Aborto: lo que la iglesia oculta

Quienes permitieron que, desde sus ondas, se defendiera la masacre de Irak…

Quienes condenaron a muerte a niños ahora felizmente salvados por las células madre…

Quienes, durante siglos, alimentaron las hogueras con los cuerpos de los que desafiaban sus dogmas… 

Quienes bendijeron la “Cruzada” y apoyaron la dictadura de Franco a sabiendas de sus asesinatos diarios… 

… ¡Sí, son los mismos que hoy se presentan como paladines del “derecho a la vida”! 

Ante este cinismo, revuelve las tripas escuchar la vocecilla de eunuco de Martínez Camino en sus proclamas vacías “a favor de la vida”. 

Y, lamentablemente, la iglesia católica oculta sus verdaderos argumentos, de índole teológica. El resucitado debate del aborto es tan solo una nota suelta en la sinfonía desafinada de la dogmática vaticana. 

Así, con una amplia educación sexual en las escuelas y acceso a los anticonceptivos en los centros de enseñanza se evitarían muchos abortos. Pero esto choca con la teología católica: el sexo, fuera del matrimonio y ajeno la reproducción, es pecado mortal y nos acarreará el martirio eterno en el más allá. Así, como suena. 

Obviamente, no pueden aparecer en los medios hablándonos de “pecado mortal”, “condenación eterna”, etc. Como esto provocaría cataratas de hilaridad, los obispos lo ocultan bajo la capa del “derecho a la vida”, “la dignidad del embrión” y demás fraseología tan florida como huera, aunque la vida, en el fondo, les importe un rabanillo. 

No olvidemos que lo que de verdad interesa al Vaticano es el poder y el dinero. El renacido debate sobre el aborto constituye solo otro “banderín de enganche” como en su día lo representó el miedo al infierno o, los pasados meses, el “derecho de los padres a educar a sus hijos”. 

De este modo soliviantarán a miles de personas bienintencionadas, agitarán la sociedad y, dentro de poco, créanme… pedirán dinero. 

Tan grave como lo anterior es la condena de la iglesia a la selección de embriones. De nuevo el Vaticano oculta sus verdaderos argumentos, de naturaleza teológica. Silencian que, para ellos, lo que otorga carácter de “vida humana” a un embrión es la inoculación, por parte de Dios, de un alma inmortal en el instante de la concepción. 

Sin duda es una idea que debemos respetar, pero intentar imponer la teología sobre los avances médicos y la vida constituye una aberración medieval. Por ello, con la maña de un tahúr de Kansas City esconden su verdadero argumento, el teológico, y sacan de la manga el naipe emocional del lince ibérico. 

Obviamente, llamar “ser humano” o “hermanos” a unas simples células es una idea muy discutible. Otra cuestión es que, a medida que se van desarrollando, se opere una progresiva protección que devendría plena en el momento del nacimiento. Y, de cualquier manera, impedir que un conjunto de células salven la vida de un ser humano con nombre y apellidos, me parece una cruel sandez. 

De cualquier modo, convendría que la iglesia católica dejara de ocultar sus verdaderas razones… simple teología plasmada en requiebros morales y en la idea de un alma inmortal insuflada por Dios al embrión. Debemos respetar esas ideas, sin duda. 
Pero resulta espeluznante anteponerlas a la ciencia y, desde luego, considero indecente ocultarlas bajo gorgoritos demagógicos a la “ley natural”, “la vida” y el lince ibérico. 

Gustavo Vidal Manzanares es jurista y escritor 

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