Adoctrinamiento o pederastia mental

En estos momentos parece que al menos una parte de la sociedad empieza a concienciarse de que la religión, tanto la católica como cualquier otra, debe desaparecer de las aulas, donde se imparten “conocimientos”, mientras lo que las religiones inculcan no son conocimientos sino “adoctrinamiento”, es decir, lo más contrario al conocimiento, pues, mientras los “conocimientos” requieren de un procedimiento de verificación o de contrastación basado en el principio de contradicción y en la Lógica en general en el caso de las ciencias puras, o basado en la experiencia en el caso de los conocimientos empíricos, el “adoctrinamiento” se basa simplemente en la supuesta autoridad de quienes defienden las doctrinas o dogmas correspondientes, a pesar de que en ocasiones pretendan justificarlas con algún razonamiento falso o endeble que, en cualquier caso, será insuficiente, ya que, si no lo fuera, no tendría sentido pedir la fe en la doctrina correspondiente, pues de lo que hay conocimiento no tiene sentido pedir fe.

Por otra parte, la jerarquía católica, consciente de la situación en que se encuentra, intenta recuperar el terreno perdido en la sociedad actual mediante críticas y descalificaciones de las leyes de aquellos gobiernos que defienden puntos de vista contrarios a sus intereses y que promueven una educación que, al estilo socrático, se proponga ayudar a que el alumno descubra la verdad –o la falsedad- desde su propia racionalidad y desde su capacidad crítica, de forma que ésta se aplique rigurosamente al descubrimiento de auténticos conocimientos, y, en definitiva, a diferenciar entre lo que es conocimiento, lo que es un dogma irracional o lo que es una creencia espontánea, pero sin base científica.

Desde luego es injustificable y “particularmente miserable”, como dice B. Russell, que se consienta la manipulación de la infancia y de la juventud para adoctrinarlas en cualquier tipo de creencias, como las que conforman las diversas religiones, y, por ello, el adoctrinamiento debería desaparecer de las aulas y de las mismas iglesias en cuanto en ellas se adoctrine a niños y a adolescentes con una capacidad crítica inmadura, pues tal adoctrinamiento no es otra cosa que pederastia mental, por lo que los dirigentes religiosos deberían limitarse a exponer o a discutir sus doctrinas con personas intelectualmente ya formadas en lugar de tratar de imponerlas con procedimientos de sugestión martilleante acompañados de amenazas relacionadas con castigos eternos como el del “Infierno”, tan absurdo y contradictorio con la supuesta bondad y misericordia del dios cristiano, de las que de modo incoherente dicen que son infinitas.

Por ello mismo, de acuerdo con el artículo 20.4 de la Constitución Española (1), el Estado debería establecer mecanismos para proteger la formación de la infancia a fin de evitar que las mentes de niños y jóvenes sean profanadas y dañadas por el adoctrinamiento religioso o el de cualquier otro tipo. Y, por ello mismo, en cuanto ese artículo no parece fácilmente compatible con el 27.3, que dice: “los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”, este último debería modificarse en cuanto los padres no son propietarios de los hijos como si éstos fueran simples cosas, y, en consecuencia, no tienen un derecho absoluto (2) sobre sus mentes hasta el punto de adoctrinarles o de autorizar a que otros lo hagan por ellos, teniendo en cuenta además que en la mayor parte de las religiones existen doctrinas o normas que se encuentran en contradicción con diversos principios propios de un estado democrático (3). De hecho, en un asunto como el de las transfusiones de sangre a pacientes menores de edad cuyos padres son “Testigos de Jehová” y, por ello, contrarios a dichas transfusiones, la legislación española prevalece sobre los derechos de los padres por lo que se refiere a esa doctrina religiosa defendiendo la vida del niño por encima de la voluntad y de las creencias de los padres. En esta misma línea, debería haber al menos una ley por la que se eliminasen de la llamada “formación religiosa” aquellos contenidos cuyo carácter contradictorio  o absurdo o contrario a los derechos humanos fuera demostrado.

Tengamos en cuenta además que el “adoctrinamiento religioso” en el caso de la religión católica incluiría, al menos en teoría, toda una serie de doctrinas absurdas, como la defensa de la esclavitud, doctrina defendida a lo largo de todo el Antiguo Testamento y por Pablo de Tarso en el nuevo, la defensa de que “toda maldad es poca junto a la de la mujer” (Eclesiástico, 25:19.), la de que por culpa de la mujer morimos todos (Eclesiástico, 25:24), o la doctrina según la cual el varón puede comprar a su mujer -o a sus mujeres- al padre de ella o de ellas –tal como hizo Jacob, comprando a Lía y a Rebeca- o que el varón, cuando su mujer o sus mujeres dejen de gustarle, tiene el derecho de repudiarla/as sin compensación de nin-guna clase, es decir, el derecho de echarlas de casa (4) -a pesar de que en estos momentos, yendo contra sus propias leyes, de origen supuestamente divino, la Iglesia Católica se oponga al divorcio-, o que, tomando ejemplo de Yahvé, de vez en cuando sus miembros se dediquen a saquear pueblos y a asesinar a todos sus habitantes, mujeres, ancianos y niños incluidos, sin exceptuar a nadie (5), como hicieron los israelitas para apoderarse de la “tierra prometida” de acuerdo con las supuestas órdenes de su dios, tierras que supuestamente éste les había concedido como consecuencia de su “alianza” con Abraham. Las doctrinas mencionadas han sido afirmadas o defendidas en la Biblia como palabra de Dios. Por ello, aun siendo conscientes de que en general los padres buscan lo mejor para sus hijos, ¿qué clase de derecho sería el que permitiera a un padre adoctrinar o a hacer adoctrinar a su hijo en una religión que fuera partidaria de barbaridades como las mencionadas? Y, si los padres siguieran las leyes de las sectas cristianas –que a su vez deberían seguir las supuestas leyes divinas establecidas en el Antiguo Testamento– y las autoridades políticas aceptasen dichas leyes, en tal caso y siendo consecuentes con ellas deberían asumir igualmente que en ocasiones ¡los padres sacasen a sus hijos a la puerta de su casa para ser apedreados hasta la muerte! por haber sido desobedientes y especialmente rebeldes, tal como se ordena en el siguiente pasaje bíblico:

