A vueltas con el crucifijo

Mejor no decorar las aulas con símbolos religiosos ni políticos, sino con los que aporten cohesión

Todavía colea (y seguirá haciéndolo) la polémica surgida acerca de la conveniencia de suprimir o instaurar por ley la presencia de los crucifijos en las paredes de las aulas de nuestros centros educativos. El obispo Algora ha argumentado que el crucifijo es poco menos que un detente, como aquel que llevaban los nacionales durante la guerra civil: una imagen del Corazón de Jesús acompañada de la leyenda «detente bala, el Corazón de Jesús está conmigo…», de dudosa eficacia al respecto, por cierto. Pero, en esta oportunidad, un detente ante el avance islámico en nuestra sociedad que, al parecer, es pan comido para el susodicho islam debido a nuestra pérdida de la identidad colectiva forjada alrededor de la cruz, siempre según el señor obispo.

Invoca el prelado las Cruzadas como uno de sus argumentos concluyentes, olvidándose, acaso, de la importancia comercial que la conocida como ruta de las especies tuvo en aquellos tiempos en los que la conservación de la carne porcina era fundamental en las dietas europeas. ¿Está determinado el actual expansionismo islámico, al menos en alguna medida, por alguna motivación de índole equivalente o es que todos los musulmanes que se suman a nuestra sociedad lo hacen, como los cruzados, en alas de un espíritu religioso y proselista? En fin, el asunto trae cola. Y seguirá trayéndola.
Es cierto, como argumentan no pocos, que en el artículo 16.2 de la Constitución se dice que nadie está obligado a declarar sobre su religión, pero es de suponer que eso equivalga a que nadie podrá impedir que alguien lo haga; es decir, que declare su religión e incluso la proclame con todo el aparato y las consecuencias que, una vez llevadas al extremo, tal hecho pudiera deparar. También es cierto, como argumentan los mismos, que ninguna confesión tendrá carácter estatal, pero es igualmente de suponer que tal afirmación, según no pocos, equivalga a que todas serán amparadas por el Estado, que deberá garantizar la libertad de fe religiosa.

Los italianos, que disponen de un catolicismo que se diría muy politeísta y bien organizado, han dispuesto que un signo no hace mal a nadie, y que en las aulas no sobra el de la cruz que, por otra parte, está repartida por todos los rincones de la geografía urbana e incluso de la rural. Y qué decir, por ejemplo, en la de Galicia, en donde los cruceiros señalan límites y cruces de caminos que existen desde la época castreña, dado que no se trata, ni más ni menos, que de los antiguos menhires, una vez debida o indebidamente cristianizados. Pues, aún así, la cosa no está tan clara.

La opción italiana está ganando adeptos. No pocos empiezan a pensar en que la solución sea la de admitir que pendan, de las paredes de las aulas españolas, todos los símbolos que los alumnos o sus padres acuerden reclamar. ¿Convivirían así la cruz y la estrella de David, la media luna y cualesquiera otros de otras religiones no reveladas? Es de suponer que sí, al menos en un principio. Pero, más tarde o más temprano, en algún momento, la presencia de los símbolos correspondientes a tres dioses únicos y verdaderos acabaría por suscitar las comparaciones que han ensombrecido la historia. Experimentos de tal índole los pudo llevar a cabo con resultado positivo el recordado maharajá de Kapurthala, en su lejano reino, en el que la libertad de religión constituyó un paradigma para todo el mundo. Aquí, aunque deseable, se hace difícil pensar que sería posible la convivencia de distintos símbolos religiosos en las aulas españolas. Venimos de una tradición más dada a la intolerancia, y a la falta de respeto por las creencias ajenas a las nuestras, que a la asunción del pensamiento múltiple, y solemos depositar en los santos la responsabilidad de nuestros actos. No porque sí, ni sin ausencia de razones o motivos, pero sí de argumentos racionales que los amparasen en sus prácticas, se dedicaron nuestras tropas, durante la insurgencia mexicana, a fusilar todas cuantas imágenes de la Virgen de Guadalupe encontraron. Lo hicieron en lo que se entendió como justa correspondencia ante los fusilamientos con que las tropas mexicanas se dedicaron a saludar las también imágenes de la Virgen de los Remedios que encontraron a su paso. Pues eso entre cofrades de la misma religión.

Somos gentes muy dadas a expresar nuestra religiosidad de modos tan curiosos como los que se recuerdan; gentes más dadas a la religiosidad, así entendida, que a la espiritualidad manifestada de otras maneras que se pudieran considerar menos expresivas. La presencia de crucifijos en las aulas acompañados de otros símbolos religiosos no tan ajenos a nuestra realidad como permiten suponer ocho siglos de presencia islámica en España, por puro cálculo estadístico, permiten suponer que esa otra gran aportación nuestra a la cultura, universalmente conocida como el rosario de la aurora, acabase por imponerse a los hábitos de convivencia pretendidos. Al fin y al cabo, el hombre es un animal de costumbres y hemos demostrado, al menos hasta la fecha, ser bastante animales al respecto. Quizá mejor no decorar las aulas con símbolos religiosos ni políticos, sino tan solo con aquellos que nos aportasen la cohesión social de la que aún carecemos y, sin duda, tanto necesitamos.

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