Acerca del aborto

Los dirigentes de la Iglesia Católica condenan el aborto a pesar de que en el Antiguo Testamentoson muchos los momentos en que Yahvé no duda en ordenar la muerte de mujeres, de niños e incluso de mujeres embarazadas, a pesar de que la unión de dos células no es todavía un ser humano, y a pesar de que, en el caso de que lo fuera, el aborto sería la mejor garantía de que tal ser humano fuera a unirse eternamente con Dios sin poner en riesgo su “eterna salvación” como consecuencia de la posibilidad de morir en pecado mortal, lo cual implicaría su “eterna condenación”.

La reproducción de la vida humana se realiza a partir del momento en que las células sexuales masculina y femenina, espermatozoide y óvulo, se unen formando una sola célula llamada cigoto. A partir de dicha unión, el cigoto comienza un proceso de multiplicación y de diferenciación celular de acuerdo con las instrucciones genéticas existentes en él, proceso al final del cual y al cabo de alrededor de nueve meses nacerá un nuevo ser humano.

1. El concepto deaborto hace referencia a la interrupción natural o provocada del embarazo antes de concluido el plazo a partir del cual nacería un nuevo ser humano, apto para vivir de manera autónoma aunque con la ayuda de otros seres vivos, como especialmente la de su madre, que le proporcionen alimento y unas condiciones adecuadas para su supervivencia.

En cuanto el aborto puede ser involuntario o voluntario, en relación con este último se ha planteado la cuestión de si es moralmente aceptable y, en el caso de que así se considere, en qué supuestos o hasta qué momento del desarrollo del feto lo sería. Se suele considerar que la respuesta a esta cuestión depende de cuándo se considere que se está ante un ser humano y cuándo no, entendiéndose en líneas generales que el aborto voluntario sólo sería moralmente aceptable en el caso en el que el organismo vivo cuyo proceso de desarrollo se interrumpiera no fuera todavía un ser humano, sino sólo una agrupación celular diferente.

2. Moralidad o inmoralidad del aborto.

 Entre las perspectivas relacionadas con la licitud o ilicitud, moralidad o inmoralidad del aborto se hará una breve referencia a la científica (2.1), pero lo que aquí se va a tratar especialmente de manera crítica es del punto de vista de los dirigentes de la Iglesia Católica (2.2).

2.1. Las diversas culturas en los distintos momentos de la historia han mantenido puntos de vista muy diferentes acerca del momento de la gestación en el que puede hablarse de la existencia de un auténtico “ser humano” como resultado de las transformaciones que se producen a partir de la unión de las células sexuales que podrían culminar en el nacimiento de un niño.

En relación con esta cuestión y después de muchos años de discusión infructuosa, todavía en la actualidad sigue habiendo una controversia que lo único que demuestra, si acaso, es lo absurdo de pretender fijar un momento mágico en el que se produciría dicha transformación en lugar de aceptar que esa cuestión en el fondo tiene carácter convencional, pues, al margen de doctrinas religiosas basadas en creencias dogmáticas, es evidente que entre el momento en que se produce la unión de un espermatozoide y un óvulo, y el momento en que esa unión celular o cigoto alcanza un cierto desarrollo, a partir del cual puede decirse que nos encontramos ante un ser humano, existe un tiempo en el que afirmar o negar que nos encontremos ante tal ser humano dependerá del concepto que se tenga de ser humano, al margen de que los dirigentes de la Iglesia Católica defiendan ahora –que no siempre- que el simple cigoto ya lo es. Pues, del mimo modo que las células sexuales por separado no constituyen un ser humano, no parece que tenga sentido considerar que su simple unión lo sea –como si de pronto la supuesta divinidad católica hubiera insuflado a dicha unión celular un “alma” espiritual a la que de forma más o menos explícita se refieren cuando hablan de “ser humano”-, ni tampoco que una estructura formada por cuatro, ocho o dieciséis células lo sean. Ese simple hecho demuestra la imposibilidad de señalar un momento exacto a partir del cual pueda afirmarse que se está en presencia de tal ser humano. Esto mismo puede comprenderse igualmente si la cuestión se plantease desde una perspectiva simplemente aritmética y alguien pretendiera proclamar de manera categórica: “La unión de x número de células todavía no es un ser humano, pero la de x células + 1 célula ya lo es”. Tal afirmación resultaría al menos desconcertante y arbitraria en cuanto no se diera una explicación acerca del criterio que se había seguido para alcanzar la conclusión correspondiente. En este punto parece que lo único evidente es que antes del comienzo del ciclo de multiplicación celular, el espermatozoide y el óvulo ya existían como formas de vida, y que del mismo modo que nadie diría que esas dos células por separado constituyan un ser humano, por lo mismo no tendría sentido afirmar que inmediatamente después de su unión lo constituyan, aunque estén más cerca de llegar a serlo y aunque a lo largo de un proceso de multiplicación celular haya un momento en el que pueda decirse que ya lo constituyen.