“Si alguno tuviere un hijo contumaz y rebelde, que no obedeciere a la voz de su padre ni a la voz de su madre, y habiéndole castigado, no les obedeciere; entonces lo tomarán su padre y su madre, y lo sacarán ante los ancianos de su ciudad, y a la puerta del lugar donde viva; y dirán a los ancianos de la ciudad: Este nuestro hijo es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz; es glotón y borracho. Entonces todos los hombres de su ciudad lo apedrearán, y morirá; así quitarás el mal de en medio de ti, y todo Israel oirá, y temerá” Deuteronomio, 21:18-21

¿Deberían consentir las autoridades políticas que los padres aplicasen a sus hijos estas “sagradas órdenes” de la religión de Israel y de la secta cristiana o de cualquier otra religión?

Parece lógico que del mismo modo que en estos momentos las autoridades políticas condenan a los padres que “por motivos religiosos” aplican a sus hijas la ablación del clítoris y del mismo modo que se prohíbe hacer apología y adoctrinamiento de ideologías racistas, neonazis y terroristas en general, igualmente deberían intervenir oponiéndose al conjunto de las diversas doctrinas religiosas que atentasen contra los derechos humanos, contra los derechos de la infancia y de la juventud y contra cualquier principio de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre –al margen de que éstos sean susceptibles de una mejora progresiva desde el punto de vista de su contenido teórico-. Y, aunque los dirigentes católicos podrían replicar a los ejemplos aquí expuestos que la iglesia católica ha evolucionado y ya no defiende la esclavitud ni la pena de muerte “para los hijos rebeldes”, etc., y parece haber olvidado aquellas “leyes divinas” por las que se regían, no han negado explícitamente su valor, siguen sin reconocer el valor de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y proclaman que  “todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento […] tienen a Dios como autor” (Catecismo de la Iglesia Católica) por lo que el supuesto dios católico sería el autor de esas mismas doctrinas y leyes que deberían estar –según ellos- por encima de cualquier ley simplemente humana, al margen de que tales dirigentes exigiesen su aplicación cuando se sintieran suficientemente fuertes para conseguir sus “divinos objetivos”.

Hay que tener en cuenta además que la religión católica ha defendido varias de las doctrinas indicadas, hasta el punto de que, de hecho, sigue defendiendo la inferioridad de la mujer, y el mismo estado del Vaticano, sede central de la secta católica, funciona de manera antidemocrática y supuestamente teocrática, y defiende muchas otras ideas retrógradas, al margen de que haya aprendido a silenciarlas cuando le interesa mantenerlas ocultas en un ejercicio de calculada hipocresía según los tiempos sean más o menos propicios para conseguir sus objetivos.

En el caso de no poner unos límites al adoctrinamiento religioso, podríamos encontrarnos de nuevo con casos similares a los de Galileo y Darwin, condenados o difamados y escarnecidos por haber defendido el heliocentrismo o el evolucionismo respectivamente, y deberíamos seguir aceptando la doctrina de que el mundo fue creado por el dios de los cristinos en seis días y que ese dios ¡descansó el sábado, el séptimo día!, doctrina tan asumida como “verdadera” en el antiguo Israel que ¡debía aplicarse la pena de muerte a quien trabajase en sábado!, según se dice en Éxodo:

“Quien haga algún trabajo en día de sábado morirá sin remedio […] porque en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, y el séptimo día dejó de trabajar y descansó” (Éxodo, 21:15-17.) (6)

El respeto a los hijos, como personas con derecho a no ser engañadas, debería servir de guía para tratar de evitar que cualquier desaprensivo pretendiese controlar, frenar o viciar el natural desarrollo de sus mentes por lo que se refiere a su racionalidad crítica para ser capaces de conducir su vida, protegiéndoles del peligro de ser adoctrinados en lugar de ser ayudados a ser libres y a guiarse por su propia racionalidad, y no por una misteriosa autoridad que les impusiese qué debían creer, qué debían rechazar o qué debían hacer o abstenerse de hacer.

Por ello y del mismo modo que a los padres que se despreocupan de sus hijos desde el punto de vista de la alimentación o del trato físico se les llega a quitar su custodia, con mayor motivo se debería considerar el problema de los “malos tratos psíquicos” consistente en “adoctrinar” o dejar que otros “adoctrinen” a los propios hijos en “credos” y doctrinas que se imponen irracionalmente, mediante “actos de fe”, teniendo en cuenta las nefas-tas consecuencias que dicho adoctrinamiento implica.

