Actores políticos olvidan el laicismo y rinden culto al jerarca de la Iglesia católica

Una foto con el Papa o recibir su bendición bien valen una tregua política. Y ahí sí, ayer no hubo líder político, poderoso empresario, gobernador, líder legislativo o funcionario con influencias capaz de resistirse a la invitación del gobierno para acudir a Palacio Nacional, y de preferencia con la familia.

Había que provechar el momento, besarle la mano o inclinarse ante el jerarca de la Iglesia católica, como lo hicieron la gobernadora de Sonora, Claudia Pavlovich, o el mandatario de Chiapas, Manuel Velasco. Y en el extremo de la devoción, su compañero de Nayarit, Roberto Sandoval Castañeda, presentado como un gobernador muy católico y quien luego del saludo del pontífice dio unos pasos atrás para, ahí mismo, instalarse en oración.

Con un montaje escenográfico igual al empleado para los mensajes presidenciales, esta vez los normalmente esquivos líderes nacionales del PAN y del PRD, Ricardo Anaya y Agustín Basave, respectivamente, pasaron lista de presente. Como además fueron colocados en primera fila, garantizaron un guiño papal cuando el presidente Enrique Peña Nieto decía de ellos –como se usa en el argot periodístico– nombre y cargo. Pero también asistieron los líderes del PRI, Manlio Fabio Beltrones, y del PT, Alberto Anaya.

La ceremonia laica y republicana fue privada. En el patio de honor –seguida por los mil 500 invitados a través de pantallas de televisión– se realizó un ceremonial muy similar al de cualquier otra visita de Estado: recepción (muy puntual el pontífice), himnos nacionales, presentación de comitivas y conversación privada. Luego, el presidente Peña Nieto mostró los históricos salones del recinto a su invitado, cancelaron un timbre alusivo a la visita, intercambiaron regalos y fotografías y escucharon la explicación del mural de Diego Rivera en la escalinata principal.

Luego, ya en el patio central, en un podio donde se colocaron dos sillas y en la pared los escudos de México y del Vaticano, desde ahí leyeron sendos mensajes con algunos conceptos coincidentes. Alguien comentó que incluso el Papa bromeó sobre ello con su anfitrión.

Y mientras para algunos la presencia por primera vez de un Papa en Palacio Nacional no dejó de ser dato curioso, para otros era recuperar la historia: en funciones de presidente del país, el 18 de julio de 1872, aquí murió Benito Juárez y fue velado en el salón Embajadores durante tres días.

El Benemérito de las Américas tiene en Palacio Nacional una estatua de bronce y un museo de sitio inaugurado en 1957.

Fue Juárez quien expidió las leyes por las cuales en México existe libertad de culto, separación de la Iglesia y el Estado y desamortizó los bienes eclesiásticos, una de las leyes de reforma.

Pero el presidente Peña Nieto dijo ayer sobre esta visita: es reflejo de la buena relación entre la Santa Sede y México.

Desde la víspera, a la llegada de Francisco, el tono de la conversación y la empatía del Papa con el jefe del Ejecutivo han sido notorios. Ayer, en Palacio Nacional, además de su esposa, Angélica Rivera –participante en toda la ceremonia–, también estuvieron sus hijos.

Tampoco faltaron algunos miembros de la farándula. Y fueron invitados dirigentes de otros cultos religiosos.

Se despidieron de nuevo en la puerta de Palacio y desde ahí enpapamóvil Francisco recorrió el Zócalo para llegar a la Catedral.

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