Alcaldesa (PSOE) y autoridades civiles y policiales en la misa y procesión del voto de Almonte a la virgen del Rocío

Almonte cumplió con su ritual, con sus raíces más decimonónicas. Así escribió la Hermandad Matriz de Almonte un nuevo capítulo devocional del Rocío Chico, un voto de gracia cuya onomástica tiene sus orígenes en la madrugada del 18 al 19 de agosto de 1810, en la que los ciudadanos se resguardaron en la ermita para implorar que no fuesen represaliados a manos del ejercito francés.

Ahí reside la grandeza del Rocío; esa fidelidad a las tradiciones que son leyes inexpugnables cuando concierne a la Blanca Paloma, notaria de más de siete siglos recibiendo el sentir devocional y los parabienes de los feligreses de municipio condal. No es de extraño que con estos mimbres haya construido un acto que representa el acontecimiento más importante de cualquier rociero tras la romería de Pentecostés.

Tras el triduo preparatorio y el santo rosario por las calles de la aldea el pasado jueves, la misa votiva cerró ayer los cultos que conmemoran esta efeméride reconocida por la iglesia y los poderes públicos en 1813. Instituciones que ayer se encontraban representadas en la figura del presidente de la Hermandad Matriz, Juan Ignacio Reales; el delegado de la Junta de Andalucía en Huelva, Francisco José Romero; el coronel jefe de la Comandancia de Huelva, Ezequiel Romero; la alcaldesa, Rocío Espinosa; la inspectora jefe de la Policía Local, Paqui Borrero; y el hermano mayor de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima del Rocío Coronada de Málaga, Juan José Lupiáñez.

Durante su homilía el obispo trazó paralelismos entre María y Ester, figura de la biblia hebrea y profetisa en el Antiguo Testamento cristiano. La Reina de Persia fue capaz de contener el exterminio que se cernía sobre el pueblo judío, mientras que María hizo lo propio en tierras marismeñas con «idéntica determinación, pero sin el pecado original que le llevó a Dios a elegirla como madre de su hijo».

Vilaplana también conminó a los cristianos a no incurrir en «uno de los grandes males de nuestro tiempo: la indiferencia». Una pecado que, como dijo Teresa de Calcuta, tiene su caldo de cultivo en el egocentrismo que «mina nuestra capacidad como sociedad y como familia para actuar de manera solidaria». El obispo detalló que, para contribuir con el prójimo, hemos de ser humildes y no caer en el desaliento de no ser capaces de ayudar cuanto deseásemos. Sin embargo, puntualizó, «todos podemos contribuir a mitigar el dolor ajeno o hacer la carga más llevadera consolando al que sufre o escuchando al enfermo».

Tras la eucaristía, perfectamente acompañada por la Coral de Santa María de la Rábida, comenzaría la procesión. El obispo cedió el báculo pastoral para portar en sus manos la custodia donde se encontraba el Santísimo, que durante estos últimos días presidió el altar mayor. Encabezando la procesión el clero seguido de la comitiva de la Hermandad Matriz y los integrantes del Ayuntamiento. Precedían la custodia bajo palio portada por José Vilaplana. Junto a él, un centenar de fieles secundando este acto de alegría y recogimiento, cantando plegarias que también resonaban por los altavoces exteriores del santuario marismeño. En a penas veinte minutos la comitiva completó el breve itinerario que trascurre bordeando todo el perímetro del templo y la Plaza de la Coronación. Finalizada la procesión, la Virgen del Rocío volvió a recibir un sinfín de vivas que pusieron fin al colofón a una efemérides que volvió a escenificar el amor que le profesa un pueblo a su Patrona.

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