En la práctica, tal vez este cambio educativo sea una utopía en cuanto lo primero que debería aprender un padre es cómo debe comportarse con su hijo en cuanto pretenda lograr el desarrollo adecuado de su personalidad, pues en la misma medida en que estamos convencidos de que nuestros puntos de vista sobre la realidad son correctos y queremos dar a nuestros hijos lo mejor, resulta especialmente difícil la tarea de explicar a los padres que la mejor formación de los hijos es aquella que busca el desarrollo integral de su personalidad y de sus diversas potencialidades, físicas y psíquicas, y no la que pretende inculcarles de manera ciega y dogmática sus propias creencias en lugar de dialogar con ellos para enseñarles a tener criterio propio, basado en la rigurosa utilización de su capacidad racional. Sin embargo, esta actitud respetuosa es realmente difícil de llevar a la práctica porque las convicciones y creencias de los padres pueden ser tan firmes que consideren un auténtico bien inculcarlas a sus hijos de forma dogmática, lo cual les resulta muy fácil en cuanto los hijos en sus años de infancia confían ciegamente en todo lo que los padres les digan, a pesar de que ni los propios padres ni los “catequistas religiosos” entienden las convicciones y creencias que pretenden inclulcar.

Precisamente la insistencia con que la jerarquía católica valora la importancia de la fe representa una clara muestra del carácter psíquicamente pernicioso del adoctrinamiento que ejerce sobre los niños, cuyas mentes le resulta más fácil deformar que las de los mayores para que asuman y crean todo lo que quieran inculcarles, aprovechando su natural inmadurez y su confianza en la sabiduría y en la veracidad de sus padres, maestros y preceptores.

La jerarquía católica incurre aquí en el absurdo de pretender explicar a los niños doctrinas que a la vez proclama como misterios, considerando que se encuentran por encima de la razón humana, y que, por ello mismo, no pueden ser objeto de explicación alguna sino sólo de fe o creencia indemostrable que, por ello, desde la rectitud intelectual no pueden ser aceptadas como verdades, al margen de que además en muchos casos pueda demostrarse su falsedad, como sucede con una buena parte de sus doctrinas y de las de aquellas religiones e ideologías que se trate de imbuir recurriendo a la fantasía unida a motivos emocionales y despreciando la falta de evidencia racional o empírica de tales contenidos.

Es indudable que, si la jerarquía católica se interesa por adoctrinar a los niños, incrustando en su mente tales doctrinas irracionales, no es por el hecho de que quieran proporcionarles unas enseñanzas realmente necesarias para alcanzar “la vida eterna” o para ofrecerles una orientación vital auténticamente valiosa sino porque para la prosperidad de su negocio le interesa reclutar nuevos adeptos, y porque los niños son naturalmente receptivos y aceptan cualquier doctrina que se les quiera inculcar por muy absurda que sea. Y así, la exaltación de la fe y la lucha por impedir el desarrollo del espíritu crítico de los niños para ponderar el valor de los “mensajes religiosos” no son otra cosa que proselitismo irracional y adoctrinamiento sin escrúpulos, practicado por las distintas religiones para conseguir que sus potenciales fieles interioricen sus dogmas y doctrinas irracionales. Pero, si ya resulta absurdo que la jerarquía católica pretenda imponer a los adultos, sin justificación de ninguna clase, la idea de que deben tener fe en sus doctrinas, resulta incalificable de otro modo que no sea como pederastia mental la actitud por la cual violan las mentes de los niños, inculcándoles de forma coactiva toda una serie de creencias incoherentes como si se tratase de verdades que los niños no alcanzan a comprender, por lo que deben creerlas en cuanto provienen de sus inspirados adoctrinadores, que les hablan en lugares tan solemnes como las iglesias, que llevan vestimentas esperpénticas pero impactantes, y que parecen convencidos de la verdad de lo que predican.

Los fines  del adoctrinamiento

Qué absurdo sería que la “salvación” o la “condena” de que hablan los dirigentes católicos se hicieran depender de la “fe” o “falta de fe” en los dogmas con que se adoctrina a los niños desde su primer año de colegio, es decir, desde los tres o cuatro años de edad! Y, sin embargo, de un modo más o menos explícito, ésa es la absurda idea que, siguiendo las correspondientes doctrinas evangélicas, defienden los dirigentes católicos cuando adoctrinan a los niños.