En relación con esta cuestión los científicos han diferenciado diversas fases de desarrollo del cigoto, como son las de pre-embrión, embrión, feto y neonato, por nombrar sólo las más representativas. El desarrollo natural del cigoto dará lugar en último término al alumbramiento del neonato, y será después del alumbramiento cuando el neonato será legalmente reconocido como persona. Pero referirse al momento mágico antes del cual no hay ser humano y después del cual sí lo hay es simplemente una pérdida de tiempo en cuanto la opinión que se defienda depende de criterios subjetivos o culturales, o simplemente es un punto de vista que tiene carácter convencional y, por ello mismo, no admite una solución matemática.

Por lo que se refiere a esta cuestión, la jerarquía católica ha defendido a lo largo de los siglos teorías muy diversas acerca del momento en que, a partir de la unión entre un espermatozoide y un óvulo, puede afirmarse la existencia de vida humana. Así, por ejemplo, el concilio de Vienne, en el año 1312, consideró que este cambio se producía al final del tercer mes después del embarazo, mientras que en 1869 Pío IX consideró que la vida humana comenzaba a partir de la formación del cigoto y, en consecuencia, proclamó que el concepto de aborto era aplicable a cualquier momento de la interrupción del embarazo, pues sería en el momento de la formación del cigoto cuando Dios crearía un alma inmaterial para ese minúsculo ser, resultado de la unión de dos únicas células.

Antes de seguir adelante en el análisis de esta cuestión conviene atender al hecho de que esta contradicción de opiniones entre el Concilio de Vienne en el siglo XIV y la doctrina de Pío IX en el siglo XIX, pone en evidencia –una vez más- el carácter absurdo del dogma de la infalibilidad del papa: En efecto, si tal dogma fue declarado por un concilio –el Vaticano I en el año 1870, presidido por el papa Pío IX, pero vemos al mismo tiempo que ese mismo papa niega el valor a la doctrina aprobada en otro concilio, como lo fue el de Vienne en el siglo XIV, el problema que tal situación plantea es el siguiente: ¿Cómo puede basarse en un concilio la verdad del dogma de la infalibilidad del papa, cuando previamente un papa ha relativizado el valor y la infali-bilidad de las doctrinas conciliares, tal como sucedió cuando, por ejemplo, en 1869 el papa Pío IX negó el valor la resolución del concilio de Vienne (siglo XIV), según la cual el embrión humano sólo podía considerarse como ser humano a partir del tercer mes, negando en consecuencia la infalibilidad del anterior papa al defender otra doctrina conciliar? Dicho de manera esquemática: Si un concilio puede llegar a conclusiones erróneas, la conclusión conciliar según la cual el papa es infalible cuando habla ex cathedra en materia de fe y costumbres, puede ser igualmente errónea. Por ello también, en cuanto la jerarquía católica defiende el dogma de la infalibilidad de los Concilios y el de la infalibilidad del Papa, y en cuanto el Concilio de Vienne y las declaraciones del Papa Pío IX en 1869 se contradicen, la jerarquía católica estaría proclamando como dogma de fe la verdad de tal contradicción, lo cual no contribuye mucho a la solución del problema, ya que, como dice la Lógica, a partir de una contradicción se deduce cualquier cosa, por lo que se podría deducir como consecuencia la negación de las doctrinas de Pío IX así como las del concilio de Vienne.

