Adoctrinamiento

Adoctrinamiento (y III)

Al iniciarse la década de los años treinta del pasado siglo, el sistema educativo español se hallaba en condiciones muy precarias. El Estado tenía una presencia débil, subordinando la enseñanza a la actuación de la Iglesia Católica. Francisco Giner de los Ríos, creador de la Institución Libre de Enseñanza, señalaba así: «De todos los problemas que interesan a la regeneración político-social de nuestro pueblo, no conozco uno tan menospreciado como el de la educación nacional». Acuñada en el siglo XIX, estaba todavía en vigor la muletilla «pasas más hambre que un maestro de escuela», de que ‘gozaban’ los docentes de primaria previa la implantación de la Segunda República.

El nuevo régimen republicano nació con un programa de reforma global del sistema educativo con el propósito de dignificar al maestro con un aumento sustancial de las retribuciones y el establecimiento de un sistema pedagógico activo y participativo mediante una concepción laica de la enseñanza.

«Uno de los postulados esenciales de la campaña republicana consistía en abogar por la liberación de la enseñanza popular de la opresión confesional (…), con el afán inmediato de renovar el triste estado de abandono en que estaba sometida la enseñanza oficial» (‘La Escuela y el Estado. La Escuela Laica’, Gráfica Leonesa, León, 1934). Así se manifestaba Salvador Ferrer Culubret, un gerundense que trabajaba en León como Inspector de Primera Enseñanza. Fue condenado a muerte en noviembre de 1936, luego conmutada por 30 años de prisión en el Fuerte de San Cristóbal, en Pamplona.

La reforma republicana concitó la hostilidad inmediata de los sectores poderosos de la sociedad española. La Guerra Civil sirvió para que los golpistas eliminaran la educación como ‘escudo y defensa’ de la República, realizando una campaña sistemática de erradicación de la política educativa y cultural republicana.

La reacción fue brutal y no se hizo esperar. En nueve provincias de las que existen datos sistemáticos, fueron ejecutados en torno a 250 maestros. Y 54 institutos públicos de enseñanza secundaria creados por la República fueron cerrados. Por añadidura, en torno a un 25% de los maestros nacionales sufrieron algún tipo de represión y un 10% fueron inhabilitados de por vida. Tampoco se libraron los Ateneos Obreros, una enseñanza popular alternativa, que fueron cerrados en su totalidad y expoliados todos sus bienes.

La Iglesia Católica, prácticamente monopolizadora de la enseñanza, jugó un papel fundamental en la represión y depuración del magisterio, a lo que contribuyó sin duda el error de la autoridad republicana de retirar el crucifijo de las escuelas, especialmente en el medio rural dominado por las clases más conservadoras; a lo que habría que añadir el sentimiento de agravio de las órdenes religiosas por el cese de la preeminencia docente. Es por ello que la mayoría de los miembros del clero jugaron un papel decisivo en la represión.

Y así es como se reorganizó la materia educativa en España al término de la Guerra Civil. En 1943, el ministro de Educación Ibáñez Martín declaraba ante las Cortes que «lo verdaderamente importante, desde el punto de vista político, es arrancar de la docencia y de la creación científica la neutralidad ideológica, y desterrar el laicismo para formar una nueva juventud poseída de aquel principio agustiniano de que mucha ciencia no acerca al Ser Supremo».

El concordato de 1953 entre el Estado español y el Vaticano confirmó la vuelta del adoctrinamiento eclesiástico en la educación hasta la llegada de la Constitución de 1978.

Adoctrinamiento (II)

En esto del ‘pin parental’ o debate en la educación extraescolar, ha hablado con rotundidad un político valiente, pues ha llamado al pan, pan, y al vino, vino. Como Dios manda. El edil de Vox en la comunidad de Madrid, Pedro Fernández, se dirigió a los componentes de la bancada izquierdista de Más Madrid para advertirles que apartasen sus sucias manos en el intento de adoctrinar a su prole: «Aparten sus marxistas deseos y apetitos sexuales de mis hijos y pierdan toda esperanza de adoctrinarles para convertirlos en enfermos como ustedes». Sí señor, así se habla, contundente, bíblico y sanitario ¡Pero qué se han creído estos tipos siniestros! ¡Hay que reaccionar con furia contra el adoctrinamiento de la educación pública cuando está manejada por un contubernio de bermejos!

En esto de llamar ‘enfermos’ a los militantes de la cáscara amarga no es nada nuevo. Quizás el señor Fernández tenía en su mente calenturienta al mayor peleón contra tal ideología: el psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera Lobón, un entusiasta de los nazis y apologista de Franco hasta la extenuación. El llamado Mengele español se aplicó con ahínco en intentar demostrar las íntimas relaciones entre el marxismo y la inferioridad mental, merced a una tara o malformación genética. Por desgracia, su obra ha quedado sumida en el olvido.

Nuestra patria está grave, ¿qué tendrá nuestra patria? Al poder han llegado toda la ralea de marxistas, leninistas, bakunistas, chavistas, maduristas, etc. Y ya el colmo que un tal Pablo, podemita encoletado y encumbrado a vicepresidente del Gobierno, se apellide Iglesias. Es una contradicción tan flagrante como que una señora que se llame Cándida sea maliciosa y más negra que los testículos de un grillo. Porque esto de la aconfesionalidad de nuestra Constitución (Art. 16,3) es una broma pesada que va contra natura y que hay que reformar, ya. España siempre ha sido católica, apostólica y romana, desde los excelsos reyes Isabel y Fernando hasta la gloriosa Cruzada del 36. Y en ello estaba contra su marido mi tía Dorotea, que en paz descanse, recriminándole: «Pero Gumersinso, cagüen Ros, como has votado ‘SÍ’ a una constitución que es atea».

