global.

Luego, Gaviria comenta que cuando tuvo cáncer, algunos creyentes se acercaban a darle amuletos que él conserva hasta el día de hoy como muestras de afecto, y concluye que “no existe ningún conflicto entre nuestras creencias“. Pero esto no tiene sentido: si no existe conflicto entre sus creencias y las de los creyentes, ¿por qué conserva los amuletos como muestras de afecto y no como amuletos? ¿Por qué recurrió a la medicina para tratar el cáncer, si no había conflicto entre sus creencias y las de quienes le ofrecieron objetos a los que les atribuían poderes mágicos de sanación?

Antes de concluir, Gaviria advierte que se “inquieta cuando alguien se sirve de la religión para odiar, pues en el fondo de las grandes enseñanzas religiosas hay una invitación al amor, al perdón a la compasión, a la reconciliación”. Podemos debatir toda la vida sobre si la religión es buena o si, por el contrario, lo envenena todo (un caso más que perfectamente documentado), pero lo que realmente jode de esta parte es el doble rasero: si alguien hace algo bueno por su creencia, entonces el crédito de la armonía humana es de la religión, pero si alguien hace algo malo en nombre de sus creencias, entonces es que “se sirvió de la religión para odiar”. No, no, no. Qué pena, pero es la religiónTorquemada no ‘se sirvió de la religión’ para quemar a los ‘brujas’ y herejes, el Papa Urbano V no ‘se sirvió de la religión’ para condenar a GalileoClemente VIII no ‘se sirvió de la religión’ para mandar a Giordano Bruno a la hoguera, los creyentes que se oponen al matrimonio gay no ‘se sirven de la religión’ para odiar sino que odian por instrucción directa de su dios, Juan Calvino no ‘se sirvió de la religión’ para quemar a Miguel Servet; el motivo por el que los judíos han sido estigmatizados durante más de 2000 años por el supuesto delito de haber asesinado al protagonista principal del cristianismo es debido a la religión y no porque casualmente la gente ‘se ha servido de la religión’ durante dos milenios para perpetuar el antisemitismo. Y el motivo por el que 19 personas secuestraron cuatro aviones el 11 de septiembre de 2001 fue por la instrucción religiosa que se imparte en los países islámicos.

Durante siglos se han impreso miles de millones de libros que contienen versos que ordenan matar a idólatras, adúlteros, homosexuales, y no creyentes. Se le enseña a los niños que estos libros son sagrados y luego se cruzan los dedos con la esperanza de que ellos no vayan a tomar en serio esos versos, y entonces cuando alguno lee ese libro con una mirada fresca y decide que, después de todo, sí debe tomarse literalmente, tienen la osadía de decir que ‘se sirvió de la religión para odiar’. Sinceramente, nunca pensé que Alejandro Gaviria terminaría haciendo parte de este grupo de personas — ojalá recapacite.

A pesar de esta escaramuza, mi intención sigue siendo votar por Gaviria, pues que tenga mis —muy serias— diferencias con él no hacen que deje de ser, de lejos, la mejor opción. Para compartir y hacerle llegar estas reflexiones al candidato Alejandro Gaviria, hagan click aquí.

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