Abre en Estambul la mayor mezquita de Turquía con la que Erdogan busca la posteridad

La gran mezquita de Çamlica, colofón espiritual a los megaproyectos de Recep Tayyip Erdogan, se abrió ayer al culto en el lado asiático de Estambul. Se trata del mayor templo en activo de Turquía –con capacidad para decenas de miles de fieles– y ha costado sesenta millones de euros. Aunque fue el presidente turco quien colocó la primera piedra, hace cinco años y medio, ayer delegó en Binali Yildarim la participación en el rezo de madrugada. No en vano, su fiel escudero y exprimer ministro, es ahora el candidato de su partido (AKP) por Estambul en las elecciones municipales del 31 de marzo.

Ayer la manera más rápida de acercarse a la Anatolia profunda sin salir de Estambul era ascender hasta esta colina de Üsküdar, tomada por los votantes devotos de Erdogan. Pueblo llano en ropa de diario, junto a imanes acicalados con aire de casar a la hija. Las únicas mujeres que no se cubrían el pelo, las mujeres policías.

Esta mezquita tuvo una inauguración para las cámaras hace dos años, pero sus puertas sólo están abiertas desde ayer. De hecho, aún no está acabada la parte laica del complejo –más osada– que incluye un centro de conferencias, un museo, una sala de arte, jardines y fuentes y una biblioteca en la que ayer colocaban en las estanterías libros como –leo al azar- Turquestán.

En una ciudad trufada de mezquitas monumentales, como la del sultán Ahmed, la del Conquistador o la de Solimán –por no hablar de la antigua iglesia de Santa Sofía– era difícil encontrarle un hueco al más mimado de los megaproyectos de Erdogan. Aunque Üsküdar cuenta con algunas de las mezquitas más antiguas, ninguna rivalizaba en tamaño y ninguna tenía seis minaretes.

Hasta ahora, cuando la blancura de la Anatolia Çamlica, en el punto más alto de la ciudad, salta a la vista desde la otra orilla.

Pero ayer el monumento tenía todavía todo lo contrario a la pátina. Columnas aún rasposas y un polvillo de obras que arruinaba el abrigo de quien se apoyara. La mezquita, inspirada en la arquitectura clásica otomana, está firmada por dos arquitectas turcas, Hayriye Gül Totu y Bahar Mizrak. Es un déjà vu, aunque con detalles decorativos afortunados. Detrás, un monte de los Olivos de antenas. Enfrente, un mirador desde el que se divisa el Bósforo y el primer skyline de Europa, con dos Manhattan en construcción.

En el gran atrio de abluciones, Hikmet, profesor de sociología, se suelta: “La ha construido mi presidente y es maravillosa”. Preguntado sobre cuánta gente aquí debe votarle, no vacila: “El 99%”. “Una preciosidad de arquitectura”, añade Mahmud, un jubilado que ha venido de Capadocia con su rosario. “Pero ponerle el nombre de Erdogan sería un problema político”. Hikmet aprueba con la cabeza. “Esta noche seremos veinte mil. ¿No vendrás? ¿No? ¿No serás armenio?”.

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