Acabemos con la Semana Santa ya: por qué nadie se atreve aunque sea lo más lógico

Estamos todos hechos polvo. Miro a mi alrededor y veo el cansancio de los que no han tenido ni un día de fiesta en más de tres meses, mezclado con el atontamiento de la astenia primaveral. Nos cuesta reconocerlo, pero he visto a mi alrededor demasiadas personas cabeceando en el metro o cayendo víctima de esas enfermedades que uno pilla cuando tiene bajas las defensas, signo inequívoco de que se necesita un descansito. Y si los adultos estamos agotados a causa de un calendario festivo que ha provocado casi casi el mayor vacío de descanso entre Reyes y Semana Santa –el récord se encuentra en cinco días más–, ni hablemos de los adolescentes.

En los últimos días he oído a varios profesores quejarse de lo mismo: que la Semana Santa caiga tan tarde ha provocado un “caos” organizativo y pedagógico. Especialmente para los alumnos de Bachillerato, que deben enfrentarse a la segunda evaluación, la tercera, la cuarta y las pruebas de acceso a la universidad en un período de apenas unas semanas. Algo aún más difícil en Madrid, donde se juntan otros festivos (el 1 y el 2 de mayo, fiesta de la Comunidad; el 15, San Isidro) además de otros hitos del calendario, como las pruebas de evaluación de tercero de primaria y cuarto de ESO. Vamos, que uno puede pasarse estos meses de examen en examen sin recibir una sola lección.

“Se van a ir de vacaciones de Semana Santa y entre unas cosas y otras no van a volver a enchufarse hasta el 5 de mayo”, lamenta una profesora. Otro recuerda que gran parte del caos se origina al haber pasado los exámenes de septiembre al mes de junio. Esta medida vigente en regiones como Madrid, La Rioja, Navarra o País Vasco, que tiene como objetivo evitar que los alumnos suspensos pasen todo el verano estudiando –pista: quizá “todo el verano” sea decir mucho– al final ha terminado derivando en que apenas dispongan de tiempo para prepararlos. Mientras tanto, como se han quejado sindicatos y organizaciones de padres, el resto de alumnos que han aprobado se dedican a “no hacer nada”.

Si bien es cierto que la Semana Santa siempre ha sido así, una festividad religiosa cuya ubicación en el calendario depende tal cual de los ciclos de la luna, quizá vaya siendo hora de plantearse que tal vez la astrología no sea el mejor criterio para optimizar el rendimiento pedagógico de los estudiantes. No tengo particularmente nada en contra de que se trate una fiesta religiosa, que al fin y al cabo es un criterio tan bueno o malo como cualquier otro (con la Navidad no hay ningún problema), pero sí con que su arbitrariedad sea tan determinante en los usos y costumbres de los españoles.

Porque en eso también somos un poco ‘different’, y nuestro calendario escolar sigue siendo bastante distinto al del resto de Europa, que cada vez se decanta más por el modelo de los seis períodos de descanso. Es lo que ocurre en Alemania, que cada ‘land’ decide la duración de las mismas, o Reino Unido, donde las vacaciones llegan con puntualidad inglesa: una semana de descanso cada seis. Pasar 15 semanas –casi cuatro meses– sin un solo día de asueto, como ha ocurrido en España este año, es impensable. Cierto es que en estos países suelen acortar las vacaciones de verano, algo difícilmente implantable en el nuestro debido a ese calor que provoca que a menudo junio sea un mes educativamente achicharrado.

Diversas comunidades han intentado implantarlo así en nuestro país. Cantabria, por ejemplo, eliminó las vacaciones de Semana Santa durante el curso 2017/2018 y la recuperó al siguiente para cuadrar su estructura de calendario escolar de cinco bimestres con descansos. Recientemente, UGT ha propuesto en Castilla y León un modelo con cinco períodos de vacaciones “para evitar la fatiga mental” que contaría con semana de otoño (28 de octubre a 1 de noviembre, aproximadamente), Navidad (23 de diciembre a 7 de enero), Semana Santa/Carnaval (24 a 28 de febrero), Semana Santa (24 de abril a 1 de mayo) y verano en julio y agosto.

Aragón intentó constituir su propio calendario escolar a la europea el pasado año, impulsado por el sindicato CSIF, mayoritario en la mesa sectorial de educación. La propuesta era muy similar a la de Cantabria –un mayor número de descansos pero más repartidos a lo largo del año– pero se encontró con las reservas de los padres que, como recogió el ‘Heraldo de Aragón‘, no tenían clara su utilidad: “Las asociaciones de padres y madres (tanto de la educación pública como de la enseñanza concertada)”, explicaba el medio local, “consideran que podría complicar aún más la ya de por sí compleja conciliación de la vida familiar”. Con la Iglesia –la que realmente manda, la empresarial– hemos topado.

Una vida, dos ritmos

Gran parte de las resistencias que la sociedad española tiene al cambio, y de los problemas soterrados que muchas veces no se verbalizan en el debate público, se reducen a una cuestión de conciliación, por no decir de abuso por parte de las empresas. Básicamente, los padres trabajan mucho, a menudo más de lo que les pagan, y no tienen con quién dejar a sus hijos. Un problema que se encuentra también en la animadversión que generan los supuestos horarios privilegiados de los profesores españoles, como si ellos tuviesen la culpa de que el calendario educativo y el laboral fuesen cada uno por su ladosin que desde las administraciones se haga nada por evitarlo.

Suele ser más bien al revés. La mayoría de decisiones tomadas para supuestamente favorecer la conciliación, como el recién implantado cheque guardería de la Comunidad de Madrid, no hacen nada por acabar con la centralidad del trabajo: para optar a este beneficio, por ejemplo, es necesario que los padres trabajen, lo que desprotege a las madres solteras, que probablemente sean las que más lo necesiten. El resultado es que al final, el bienestar de los alumnos y todo aquello que podría revertir en una mejor educación queda condicionado a los horarios impuestos a sus padres.

Hay un vicio entre los políticos que resurge cada vez que llegan las elecciones, y es su costumbre de inventar nuevas asignaturas que nadie ha pedido. En esta ocasión se ha tratado de la de Constitución Española propuesta por Albert Rivera, que entiende que hace falta añadir aún más tralla a un currículo tan saturado que los profesores se las ven y se las desean para impartir todo el contenido. Es otra muestra más del pensamiento mágico tan propio de la política, que una vez más, olvida remangarse para hacer frente a los verdaderos problemas mientras nos intenta vender que el espacio, el tiempo y los recursos, en campaña, son infinitos.

Héctor G. Barnés

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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