¿Aconfesionalidad natural?

De vez en cuando, los prebostes socialistas se despachan con severas advertencias a la Iglesia católica y a sus ministros (cardenales, obispos y religiosos en general): "dejen ustedes de entrometerse en la política del Gobierno, o van a ver lo que es bueno", y cosas así. Luego vienen los curas, acalorados, y repiten aquello de Quevedo: "pues no he de callar por más que silencio pidas y avises miedo", etc.
 
¿Qué hay en realidad bajo toda esta gresca? La Iglesia católica, como toda organización humana, se bate para defender su cuota de poder e influencia, que en muchos campos es, como las herencias en tierras y títulos de las viejas familias aristocráticas, sin duda absolutamente excesiva y pone en entredicho la aconfesionalidad del Estado proclamada en la Constitución. Es necesario sustituir el Concordato con la Santa Sede por un convenio de colaboración Estado-Iglesia porque ese Concordato es, ni más ni menos, que un tratado internacional con otro Estado que compromete y limita la soberanía del nuestro en campos claves como la educación y la igualdad. La Iglesia ha preservado importantes excepciones y tratos de privilegio. Sus universidades, por ejemplo, están exentas de las obligaciones legales exigidas a las públicas y privadas ordinarias, disfrutando de una especie de limbo legal diseñado a su convenencia. Y puede nombrar y despedir a su antojo a los profesores de religión, algo así como si una sociedad de matemáticos hiciera lo propio con los de matemáticas, con la añadidura de que la presencia de la enseñanza religiosa en el currículo educativo es, a diferencia de las matemáticas, totalmente impropia de un Estado aconfesional como el establecido en la Constitución. Y así una larga lista de excepciones.
 
¿Y la supuesta severidad socialista con la Iglesia? Un puro cuento, y lo que es peor, un ejercicio de hipocresía habitualmente maquillado con ofensas gratuitas a las personas con creencias religiosas. El PSOE no es un partido laico y sus gobiernos no hacen política laicista, como volvió a quedar de manifiesto en su voto negativo a las propuestas de IU y el BNG para eliminar símbolos religiosos de las ceremonias de Estado, como el juramento del nuevo Gobierno, y para avanzar en la laicización. Nosotros, UPyD, las apoyamos, porque eran respetuosas con los creyentes y porque sí somos claramente partidarios de un Estado laico (y además no somos sectarios, de modo que apoyaremos cualquier iniciativa positiva con independencia de quién la proponga, sea el PP o ERC). Naturalmente, hay que explicar qué es esto del Estado laico, porque pocos conceptos habrá tan tergiversados como ese.
 
Comencemos con las tergiversaciones. Ramón Jáuregui justificó el rechazo de su grupo a estas propuestas laicizadoras aludiendo, con desenvuelta desvergüenza, a la promoción de cierta "aconfesionalidad natural" y al rechazo de la "política laicista exagerada", que podría llevar a barbaridades como prohibir las procesiones religiosas. No hace falta decir, ¿o sí?, que una política laica constitucional y democrática jamás prohibiría ninguna procesión ni manifestación religiosa tradicional sino que, por el contrario, garantizaría que pudieran celebrarse con todas las facilidades. Pero, eso sí, sin la presencia de ningún represetante de las administraciones públicas en calidad de tal, ni con escoltas ceremoniales de los cuerpos de seguridad o las fuerzas armadas. Del mismo modo, biblias y crucifijos desaparecerían de las ceremonias de Estado como el juramento del nuevo Gobierno. Es esto, por lo visto, lo que el PSOE considera "laicismo exagerado". Mejor sería que dejaran en paz a los católicos y a la Iglesia, y que en cambio se comprometieran a a desarrollar una enseñanza obligatoria realmente laica, donde se expliquen la historia y cultura religiosa, claro, pero por profesores de historia y filosofía y sin ánimo proselitista; éste debe quedar para las iglesias, mezquitas y sinagogas.
 
Y esta vez el PSOE sí se ha puesto de acuerdo con el PP. No es de extrañar, porque siempre coinciden en la resistencia a los cambios auténticos que signifiquen progreso de la igualdad y la laicidad, mientras permanecen indiferentes o a la greña en lo demás, e incapaces de suscribir pactos de Estado serios. Así como Jáuregui se saca de la manga una absurda "aconfesionalidad natural" -¿natural como la fotosíntesis?-, el diputado Eugenio Nasarre proclamó que "no podemos dejar de llamarnos cristianos sean cuales sean nuestras creencias personales … es lo que somos, y no podemos dejar de ser". Salvo que se tratara de un sarcasmo para la galería, es una increíble majadería que ni la Iglesia puede compartir -¡todo lo contrario, basta con seguir lo que dicen los papas!: que el cristianismo retrocede en Europa, por ejemplo-, pero que sin duda hará muy felices a quienes creen que para ser algo basta con estar en algo. Y niega nada menos que la libertad de conciencia que nos permite y empuja a ser lo que creamos que debemos ser. ¿Y este es el PP que va a salvarnos del relativismo que tanto denuncian? ¡Santo cielo! Por si fuera poco, el laicismo consiste en lo contrario de lo dicho por Nasarre: en que el Estado y sus leyes se abstengan de intervenir en las creencias religiosas de sus ciudadanos.

 
Entonces, ¿qué diablos –lógica aquí la invocación al maligno- es una "política laica"? Pues algo muy simple que no tiene nada que ver con esas barbaridades, ni con los aspavientos de su colega María Teresa Fernández de la Vega en sus días comecuras. Un Estado laico es aquél que renuncia expresamente a instruir o corregir las creencias religiosas de sus ciudadanos, que considera un asunto provado, que no se entromete en su identidad religiosa (si la tienen) y que, por el contrario, se mantiene rigurosamente neutral en estas materias. Eso no tiene nada que ver con "ir contra el hecho religioso" (al modo en que la Iglesia si va contra el "hecho sexual", por ejemplo). Por el contrario, hay que propiciar su conocimiento en el sistema educativo obligatorio como cultura e historia de las religiones (ateísmo incluido, por supuesto), pero sin proselitismo religioso ni catequesis. Pues claro que un ciudadano español educado debe saber por qué Felipe II se arruinó en guerras religiosas, o qué diferencias hay entre catolicismo y luteranismo, y entre cristianismo y judaísmo, o en qué creen los budistas y musulmanes; otra cosa es que tenga que creerlo él.
 
Donde el Estado constitucional laico sí debe ser beligerante es en la lucha contra creencias y prácticas que, so capa de religiosidad, chocan frontalmente con los valores y reglas de la democracia: poligamia, inferioridad legal y moral de la mujer, educación sectaria, intolerancia del otro, homofobia y cosas así. Pero para eso es necesario tener claro que significan realmente religioso, laico y laicismo. Claro que igual deberíamos entonces indagar si algunas posiciones de diputados socialistas y populares, como las arriba citadas, no estarán muy alejadas no ya del laicismo, sino de la recta razón y del respeto a la verdad.

 

 

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