En 1978, el espíritu nacional católico y del ‘movimiento’, que es lo que desde la extrema derecha se pretende reanimar, estaban vivitos y por eso costó insertar la frase «Ninguna confesión tendrá carácter estatal», lo que era como proclamar la aconfesionalidad y neutralidad del Estado en materia religiosa, acorde con los principios de libertad y pluralismo político. Lo cierto es que no se produjo la ruptura real y efectiva entre el Estado y la Iglesia por los demasiados polvos históricos acumulados, que hoy solapadamente se revuelven bajo la escusa de que son unos contravalores los que se pretenden inculcar desde el nuevo Gobierno sociocomunista.

Recordemos que en 2006, las Cortes aprobaron el Real Decreto Ley 1631 por el que se aprobaba la asignatura ‘Educación para la Ciudadanía’, que venía a dar cumplimiento a la Recomendación (2002) 12 del Comité de Ministros de los Estados miembros del Consejo de Europa. Es lo más cerca que hemos estado del laicismo en la educación hasta que llegó el ministro José Ignacio Wert, del tercer año ‘triunfal’ de Rajoy. Con la asignatura obligatoria de religión, ese Gobierno de derechas acometió un adoctrinamiento ideológico –con tufillo franquista– que provocó una verdadera y «seria división de la sociedad», como decía Wert que ocurría con la denostada asignatura Educación para la Ciudadanía. ¡Pues, hala, pin, pan, fuego!

Adoctrinamiento (I)

Hay que distinguir entre ‘educación’ y ‘adoctrinamiento’ según sus efectos sobre los individuos. Mientras que la educación apuesta por aportar los conocimientos necesarios para que la persona gane autonomía a partir del desarrollo de su propio juicio, el adoctrinamiento procura anular el sentido crítico del sujeto y que éste se limite a repetir la información que se le suministra, En este sentido, podemos exponer que el adoctrinamiento se sustenta en los tres siguiente pilares: a) apuesta por aislar al individuo, es decir, con la intención de que se desconecte de la realidad más cercana y no venga a tolerar ni a conocer lo que son otras ideas, pensamientos o formas de expresión; b) consiste en imponer y no en educar; c) para llegar a la meta existe un solo camino posible y las demás alternativas que se establecen o existen son totalmente erróneas. De ahí que se considere que viene a ser un modo de acabar de manera clara y contundente con la diversidad y la tolerancia.

En la sucesión programática de la enseñanza primaria y secundaria, las mudanzas del sistema educativo se han verificado según el régimen en el poder y conforme a sus postulados ideológicos. No sólo en lo que atañe a los regímenes totalitarios –sean de dictadura del proletariado o fascistas– tiene la educación y el adoctrinamiento una importancia capital, también en la alternancia política en el poder de los regímenes democráticos se producen, según su tendencia ideológica, cambios sustanciales, al menos, en España. Suele considerarse que son los grupos sociales que ostentan el poder quienes realizan el adoctrinamiento de las clases dominadas como mecanismo de control social para conservar su lugar de privilegio.

El adoctrinamiento es, en definitiva, el proceso y resultado de transmisión de una doctrina compuesta por ideas y creencias defendidas por un individuo o conjunto de personas. Se trata, pues, de una práctica que busca inculcar determinados pensamientos o ideas. Para cumplir sus objetivos, apela a distintas acciones, hasta conseguir que los sujetos pasivos adoctrinados se conviertan en sujetos activos para la divulgación de las ideas en cuestión.

Por consiguiente, teniendo en cuenta todo lo expuesto, expertos y estudiosos definen el adoctrinamiento como sinónimo o emparentado con la obligación, la imposición y la penalización. Los movimientos totalitarios, tanto en partidos políticos como en credos o sectas religiosas, son corporaciones que utilizan el adoctrinamiento para captar nuevos adeptos y para que ellos se encarguen de reproducir su doctrina. Sirva como ejemplo general el adoctrinamiento llevado a cabo por los nazis en los niños sustentado en los siguientes pilares: exaltación de las razas nórdicas y más exactamente las arias; denigrar a los judíos como una raza inferior, justificando así el antisemitismo y el racismo; ensalzar el amor hacia el ‘líder’, Adolf Hitler; incidir en el valor de la obediencia ciega al Estado y dar gran importancia al militarismo.

Algo similar aconteció en España respecto al adoctrinamiento con la llegada al poder del nacional catolicismo. El sentido militar se prolongaba después de la Guerra Civil con el llamado ‘Frente de Juventudes’, en desfiles, centurias y campamentos. En vez del antisemitismo nazi, se perseguía a ateos y masones y ejecutaba o depuraba a los maestros republicanos. Franco se ensalzaba como invicto caudillo imperial, campeón mundial contra el comunismo, mientras los niños del ‘Frente’ íbamos de marcha cantando: «a luchar a vencer y a morir contra el vil y cobarde Lenín».

José Luis Gavilanes Laso

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