A pesar del carácter tan pernicioso del adoctrinamiento religioso, la jerarquía católica lo realiza impunemente, tanto en las iglesias como en los colegios, como si tuviera todo el derecho del mundo a envenenar las mentes de los niños con sus dogmas incoherentes fomentando en ellos el sometimiento y la aceptación de tales dogmas, y la correspondiente atrofia de su capacidad racional y crítica. Por ello, si la exaltación de la fe es ya por sí misma una actitud contraria a la veracidad como ya antes se ha demostrado, mucho más grave e inadmisible resulta que la jerarquía católica se considere con derecho a adoctrinar a los niños para que crean de modo ciego esa serie de contenidos en los que ni ellos mismos creen, y que encima lleguen a decir que su labor representa un beneficio espiritual extraordinario, tanto a nivel individual –para salvar sus almas (¡?!)- como social para fomentar una sociedad más justa y fraternal (¡?!)-, a pesar de que sus auténticos objetivos son los de aumentar su propio poder económico y político mediante el reclutamiento de nuevos corderos inocentes que engrosen su domesticado redil obediente. Y así, mientras que la finalidad aparente  que persiguen es la de proporcionar a niños y a jóvenes el “adoctrinamiento” necesario para dirigir su vida “por el camino recto” (?), la finalidad real, aunque en muchas ocasiones puedan mantenerla oculta, es la de controlar sus mentes en todos los terrenos, no sólo en el religioso y el moral sino especialmente en el político, inculcándoles la idea de que deben obedecer cualquier orden que reciban de la organización católica en cuanto defiende auténticos principios morales y en cuanto habla siempre en nombre del auténtico dios.

Esta idea aparece con especial claridad en el Antiguo Testamento, donde los sacerdotes de Yahvé, como supuestos transmisores de su palabra, dirigían políticamente a su pueblo mediante órdenes de origen supuestamente divino, pero que en realidad procedían de ellos mimos y sólo respondían a sus propios intereses.

En la actualidad la secta católica, aunque no goza de un poder similar al de tiempos pasados, en cualquier caso se sirve del adoctrinamiento para inculcar a los niños la idea de que la autoridad religiosa está –o debería estar- en un nivel superior al de la autoridad política, y que, por ello, a la hora de actuar, los católicos debean seguir siempre las consignas de las autoridades religiosas. Y así, esta autoridad sobre sus fieles se convierte en el punto de apoyo a partir del cual, de modo directo o indirecto, consigue su poder para chantajear a los diversos gobiernos, de los cuales obtiene cuantiosos beneficios, donaciones y privilegios económicos para seguir llenando las arcas del Vaticano y las de sus múltiples sucursales a lo largo de sus amplias áreas de influencia.

Por lo que se refiere a la enseñanza de la religión en España, los gobiernos “democráticos”, aunque en apariencia respetan la libertad de creencias, más que respetar dicha libertad lo que hacen es ceder al chantaje de la secta católica, concediéndole asombrosos privilegios, hasta el punto de introducir su liturgia religiosa, su iconografía y sus ceremonias en casi todos los actos oficiales e instituciones públicos, como colegios, ejército con “curas castrenses” que cobran sueldos pagados con el dinero de todos los españoles, ceremonias como la jura del nombramiento de ministros, de presidente del gobierno o de otros cargos presididos por un crucifijo y por un ejemplar de la Biblia, lo cual proporciona a la secta católica una valiosa propaganda gratuita en favor de la “trascendental importancia” de su labor, a la vez que se incumple la Constitución Española, subordinando nuestras instituciones políticas a la secta católica, hospitales con capillas y curas que cobran del Estado por asistir “espiritualmente” a los enfermos, universidades públicas con capillas católicas, como si las doctrinas religiosas de esta secta tuvieran algo que ver con los conocimientos que deben impartirse en dichos centros de estudio e investigación; monumentos religiosos católicos en diversos puntos estratégicos de las ciudades; fiestas religiosas católicas, que contradicen el teórico carácter no confesional del estado; infinidad de propiedades eclesiásticas producto de robos ancestrales al pueblo; exención de impuestos en relación con tales propiedades; infinidad de nombres de calles y de plazas dedicados a diversos “santos” y “vírgenes” de la secta católica; grandes cruces colocadas a la entrada de pueblos y ciudades, lo cual ejerce una influencia psicológica nefasta en cuanto sugiere que dichos pueblos de algún modo les pertenecen; gran cantidad de cementerios municipales con crucifijos colocados a su entrada, donde se prohibía el entierro de suicidas, de practicantes de otras religiones y de ateos declarados. Y, durante el gobierno del Partido Popular, presidido por el señor Aznar, se otorgó a los obispos. Arzobispos y cardenales de las distintas diócesis actuar como si fueran “registradores de la propiedad” –como si el título de “obispo” fuera convalidable por el de “registrador de la propiedad”- para así poder “inmatricular” –es decir, inscribir en el Registro de la Propiedad como propiedades suyas- todos aquellos bienes que no figurasen todavía en dicho registro, ley injusta, arbitraria, absurda y vergonzosa por la que la iglesia católica ha incrementados sus riquezas de manera sustancial, robándolas “legalmente” al conjunto de los españoles Todo esto es una simple muestra de que, si hasta la actualidad los gobiernos han sido incapaces de enfrentarse a esta secta a fin de pararle los pies en todos estos terrenos, parece todavía lejano el momento en que se logre que esta organización deje de abusar de los niños mediante su dañina actividad, tanto de pede-rastia física como psíquica mediante su adoctrinamiento dogmatico.

Como ya se ha dicho, la finalidad que la jerarquía católica persigue con su adoctrinamiento de la infancia no puede ser, efectivamente, el de la salvación de sus almas: ¿De qué tendría que salvarlas? Y, suponiendo el absurdo de que “su Dios” existiera, sería una pretensión llena de soberbia que dicha salvación no se hiciera depender de su teórica bondad infinita, de la que tanto hablan cuando les interesa, sino de que el niño creyese ciegamente las absurdas doctrinas con que los “catequistas” martillean su receptiva mente.

