Aborto: Iglesia Católica, culpable

Un anciano monje budista encabezó el movimiento rebelde de «Los turbantes rojos» y, en 1386, fundó en Nankin la legendaria dinastía Ming. En aquella época de prosperidad pero, a la vez, de tiranía, se acuñó la expresión

Desgraciadamente, entre el lujo y las buenas intenciones, se escondía, no pocas veces, el acero afilado y mortal. Algo así sucede con la iglesia católica y su pintoresca posición respecto al aborto. Entre el jade del “derecho inalienable a la vida”, los “derechos del nasciturus” y demás frases hechas, se oculta su espadazo de muerte y dolor.

Y es que la posición de la iglesia sobre el aborto aparece engarzada e inseparable a sus mandatos sobre los anticonceptivos, las relaciones sexuales y la información sexológica. Todos sabemos que la iglesia se opone a los métodos anticonceptivos. También predica que las relaciones sexuales han de producirse “en el ámbito sacramental del matrimonio” y, fundamentalmente, con fines reproductores. Además, no se les percibe muy entusiastas ante la idea de que en las escuelas se imparta educación sexual.
Lamentablemente, este cóctel vaticano de “no al aborto a la vez que no a los anticonceptivos y no a la información sexual en las escuelas” resulta tan venenoso como un litro de cianuro. La historia muestra que el resultado ha sido un aborto sórdido y clandestino (salvo para quien podía viajar a Londres) así como penosas consecuencias legales y de salubridad.

Sin embargo, el escenario holandés brilla de sensatez y liberalismo. Sana consecuencia de ello es su bajo índice de abortos y, no debemos olvidar, que el aborto es un drama que empieza con un embarazo no deseado y acaba como todos sabemos.
Así, en Holanda, país de libertades y de mentes abiertas donde ha florecido el Estado de bienestar, la planificación familiar se ha convertido en un fenómeno natural y, lo más importante, asequible al ciudadano. De este modo, en Holanda, sólo abortan seis de cada mil mujeres mientras que la media comunitaria se acerca al veinte por mil.

La razón de lo anterior es que Holanda se ha situado a la cabeza de la información en materia sexológica y de anticonceptivos, todo ello aliñado con amplias campañas en medios de comunicación. Recordemos, venciendo las ganas de llorar, los ataques feroces que sufrió la campaña del preservativo impulsada por Matilde Fernández.

Alejados de estas posturas rancias, en Holanda tan sólo son pagados, por los ciudadanos, los preservativos. El resto (DIU, diafragma, píldora, esterilización…) es sufragado por la Sanidad Pública. Todo esto, unido a la positiva información en escuelas e institutos (en el marco de una enseñanza pública y de calidad) convierte a Holanda en nuestro ejemplo a seguir dentro de una saludable ley de plazos.

La realidad evidencia, una vez más, lo funesto de algunas ideas apolilladas con pestazo a sobaco de sacristía y a muerte que, todavía, se escuchan en nuestra atormentada España.

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