Activismo alentado entre los antiguos alumnos salesianos

El autor antiguo alumno salesiano afirma «no estamos por transformar la sociedad desde nuestro credo, sino por el buen funcionamiento aconfesional del Estado, por una saludable conducta personal en los diferentes ámbitos y, si alineadas con el bien común, por el respeto a las ideas, opiniones y creencias de los demás.»

Aprobado por el Rector Mayor de la Congregación y por el Presidente de los Antiguos Alumnos salesianos, se publicó en Roma hace dos años un nuevo Estatuto de la Confederación Mundial de Exalumnos y Exalumnas. En él, y como novedad destacable, se incluía para los asociados la solemne promesa (las mayúsculas aparecen así en el texto) de “DEFENDER A TODA COSTA la vida, la libertad y la verdad, con un compromiso social, político y económico”, así como de “COMBATIR la injusticia, el chantaje, la superficialidad y la indiferencia”. Se espera, en definitiva, de los antiguos alumnos y alumnas inscritos en las asociaciones locales que, entregados a la defensa y el combate, ejerzan “una fuerte incidencia en la sociedad y en la Iglesia”.

Como se sabe, la Congregación Salesiana, fundada por San Juan Bosco y procedente de Turín, llegó a Utrera en 1881, y poco después a otras ciudades españolas. A Madrid en 1889, en una sede provisional hasta adquirir en 1901 una finca en la Ronda de Atocha, que luego iría creciendo en extensión hasta la manzana actual del prestigioso centro Salesianos-Atocha. Se trataba entonces de recoger y formar a jóvenes marginados de los barrios periféricos, como había ocurrido en Valdocco-Turín en vida del fundador. Hoy son muy numerosas las casas salesianas en toda España, y el perfil de los alumnos resulta felizmente bien distinto al de los primeros tiempos.

El nuevo estatuto (disponible en Internet, exallievi.org, en cinco idiomas) viene ciertamente a subrayar (artículo 6) el valor de la vida, de la libertad y de la verdad (como también el de la familia, en el artículo 8). Se señala que la vida es sagrada desde la concepción hasta la muerte, y que asimismo se ha de defender la libertad, “especialmente en este tiempo en que los gobiernos actúan de forma autoritaria queriendo aparentar democracia”. En cuanto a la decidida defensa de la verdad, el estatuto apunta textualmente a la científica, y también a la ética y la moral, a la vez que denuncia la pérdida de todo marco de referencia y la decadencia social.

A los antiguos alumnos salesianos inscritos en las asociaciones locales —una pequeñísima minoría, en realidad, frente al total de alumnos y alumnas que han pasado por los centros— se les pide, sí, que defiendan estos tres valores a toda costa mediante compromiso promisorio, y se les asigna una amplia misión a la que, según el Delegado nacional de la Congregación (revista Don Bosco en España, nº 729), han de dedicarse sin la limitación del tiempo libre; una misión que incluye seguir la Doctrina Social de la Iglesia y participar activamente en la transformación de la sociedad. Diríase que estamos ante un llamamiento al activismo católico, si no hipercatólico.

Al parecer, este estatuto mundial ha de servir de referencia en la actualización de los estatutos nacionales. El español se halla en el correspondiente proceso, pero el ya citado Delegado nacional para antiguos alumnos llamaba hace un año a estos al apostolado y a la aplicación del Evangelio en la transformación social; llamaba, sí, a cambiar el modelo asociativo. Decía que la estructura actual resultaba pesada, escasamente colegial y, como consecuencia, sin fuerza para implicar a todos en el proyecto común.

Como se sabe, la organización HazteOír —tenida por católica ultraconservadora y que parece contar con la simpatía de algunos obispos— declara defender la vida, la libertad y la familia, y lo hace con notables medios. Habrá que esperar a ver qué medios-métodos despliegan, en su caso, los antiguos alumnos salesianos para la defensa a ultranza de los valores que el Rector Mayor, en su carta de presentación del estatuto, califica de “no negociables”.

Sin embargo, como perteneciente a la gran familia de antiguos alumnos, incluso como inscrito en una Asociación local, uno diría que no es este el perfil que encuentra en sus antiguos compañeros de colegio (reunidos, por cierto y con gran satisfacción, cincuenta años después). Sin menoscabo de la adhesión a la obra bosquiana, pienso empero que no estamos por transformar la sociedad desde nuestro credo, sino por el buen funcionamiento aconfesional del Estado, por una saludable conducta personal en los diferentes ámbitos y, si alineadas con el bien común, por el respeto a las ideas, opiniones y creencias de los demás.

No pareciendo que las leyes obliguen a pecar, quizá convenga dejar que el Parlamento negocie la protección de la vida, la libertad, la familia, o la verdad. No que la negocie con la Iglesia, sino que lo hagan los partidos que han contado con el apoyo de los ciudadanos. Desde luego, uno no se atrevería a defender la verdad a ultranza, porque hay asuntos en que aquella parece relativa-compleja y surgen opiniones distintas; también porque  habríamos de ser en todo caso prudentes… Por otra parte, decía San Agustín que la verdad es como un león y se defiende sola. Este Doctor de la Iglesia apostaba, además, por una cautelosa administración de aquella.

Si el lector asiente, parece un exceso que los antiguos alumnos —aunque reconocen en el estatuto al Rector Mayor como primer referente de la Confederación Mundial— hayan de considerar innegociable su percepción de la vida, la libertad y la verdad, y se dispongan a defender esta visión propia a toda costa. Seguro que no ocurrirá tal cosa, pero ¿a qué ton-son, entonces, tal llamamiento estatutario al activismo, con visión autorreferencial? Hay que recordar que los salesianos declaran el propósito de hacer de sus alumnos ejemplares cristianos y ciudadanos, y que, para nuestra convivencia en sociedad, todos estamos obligados por la Constitución y las leyes.

El papa Francisco advierte sobre los peligros del clericalismo y de la autorreferencialidad dentro de la Iglesia; pero también recordamos al propio Cristo separando las expectativas de Dios y las del César. De modo que el sentido común hace pensar que poco cambiará en la conducta de los antiguos alumnos; que ninguno entrará en vanas discusiones por defender a ultranza una verdad que se defienda sola o resulte relativa; que ninguno se saltará las leyes por mor de la combativa misión encomendada, para dentro y fuera del tiempo libre. No, no parece encajar en nuestra sociedad moderna este cambio de perfil en los antiguos alumnos salesianos (cuya libertad se intenta menoscabar a la vez que se les pide que la defiendan a toda costa).

José Enebral Fernández

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.
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