Aberraciones

Aberración, del latín aberratio-aberrationis, significa, según la RAE en su primera acepción “grave error del entendimiento”. En su segunda acepción significa “Acto o conducta depravados, perversos, o que se apartan de lo aceptado como lícito”.

Transexual, según el mismo diccionario de referencia, significa, en su acepción primera, “Dicho de una persona: Que se siente del otro sexo, y adopta sus atuendos y comportamientos”. ¿A alguien esto último le parece aberrante?

La naturaleza es múltiple y diversa. De hecho, la diversidad es la esencia y la riqueza infinita de la vida. Ningún ser vivo es idéntico a otro. Ningún animal es idéntico a otro. Ninguna persona es idéntica a otra. Todos somos universos conectados, pero diferentes. Cada ser humano es un universo distinto, completo, luminoso en sí mismo. La sexualidad es un rasgo, sólo un rasgo más, que caracteriza a cada ser que vive. Y la sexualidad también es diversa. Estadísticamente, alrededor del 10% de la población es homosexual. Lo es ahora, lo será siempre, y ha sido así desde el principio de los tiempos. Y también existen seres asexuados, tanto en la especie animal como en la humana.

Y existen algunas personas que nacen con determinado sexo físico sintiéndose psicológica y emocionalmente del opuesto. También ocurre en determinados animales. Quizás es que en estos casos la naturaleza no ha acertado asignando el rol sexual a algunos individuos. Pero también es algo que forma parte de esa diversidad. Porque la vida no es una máquina de fabricar clones, sino todo lo contrario. Y también es natural, en la lógica de la búsqueda de la plenitud y la felicidad, que esos individuos busquen corregir ese traspiés biológico, que no significa nada más. Salvo para los católicos, que lo interpretan como una “aberración”, cuando, en mi opinión, la aberración es condenar a estas personas a estar encadenadas de por vida a un cuerpo que rechazan, y a la hipocresía suprema de inducirles a mostrarse ante los demás como lo que no son, algo en lo que algunos, no transexuales precisamente, tienen larga e intensa experiencia.

Manuela Rute es una transexual de Granada a la que el cura de la iglesia de la Encarnación de Illora ha denegado la confirmación, a pesar de ser adepta a la religión cristiana y estar recibiendo el correspondiente curso de catequesis. La joven afirma que el argumento que ha recibido ante tal negativa es que “el arzobispo considera que la transexualidad es una aberración para la Iglesia y una mutilación”.

Hablando de aberraciones y de mutilaciones, me gustaría que esos arzobispos, tan preclaros a la hora de excluir y despreciar a personas que no se avienen a sus rígidos y recios moldes, nos dieran su opinión sobre determinadas actuaciones que han acompañado siempre, durante siglos y siglos, el proceder de la Iglesia católica en España y en el mundo:

Quema de herejes, es decir, quema de todo aquel que no pensara en cristiano.

Quema de brujas, o dicho de un modo más objetivo, quema de mujeres cultas, libres o sabias.

Quema de gatos (muy habitual en la Edad Media con el increíble argumento de atribuirles poderes satánicos).

Guerras, cruzadas y genocidios.

Inducción al desprecio a la natura y a las especies animales en base al antropocentrismo en que sustenta el cristianismo su ideario.

Reclutamiento de adeptos a quienes se les despoja de su libertad y de su voluntad.

Persecución de la ciencia. En el siglo XIX frenó incluso la vacunación infantil alegando que las vacunas eran un arma del diablo.

Abuso sexual de menores, impunes aun en la actualidad.

Inducción al fanatismo y a la intolerancia.

Empleo de técnicas coercitivas físicas y mentales.

Inducción a la esclavitud psicológica.

Inducción al odio al diferente, a los adeptos a otra religión, o a los que no profesan ninguna.

Invención y uso de aparatos terribles de tortura para matar o interrogar a los reos de la Inquisición. Por ejemplo, jaulas donde se exponía a la gente al sol hasta perecer de sed, aparatos para despellejar vivas a las personas, o sillas y ataúdes llenos de clavos punzantes donde sentaban o introducían a las víctimas hasta la muerte; o el emparedamiento en vida; o el llamado “potro de la tortura”, donde estiraban el cuerpo de los interrogados hasta desencajarles todos los huesos del cuerpo hasta la muerte, o “la sierra”, con la que aserraban en dos a la gente con el cuerpo invertido, o el desgarrador de senos, o el aplastacabezas, o “la rueda”, con la que el condenado o “pecador”, desnudo, era estirado boca arriba en el suelo con los miembros extendidos y atados a anillas de hierro donde el verdugo asestaba golpes violentos hasta machacar todos los huesos del desgraciado de turno.

La lista sería muy larga. Una verdadera cámara de los horrores. ¿Quién habla de aberraciones? Decía el matemático y filósofo inglés Alfred North, que la religión es el último reducto del salvajismo humano. Y me pregunto, insisto, la opinión que tendrán los obispos de estas prácticas tradicionales y sistemáticas en la organización que lideran. Si las considerarán también “aberrantes”, como consideran a los seres humanos que, sin hacer daño a nadie, pretenden ser como de verdad se sienten.

Por mi parte, todo mi apoyo, mi solidaridad y mi cariño a los transexuales. Porque son personas que necesitan apoyo social y apoyo humano, porque todos ellos sufren enormemente y han sido objeto de rechazo, cuando no de burla o de escarnio.

¿Su pecado? No ser como los demás. Pero ¿quién es, en realidad, igual en todo a los demás? Todos somos, afortunada y felizmente, diferentes. Y esa es una de las grandes maravillas de la vida, le pese a quien le pese. Que nos cuenten los obispos dónde están el grave error de entendimiento y los actos y conductas depravados.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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