Precisamente esa misma contradicción entre ambas doctrinas de la secta católica, la del concilio de Vienne y la del papa Pío IX, es una demostración más del carácter arbitrario y convencional que tiene el señalar un momento exacto en el que, a partir de la unión de dos células sexuales, pueda hablarse de manera inequívoca de la presencia de un nuevo ser humano. 

A pesar de estas consideraciones críticas, en consecuencia con el punto de vista de Pío IX y en contra del punto de vista del concilio de Vienne, la jerarquía católica actual considera que el cigoto es ya un ser humano y que, por ello mismo, el aborto voluntario en cualquier fase del embarazo es un asesinato, una de las manifestaciones de la “cultura de la muerte”, según expresión del papa Juan Pablo II.

Pero, en relación con los planteamientos de la jerarquía católica y al margen de la contradicción en que incurre, tiene interés considerar dos cuestiones:

En primer lugar, tiene interés reflexionar acerca del problema que plantea el aborto de un supuesto ser humano cuando se tiene en cuenta que, de acuerdo con el dogma de fe relacionado con “la vida eterna”, cualquier ser humano muerto antes de tener uso de razón va directamente al Cielo a gozar de la vida eterna. Ahora bien, teniendo en cuenta que, según las doctrinas de la Iglesia Católica, como consecuencia de morir en “pecado mortal” un ser humano incurre en “sentencia de eterna condenación”, en el caso de que uno creyese firmemente tal doctrina, ¿no sería un acto de auténtica caridad tratar de evitar a los niños el gravísimo peligro de morir en pecado mortal y de ser castigados al fuego eterno, enviándolos por el contrario a gozar directamente de la Vida Eterna? Al fin y al cabo, ¿qué valor puede tener la vida terrena en comparación con la vida eterna? Ciertamente ninguno, por muy feliz que en ésta se pueda llegar a ser. Además, si se tiene en cuenta que, según dijo Jesús, “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”, ¿para qué asumir el riesgo de vivir esta vida terrena después de la cual uno podría ser finalmente condenado al fuego eterno? ¿No sería incomparablemente mejor y más seguro morir lo antes posible, siendo ya un “ser humano”, y gozar inmediatamente de la vida eterna, especialmente ahora que además el papa “ha suprimido” el “limbo” del que hasta no hace mucho se hablaba como del lugar al que iban los niños muertos sin haber sido bautizados? Estos razonamientos podrán parecer muy extravagantes y  osados, pero ¿acaso son absurdos? Por lo menos no deberían parecerlo a todo aquél que de verdad creyese en esa supuesta vida eterna acompañada de ¡eterna felicidad![1]

Y, en segundo lugar, por lo que se refiere al trato dado a los niños, teniendo en cuenta la asombrosa diferencia existente entre la actuación de Yahvé en el Antiguo Testamento y la que los dirigentes de la secta católica dicen defender en la actualidad, es una contradicción que en el Antiguo Testamento el propio Yahvé -o diversos personajes bíblicos especialmente importantes- no tuviese inconveniente en asesinar cruelmente a cientos de miles de niños, no dejando a nadie con vida[2], sin que dieran la menor importancia a esas muertes –lo cual, sin embargo, sí era especialmente grave, ya que en aquellos momentos los escritores bíblicos creían en líneas generales que la vida terrena era la única de que disponíamos y que la muerte era definitiva, no imaginando la posibilidad de la existencia de una vida más allá de la muerte, por lo que dicha muerte aparecía en muchos casos como un final realmente trágico[3] frente al enfoque actual de los dirigentes de la secta católica, que, a pesar de aceptar en teoría que el Antiguo Testamento es tan “palabra de Dios” como el Nuevo, dicen escandalizarse y condenan con furor el aborto de un pre-embrión o de un embrión, cuya realidad como ser huma-no no sólo es objeto de polémica por parte de los científicos sino que fue negada incluso por la misma jerarquía católica de otros tiempos.

