Abuso de religiosidad

            Con el fin de semana santa y la vuelta a la cruda realidad cotidiana, nos llegan mensajes , entre la confidencia y la denuncia amarga, a los grupos laicistas de Jaén. Una parte creciente de la ciudadanía siente su religiosidad escasamente representada en estos fastos, si no directamente utilizada en contra de su condición de persona trabajadora empobrecida. De Úbeda , además de la petulante ostentación del catolicismo, nos llegaba una anticipada cuaresma con visos estético- turísticos que desoye los más crudos tañidos de la crisis . De Jaén ciudad, la extensión de imágenes por parques o deportivos además de ¿otro estío procesional? En Linares se repite como por ensalmo, cual en años anteriores, cierta desaparición de la grave crisis social, quizá delegada por ahora a instancias celestiales.

            Entendemos los sentimientos de la gente sencilla necesitada de resarcirse, por momentos de sus soledades y miserias, con clamores colectivos de brillo primaveral y ropa de reestreno. Pasemos con discreción sobre la manida dialéctica entre la tradición, el arte, el turismo con su aporte a la crisis. Dejemos de lado incluso de las molestias para propios y extraños, de arbitrarios cortes de tráfico o ruidos extemporáneos durante los largos ensayos. Hoy tratemos de centrarnos en la quejas que, con tierna discreción, nos llegan de personas que compatibilizan sus sentimientos cristianos con su condición ciudadana. Tengo muy presente al grupo de García, Fernández, Parrilla, Méndez y compañía, que, más que en estas fechas, se hacen notar cuando la creciente inseguridad en el menguante trabajo se cobra vidas humanas. Serán los signos de estos tiempos, en que lo que no se airea no se aprecia y se olvida pronto. Sea ese el empeño de estas palabras.

            Hace apenas unas semanas coincidía en un acto con el cura obrero Evaristo Villar. Al oírlo hablar surgía en mi mente el testimonio ejemplar pero continuado de él mismo, de Diamantino o de tantos cristianos de base, mujeres u hombres, seglares o sacerdotes que contribuyeron a redimir aquella imagen de la iglesia franquista. Se ha olvidado que, sin esa otra iglesia de base que sufrió prisión en Zamora, la iglesia oficial, con sólo Tarancón (al paredón), hoy no luciría estos brillos efímeros en su declive. Esa versión religiosa que hoy reunifíca la apariencias del poder político con el religioso y sus tonos militares, sigue siendo contestada. Frente a esa espiritualidad vertical y jerárquica, atrofiando la solidaridad que compromete en proyectos colectivos, crece la voz de quienes (creyentes, ateos o agnósticos) propician el diálogo humanista de aquellos tiempos. Ese es el elemento común de los testimonios recibidos: la utilización de la religiosidad como elemento de aislamiento y encono social. Detallan referencias directas a congregaciones religiosas integristas con miembros destacados en las organizaciones económicas o políticas que encarnan recortes económicas y de libertades. No faltan alusiones al uso instrumental de la religiosidad más huera con determinada opción política retrógrada o con aquella otra que traga con todo por mantener el poder.

            Personas de Comités Óscar Romero insisten en hacernos llegar realidades distintas de América Latina. Junto al testimonio del asesinado arzobispo, refieren todas las luchas de los seguidores de la Teología de la Liberación. De la misma manera difunden información que contrarresta la parcial o engañosa que recibimos sobre Colombia, Honduras, Haití, Venezuela y demás países. Aportan magníficos testimonios prácticos y teóricos de comunidades de dicho continente para emanciparse del yugo colonial de las multinacionales que vienen esquilmando sus riquezas naturales.

            No faltan quienes me han documentado sobre la inexacta interpretación marxista de la religión como opio del pueblo. En 1.844 expresa su visión más detallada al respecto: “La angustia religiosa es al mismo tiempo del dolor real y de la protesta contra él. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón del mundo descorazonado, tal como lo es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio del pueblo”. De esta manera como en tantas otras ocasiones, con Gramsci, Luxemburgo y demás, han separado claramente la religiosidad de las gentes del uso interesado que de las creencias han hecho los poderes clericales y aliados. Frente a tal connivencia, con frecuencia fraticida, ha prevalecido la inteligencia y la razón de personas de distinto pensamiento que han ido abriendo sendas de progreso y convivencia. Tal es lo que vienen reclamando quienes hoy llaman su atención, como parte afectada, por el citado abuso de la religiosidad.

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