Si ya antes y en otros momentos se ha criticado la fe como una actitud contradictoria con respecto a la veracidad, a estas críticas hay que añadir que el adoctrinamiento ejercido contra la infancia representa un delito extremadamente grave en cuanto se trata de un crimen de pederastia mental, pues quienes lo practican se aprovechan de la natural inmadurez psíquica de los niños para inculcarles toda una serie de dogmas y doctrinas absurdas, imbuyéndoles la idea de que su razón carece de valor a la hora de orientarles en la búsqueda de la verdad en su dimensión religiosa y moral, llegando en muchas ocasiones a pretender establecer el valor o falta de valor de las leyes políticas democráticamente establecidas o incluso el de las mismas leyes científicas o el derecho a investigarlas o a aplicarlas según cuáles sean sus propios intereses.

La actitud proselitista de la jerarquía católica mediante la “catequesis” o adoctrinamiento de los niños no sólo representa un crimen de pederastia mental sino que también fomenta el fanatismo y la intransigencia frente a cualquier pensamiento que se oponga a sus doctrinas, intransigencia que se puso de manifiesto de manera especial con la creación de la “santa Inquisición” a finales del siglo XII, encargada de juzgar y condenar a cualquier persona sospechosa de defender ideas que, incluso siendo cristianas, se alejasen de las interpretaciones que de ellas daban sus dirigentes.

Por lo que se refiere a la enseñanza de la religión en los colegios lo que deberían tener claro los poderes políticos es que una cosa es incluir en el currículo escolar una exposición descriptiva y crítica de las religiones y mitos más interesantes de la historia como expresión de las inquietudes y de la fantasía humana y otra muy distinta es asumir la escandalosa situación actual de España, en donde ¡el profesorado relacionado con la religión católica es designado por la jerarquía de la secta católica, pero pagado con el dinero de todos los españoles!; en donde además la enseñanza de la religión católica se imparte desde planteamientos dogmáticos, que, sin duda ninguna, nada tienen que ver con la enseñanza de auténticos conocimientos, encontrándose en las antípodas de éstos.

Es realmente una burla y un engaño a nuestro pueblo y a la Constitución Española –que declara que nuestro estado tiene carácter aconfesional-, que los gobernantes consientan tal situación de sometimiento a los dictados de ese peculiar estado del Vaticano, concediéndole incomprensibles y escandalosos privilegios económicos, y, de manera especial, el de seguir adoctrinando –o envenenando mentalmente- a los niños españoles.

Por ello, un problema esencialmente importante que deberían abordar los gobernantes, en cuanto se decidan a cumplir con nuestra Constitución en lo relativo a la libertad de creencias, es el de la supresión de la asignatura de “Religión Católica” en los colegios, públicos y privados, impidiendo las intromisiones del Vaticano y de sus sucursales en nuestra legislación, y exigiéndole el respeto a nuestras leyes y a nuestras libertades, aunque la dificultad de escapar a la influencia de ese estado “teocrático” (?) –o, más exactamente, “clerocrático”- es realmente seria, dado que la tradición por la cual la secta católica ha ido adoctrinando a niños y a jóvenes en el pasado le ha servido y le sirve ahora para que muchos de los que fueron adoctrinados en el pasado, una vez adultos, actúen como agentes suyos y se encar-guen de seguir defendiendo los privilegios de esta organización para continuar practicando su criminal tarea de dañar las mentes

de las nuevas generaciones como consecuencia de su constante coacción en favor de la fe ciega en sus doctrinas, y en favor del deber de obedecer sus órdenes y consignas. En definitiva, aunque el Estado del Vaticano debería ser con el español tan respetuoso como suelen serlo la mayoría de los demás estados en sus relaciones con el nuestro, de hecho interfiere continuamente en nuestra política interna y, especialmente, en nuestra legislación, rechazando de forma dogmática aquellas leyes que no le convienen para la prosperidad de su particular negocio (7). ¿Acaso se permitiría que los embajadores de cualquier otro país se manifestaran públicamente en contra de cualquier ley democrática del nuestro? ¿Acaso no se le expulsaría inmediatamente de nuestro país? ¿Por qué no se actúa del mismo modo con los agentes del Vaticano, que no son otros que los obispos y una parte consi-derable de los curas, ya que aunque en teoría tengan nacionaldad española, actúan bajo las directrices del Vaticano? ¿Acaso el Vaticano permitiría que los ministros o los simples ciudadanos españoles fueran a manifestarse al Vaticano, a la plaza de San Pedro, para protestar contra sus propias leyes y doctrinas, y en contra de su política oportunista y cínica, apoyando regíme-nes políticos opresores del pueblo?