Por ello, teniendo en cuenta esta valoración antitética de la vida terrena, la forma de actuar de los dirigentes católicos transmite la impresión de que en realidad son ellos quienes en verdad no creen en esa “vida eterna” de la que tanto hablan, como, de hecho, tampoco creían los autores de la mayor parte de libros del Antiguo Testamento, y que, por ello, parecen considerar de una gravedad extrema la interrupción de la vida terrena de esos seres humanos en formación, como si estuvieran convencidos de que no van a tener otra, a pesar de que, en el caso de que esos embriones todavía no fueran humanos, eso no les plantearía ningún problema de conciencia, y a pesar de que, en el caso de que lo fueran, se les estaría enviando a disfrutar de la vida celestial sin necesidad de pasar por los sufrimientos de “este valle de lágrimas” y por los peligros de caminar hacia su condenación eterna.

2.2. Por lo que se refiere a la primeracuestión, la que se relaciona con el contraste radical entre la absoluta crueldad con que en el Antiguo Testamento se muestra a Yahvé, matando despiadadamente a niños inocentes, y la actitud de la jerarquía católica, que manifiesta tanta preocupación por la vida de seres de los que ni siquiera puede demostrar que sean humanos, pare-ce que lo único que podría concluirse es, en primer lugar, la paradoja de que mientras en los pasajes del Antiguo Testamento en que se considera que la muerte terrenal es una muerte definitiva, hay además por parte de Yahvé –o por parte de quienes escribieron estas salvajadas y la de quienes las han considerado “palabra de Dios”- un enorme desprecio contra esa vida terrena de mujeres y de niños, que no serían responsables de nada, en el Nuevo Testamento, donde ya se cree en una vida eterna, se defiende, sin embargo, el carácter sagrado e inviolable de la vida humana terrenal –en esos discutibles comienzos- como si en realidad no creyeran en aquella otra de carácter celestial, cuya existencia sería la única deseable.

En cualquier caso, tiene interés mostrar algunos pasajes de aquella “palabra de Dios”, en donde se muestra ese trato según el cual, si la vida terrena fuera sagrada, sería una contradicción que Dios hubiera ordenado tales asesinatos, que, efectivamente, aparecen en el Antiguo Testamento, ordenados directa o indirectamente por Yahvé –según los autores bíblicos tal como puede comprobarse en los siguientes pasajes:

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[1]Estos razonamientos son tan evidentemente irrefutables que sus conclusiones son aplicables no sólo a los embriones y a los fetos sino incluso a los niños que todavía no tienen uso de razón, y que, en consecuencia, no tendrían capacidad de pecar: La muerte de estos niños sería su garantía más absoluta de que iban a gozar de una vida de felicidad eterna, según los dogmas de la Iglesia Católica, mientras que el permitirles seguir viviendo equivaldría a lanzarlos a una aventura especialmente peligrosa que podría terminar fácilmente en la eterna condenación de tales niños, pues al hacerse mayores podrían pecar y morir en pecado mortal. Por ello, parece que o bien es el egoísmo o bien la falta de fe en tales dogmas lo que lleva a los teóricos creyentes a querer preservar la vida de los niños en lugar de enviarlos directamente al Cielo. Es una suerte para los niños que el amor y la fe de sus padres no llegue a tal extremo.   

[2] Como ejemplos de la crueldad de Yahvé puede hacerse referencia a alguno de los numerosos pasajes en que ésta se manifiesta, tales como los siguientes:

     a) “El Señor me dijo: […] Les haré comer la carne de sus hijos y de sus hijas, y se devorarán unos a otros en la angustia del asedio y en la miseria a que los reducirán los enemigos que buscan matarles” (Jeremías, 19:1-9);          

     b) “Y pude oír lo que [el Dios de Israel] dijo a los otros:

    -Recorred la ciudad detrás de él, matando sin compasión y sin piedad. Matad a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, hasta exterminarlos” (Ezequiel, 9:5-6).

[3]Una prueba evidente de esto es que Yahvé promete a quienes le son fieles una larga vida o una descendencia numerosa –como las arenas del mar-, pero no la vida eterna, hasta que a alguien se le ocurrió esa fantástica y atractiva idea y la fue plasmando en algunos escritos del Antiguo Testamento y en todos los del nuevo. En este sentido, se dice en Jeremías: “Como las estrellas del cielo que no pueden contarse, o como la arena del mar que no puede medirse, así multiplicaré yo la estirpe de mi siervo David y la de los levitas mis ministros” (Jeremías, 33:22).

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