Al hilo de estos días tan vergonzosos Carta abierta a los obispos

Han pasado casi cinco siglos, eminencias, desde que un jovencito, confeso de homosexualidad, murió en Barcelona en cumplimiento de la sentencia del obispo de la ciudad que le condenó a ser colgado ejemplarmente con los testículos cortados hasta el desangramiento. Y, aunque es cierto que ahora ustedes no utilizan estas formas tan directas, aún lo es más que, si las han dejado de lado no es precisamente a causa de la caridad cristiana, sino más bien porque la sociedad civil secularizada ya es lo bastante fuerte como para impedírselo.

Por otra parte, de forma más o menos directa, es evidente que están armando ideológicamente a los grupos neonazis que agreden, dan palizas y aterrorizan a los jóvenes gays y lesbianas. Qué práctico resulta que otros les hagan el trabajo sucio, ¿verdad?. Ustedes sabrán en qué campo se han metido, eminencias, porque, por más grande que sea su ceguera, por fuerza han de darse cuenta de que, ante la macroexhibición de crueldad y dogmatismo prevista para hoy, será difícil, para cualquier persona de buena voluntad, identificarse como católico practicante ante nosotros, padres y madres de gays y lesbianas, sin que se les caiga la cara de vergüenza.

Deberían saber, eminencias, que los chicos y chicas gays y lesbianas no lo son por vicio, ni siquiera por voluntad propia –lo cual ya les exime de entrada de cualquier connotación moral negativa- y que sufren una discriminación brutal que les lleva, con demasiada frecuencia, a ser víctimas de agresiones y a interiorizar una voluntad autodestructiva. Deberían saber, también, que la soledad más terrible se añade a la discriminación, ya que, en este sector de la juventud, a diferencia de otros que también son marginados (negros, gitanos, pobres…), no pueden compartirlo con sus padres, porque éstos no son como ellos y no han sufrido lo que ellos sufren, ni se dan cuenta del sufrimiento de sus hijos hasta que ya han pasado todo un calvario de soledad, miedo, incertidumbre, desesperanza y falta de referentes.

Puestos a saber, también deberían saber que el 35% de los suicidios juveniles y el 40% de las desapariciones se producen a causa de estos hechos dolorosísimos, y deberían saber alguna cosa de la sensación de desamor, de horizonte de mofa pública y de rechazo, de inseguridad, de terror, de autonegación y de incomprensión en que se encuentra este 10% (la cifra es de la OMS) de la población. Pero es evidente que a sus eminencias todo lo humano les es ajeno.

También estaría bien que pensaran en nosotros, padres y madres de estos chicos y chicas, que fuimos educados en su religión y que confiábamos –ingenuos de nosotros- en cosas como el amor cristiano y la infinita misericordia de Dios; en nosotros que, militantes como éramos de este cristianismo de amor y comprensión, procurábamos practicarlo tal como lo entendíamos. No hemos perdido nada, hay que decirlo, porque ahora tenemos bastante cultura cristiana para recordarles que en ninguno de los cuatro evangelios canónicos hay la más pequeña condena de la homosexualidad y que, por lo tanto, lo que ustedes están haciendo ahora tendrá su razón política, pero en ningún caso está fundamentado en el Nuevo Testamento.

Pero no se preocupen, eminencias, la gran mayoría de nosotros no les molestaremos más, por lo menos dentro de su institución. Conocedores de primera mano como somos de la problemática de los homosexuales, no podemos, honestamente, compartir con ustedes tanta manipulación, tanto dogmatismo, tanta intolerancia y, sobre todo, tanta crueldad. Si hay un Dios bueno, eminencias, dentro de su iglesia es imposible que haya salvación: así que ya se las arreglarán. Eso sí: queremos dejar claro que nuestros hijos e hijas son infinitamente superiores moralmente a ustedes; por descontado, ellos nunca se reafirman aplastando a otras personas.

María Teresa García Fochs Catedrática de Filosofía Miembro de la Asociación de Padres y Madres de Gays y Lesbianas

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