Además del Evangelio, el ‘BOE’

Escuchando a algunos obispos se puede llegar a pensar que extrañan el universo en el que el islam domina la sociedad civil. En esos países, la religión diseña el Estado e impone su credo sin discusión posible.

La civilización ha logrado avanzar gracias a la separación de la religión y el poder civil. Los dos salieron ganando: el Estado moderno avanzó hacia formas de tolerancia en las que lo racional se superponía a la fe; la soberanía se afianzó sobre la voluntad democrática de los ciudadanos y la religión pasó a ser una práctica voluntaria en el universo privado de cada individuo. El avance de la civilización ha sido posible en la medida en que las religiones no han tenido poder real. Al mismo tiempo, las religiones pudieron evolucionar porque no tenían instrumentos de dominación para imponer sus credos.
Ahora, en pleno siglo XXI, una mayoría de la Conferencia Episcopal española no se conforma con administrar la única sociedad que no está sujeta a funcionamientos democráticos y con disponer del monopolio en la interpretación del Evangelio, sino que pretende asaltar también el Boletín Oficial del Estado (BOE) para que las creencias de la Iglesia católica sean obligatorias: se quiere prohibir lo que no concuerda con el Evangelio mediante la derogación de las leyes que amparan lo que la Iglesia no quiere permitir.
La Iglesia católica tiene en España un trato privilegiado soportado sobre la pretensión de que este es un país católico. Ese censo es imposible de revisar porque apostatar es una aventura casi imposible. Si el bautismo es la certificación de pertenencia, el padrón es elevado: no se puede descontar a los disconformes y a los que no practican. Ser católico no es complicado, porque la confesión es un trámite liviano que permite al descarriado encauzarse de nuevo en la fe. Lo que la Iglesia pretende es que sea complicado ser ciudadano.
Los obispos españoles no confían en su capacidad evangélica ni en el funcionamiento de su Iglesia, así que pretenden que el BOE les permita llegar adonde no pueden convencer con sus pláticas.

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