Por poner otro ejemplo de la actitud de la “Iglesia Católica”, recordemos que el papa Juan Pablo II nombró al cardenal Joseph Ratzinger prefecto de la “Congregación para la Doctrina de la Fe” (CDF) -departamento del Vaticano heredero de su “Santa Inquisición”-: Más tarde el señor Ratzinger se encargó de ocultar miles de casos de violaciones de menores y torturas por parte de sacerdotes católicos a sus víctimas en todo el mundo. El cardenal Ratzinger, posteriormente papa o máximo dirigente de la secta católica, supervisó y controló los caso de abuso sexual clerical en el Vaticano desde 2001 hasta 2005, año en que fue elegido Papa. En ese mismo año, el periódico “London Observer” informó de que el cardenal Ratzinger prohibió a los sacerdotes católicos pasar cualquier información perjudicial sobre los sacerdotes pedófilos a la prensa o a las autoridades policiales, ordenando a todos los obispos del mundo que los abusos del sacerdocio y las acusaciones de violación infantil debían ser investigadas sólo en el Vaticano, de la manera más secreta y refrendada por un silencio perpetuo, advirtiendo además de que la notificación de incidentes a fuentes externas era un delito punible con la excomunión. Este caso es un ejemplo más de cómo el Estado del Vaticano no sólo antepone radicalmente sus propias leyes y sus órdenes a las de la legislación de los países donde impunemente delinquen sus agentes, sino que con su actitud vulnera las leyes de tales países en los que ordena a sus agentes incumplir sus leyes al prohibirles colaborar con la justicia denunciando los correspondientes delitos de los sacerdotes pederastas, colaboración que es obligatoria de acuerdo con la legislación española.

Fanatismo e intransigencia: Escrivá de Balaguer

Por su parte, el señor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, en su escrito Camino defendió actitudes especialmente fanáticas y totalmente alejadas de los Derechos Humanos, hasta el punto de apoyar una repugnante apología de la intransigencia y de llegar a insultar a quienes practican la tolerancia, escribiendo en este sentido: “la transigencia es señal cierta de no tener la verdad. Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un… hombre sin ideal, sin honra y sin Fe” (José María Escrivá: Camino, aforismo 394).

Aquí, con un fanatismo propio del fascismo o del nazismo hitleriano, el señor Escrivá de Balaguer, “elevado a los altares” por la jerarquía católica, se atreve a insultar a quienes son transigentes, a quienes son tolerantes, a quienes respetan la libertad de pensamiento de los demás aunque no compartan sus ideas, y escribe que su actitud demuestra que son hombres “sin honra”. Sus palabras incitan a la intransigencia a partir de la estúpida falacia según la cual quien es transigente demuestra con su actitud que no se siente en posesión de la verdad y que no tiene honra, de manera que ¡quien esté convencido de estar en posesión de la verdad –siempre que esa verdad sea la de la “santa secta”- debe ser intransigente con quienes no estén de acuerdo con “su verdad”!

Sus palabras representan el otro lado del límite que jamás debería sobrepasar cualquier ser humano que pretendiera vivir desde el respeto a la libertad de pensamiento y de expresión de las propias ideas, límites que no son otros que los del respeto y la tolerancia hacia los otros por lo que se refiere a su derecho a pensar libremente, aunque pueda equivocarse del mismo modo que podemos equivocarnos todos. Y así, parece que uno de los límites de la tolerancia a las ideas ajenas debe establecerse en aquellas ideologías que exigen la intolerancia contra las ideas ajenas, como es el caso de lo defendido por el señor Escrivá de Balaguer. Por ello, el único límite de la libertad de expresión debería encontrarse en aquellos planteamientos que utilizasen tal libertad para negar ese mismo derecho a quienes no compartie-sen las ideas de esa fanática asociación.

Volviendo, pues, a las palabras del fundador del Opus Dei, hay que rechazarlas rotundamente en cuanto implican un dog-matismo inaceptable. Por ello, lo que es intolerable es la defensa de la intolerancia contra quienes piensan de modo distinto al propio.

Siendo consecuentes con el señor Escrivá y con su defensa de la “intransigencia”, el mundo sufriría una guerra ideológica y sanguinaria interminable, y regresaríamos a los tiempos de la Inquisición y de las Cruzadas, y, en definitiva, al intento de destrucción física de quien defendiera ideas distintas a las suyas, tal como sucede en la actualidad en las sociedades donde el fanatismo religioso ha accedido al poder político. Pero una sociedad cuyos miembros deseen convivir de modo armonioso, tiene que aprender a respetar las reglas de la tolerancia y de la libertad de pensamiento y expresión sin que éstas tengan otra limitación que la que deriva del respeto a tales reglas de convivencia, pues defender el punto de vista de que no se deben tolerar las ideas de los demás porque uno esté convencido de estar en posesión de la verdad conduciría a un fanatismo dogmático absurdo.

¿Qué habría podido replicar el señor Escrivá de Balaguer a quien hubiera sido intransigente con las doctrinas que él expone en su obra Camino? ¿Habría protestado por esa intransigencia? Evidentemente, pero su protesta habría implicado una contradic-ción con su propia defensa de la intransigencia.

Ese librito, Camino, apareció publicado en el año 1939, el mismo año en que el dictador Franco finalizaba su guerra contra el régimen legal republicano y democrático, instaurando la dictadura del “nacional-catolicismo”. El señor Escrivá tenía el terreno abonado para predicar la intransigencia contra quienes se atreviesen a pensar de manera distinta a la suya del mismo modo que la sublevación franquista había practicado su propia intransigencia militar contra el régimen republicano legal, y no sólo la intransigencia de un fanatismo puramente teórico sino también la “santa coacción” (8) que, con toda seguridad, tendría carácter físico y psíquico, pues cualquier forma de coacción implica un atentado contra la libertad del otro mediante procedimientos coercitivos de ambas clases.

Como recompensa a esa actitud tan “valiente”, la secta católica no ha esperado mucho para declarar “santo” a este payaso fundamentalista, que llegó a relacionar la intransigencia con el hecho de estar en posesión de la verdad, y la transigencia con la falta de honra, a pesar de la multitud incalculable de falsedades que él mismo ha defendido con absoluto dogmatismo derivado precisamente del hecho de carecer de auténticas razones. Siendo tan limitada la capacidad humana de raciocinio, es comprensible que no se le ocurriera pensar que, precisamente por las propias limitaciones humanas para alcanzar la verdad, la actitud más coherente consiste en reconocer tales limitaciones y, por ello mismo, en ser tolerantes con las ideas ajenas y con el derecho a exponerlas, a defenderlas o a modificarlas a medida que con la ayuda de su inteligencia vaya abriéndose camino en su búsqueda de la verdad y descubra sus propios errores, sin coacciones dogmáticas e “intransigentes” de nadie.

Ese fanatismo, esa “santa intransigencia” –como la llama este fascista- no era nueva, ni mucho menos, en la actitud de la jerarquía católica sino que sólo representa la reafirmación de un talante que la ha caracterizado siempre que ha estado en condiciones propicias para comportarse de acuerdo con ella, como sucedió en 1633, cuando los dirigentes de la secta católica condenaron a Galileo por haber defendido “la intolerable herejía” según la cual ¡la Tierra se mueve alrededor del Sol!, una verdad universalmente aceptada en la actualidad incluso por la misma secta católica; o como sucedió en la España franquista y en los “siglos de oro” de mayor crueldad y opresión inquisitorial de los dirigentes de esta secta contra la libertad de pensamiento y expresión de las propias ideas.

Este payaso defendió un ilimitado fanatismo unido a la hipocresía más absoluta, exhortando a actuar sin escrúpulos en contra de derechos humanos tan básicos como el de la libertad de pensamiento, hasta el punto de llegar a escribir: “Sé intransigente en la doctrina y en la conducta. –Pero sé blando en la forma. – Maza de acero poderosa, envuelta en funda acolchada” (Camino, aforismo 397). “La intransigencia no es intransigencia a secas: es “la santa intransigencia”. No olvidemos que también hay una “santa coacción” (Camino, aforismo 398)

Así que, si hubiera dependido del señor Escrivá, es más que probable que su “santa intransigencia” le hubiera conducido de manera efectiva a su “santa coacción”, materializada en “maza de acero” o en instrumentos de tortura, tantas veces utilizados por su “Santa Inquisición”, para eliminar al disidente y, en definitiva, a todo aquel que se hubiese atrevido a pensar libremente, defendiendo puntos de vista distintos a los de la secta católica.

Planteamientos similares al de Escrivá de Balaguer son los que han fomentado la aparición de asociaciones fanáticas como el partido nazi, que condujeron a algunos de sus integrantes a denunciar a miembros de su propia familia por no ser adictos al nazismo, y otras formas similares de fundamentalismo o fanatismo, como el de los “guerrilleros de Cristo Rey” o diversas organizaciones católicas que, consideran efectivamente que transigir con quien piensa de otro modo implica carecer de ideales o de honradez.

Curiosamente las tácticas adoctrinadoras de la jerarquía católica, relacionadas con su intransigencia y con su “santa coacción”, resultan contradictorias con su aparente interés por razonar de algún modo sus absurdas doctrinas a fin de conseguir que quienes son adoctrinados lleguen a figurarse que realmente “comprenden” (?) las razones de su fe, y no que simplemente las creen, afirmándolas como verdad a pesar de tratarse de “misterios” que, por definición, son incomprensibles por ser irracionales y absurdos.

Por este motivo en muchas ocasiones, aunque la jerarquía y los teólogos católicos reconocen que los dogmas de fe son indemostrables, pretenden introducir una distinción entre lo irracional, la racional y lo razonable, y añaden que, aunque sus dogmas no están al alcance de la razón humana, no por ello son irracionales sino “razonables” en el sentido de que hay argumentos en favor de su verdad, aunque no sean concluyentes, de manera que aquel margen de incertidumbre que pueda quedar en ellos puede ser complementado mediante la fe. Sin embargo, esta distinción es realmente una trampa muy burda en cuanto, si determinada doctrina no es racional, no tiene sentido decir que sea “razonable”, pues sólo podría hablarse de algo razonable en la misma medida en que pudiera razonarse, pero, en cuanto por definición los dogmas católicos se encuentran más allá de la razón, no tiene sentido considerarlos razonables, pues en muchas ocasiones ni siquiera se entiende qué quiere decir la jerarquía católica con sus dogmas absurdos. Pero, incluso aunque se entendiera qué quieren decir, seguirían siendo irracionales en cuanto, como suele decirse, es quien afirma una supuesta verdad quien tiene la carga de la prueba, debiendo explicar qué debemos hacer para alcanzar la comprensión de tales dogmas que ni ella misma comprende sino que en el mejor de los casos simplemente cree.

Por otra parte, del mismo modo que nadie pide a otro que crea determinada doctrina cuando pueda demostrarle su verdad, pues espontáneamente la aceptará a partir de tal demostración, nadie debería exhortar a otro a que creyese lo no demostrable, en cuanto en tal caso ni siquiera quien realizase tal exhortación tendría otra base para su propia creencia que la interiorización irracional de determinados contenidos doctrinales como consecuencia de un adoctrinamiento anteriormente recibido, de carácter emotivo, tan absurdo como el que posteriormente él mismo pueda utilizar para adoctrinar a otros.

Es decir, del mismo modo que respecto a una hipótesis científica sería absurdo exhortar a nadie a creerla o a dejar de creerla en lugar de explicarle o demostrarle su verdad o su falsedad, igualmente y por lo que se refiere a una doctrina religiosa o de cualquier otro tipo sólo tiene sentido aceptarla como verdadera en cuanto exista un procedimiento mediante el cual se la demuestre. Pero, además, lo más absurdo de todo es que en las doctrinas defendidas por la jerarquía católica, aunque hubiera alguna meramente consistente que pudiera defenderse como simple hipótesis, hay muchas otras que son contradictorias en sí mismas y que, por ello mismo, puede decirse de ellas no sólo que no son racionales ni razonables sino que son falsas en cuanto han sido positivamente refutadas, como sucede con la serie de contradicciones que aquí mismo se analizan.

Antonio García Ninet. Caatedrático de Filosofía

Este artículo forma parte de su libro Contradicciones de la secta conocida como “Iglesia Católica”.

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(1) 20. 4. Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia” (Constitución Española de 1978).

(2) En cuanto la moral absoluta no tiene ningún fundamento, por lo mismo tampoco tiene sentido hablar de “derechos absolutos”. En consecuencia per-mitir o rechazar el adoctrinamiento dependerá de qué se quiera conseguir a lo largo del proceso educativo de los niños, y del poder que se tenga para conseguir ese objetivo. Evidentemente una “sociedad clerocrática” intentará adoctrinar a los niños por encima de todo, mientras que una sociedad que valore el conocimiento en su sentido auténtico buscará enfocar la formación de niños y jóvenes a partir de la explicación del método experimental, de los principios lógicos fundamentales y de los resultados científicos a que se ha llegado mediante la aplicación de tales métodos. No obstante, quizá sea imposible, al menos por el momento, establecer un sistema educativo que se base exclusivamente en la exposición o demostración de conocimientos, y deje para el ámbito de la mitología y de otras formas de fantasía todo el adoctrinamiento que en estos momentos se sigue impartiendo en las aulas como si fuera un “conocimiento superior”, a pesar de las inefables barbaridades que aparecen en los “libros sagrados” de ésa y de todas las religiones.

(3) Precisamente en 2015 y en 2016 se han producido en París y en otros lugares (Turquía, Líbano, Túnez, Francia, Bélgica) una serie de atentados y de muertes, cuya ejecución ha sido realizada por jóvenes “adoctrinados” en una ideología extremista musulmana, al margen de que también haya habido otros factores que han condicionado al desarrollo de este radicalismo extremo.

(4) Esto es, en efecto, lo que dice la Biblia –palabra del dios católico, según sus dirigentes afirman-: “Si un hombre se casa con una mujer, pero luego encuentra en ella algo indecente y deja de agradarle, le entregará por escrito un acta de divorcio y la echará de casa. Si después de salir de su casa ella se casa con otro, y también el segundo marido deja de amarla, le entrega por escrito el acta de divorcio y la echa de casa…” (Deteronomio, 24:1-3).

(5) Pues, efectivamente, son abundantísimos los textos bíblicos en los que Yahvé o, como en este caso, Moisés ordenan asesinar de manera indiscriminada, incluso a mujeres y niños: “[Moisés les dijo] Matad, pues, a todos los niños varones y a todas las mujeres que hayan tenido relaciones sexuales con algún hombre” (Números, 31:17. La cursiva es mía).

(6) No es el momento ahora de comentar el absurdo de considerar como un “trabajo” la supuesta creación divina, “trabajo” del que la supuesta divinidad habría necesitado descansar [!!!] el séptimo día.

(7) En los últimos días (30 de mayo de 2016) el arzbispo de Valencia, señor Cañizares, ha exhortado a sus fieles a desobedecer determinadas leyes rela-cionadas con la igualdad de género en cuanto a su parecer se oponen a las leyes divinas: A este respecto se dice en “El Confidencial”: “El cardenal arzobispo de Valencia […]  ha pedido a los católicos que desobedezcan aque-llas leyes que consideran injustas basadas en “la ideología más insidiosa y destructora de la humanidad de toda la historia, que es la ideología de géne-ro, que tratan de imponernos poderes mundiales más o menos solapadamente con legislaciones inicuas, que no hay que obedecer” (El Confidencial, 30 de mayo de 2016).

(8) Camino, aforismo 398. El hecho de que los dirigentes de la secta católica hayan “elevado a los altares” a este payaso fascista es una prueba evidente de que la política de la secta católica sigue actuando, al menos cuando puede, del mismo modo que lo ha estado haciendo a lo largo de los siglos. Hay un refrán que dice “quien calla otorga”, pero en este caso los dirigentes de la secta no se han desentendido del fanatismo fundamentalista de este demente sino que, al canonizarlo, han asumido como propias sus absurdas ideas, lo cual no tiene nada de particular en cuanto es lo que esta secta ha practicado siempre que ha tenido poder para hacerlo.

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