«A quien hay que culpar es a los obispos, a los cardenales, al Papa, que sabían lo que ocurría y no hicieron nada»

El diario La Vanguardia publica hoy una serie de testimonios de víctimas de religiosos pederastas que pondrían los pelos de punta a cualquiera. Y eso que ninguna relata las infames agresiones padecidas. Por el contrario, las víctimas de abusos cuentan cómo es su vida cotidiana o la de su familia tras una experiencia tan dura. Los relatos en los que lo cotidiano adquiere una dimensión traumática van del de un padre que nunca ha podido abrazar a su hija al de un jubilado por discapacidad pasando por las historias de cientos de familiares sepultados por el sentimiento de culpa. Con todo, lo sorprendente no es que la mayoría de ellos hayan perdido la fe o se declaren ateos sino que algunos hayan logrado perdonar.

Los testimonios recogidos por La Vanguardia empiezan por Arthur Budzinski, un hombre de 61 años que entre los 13 y los 14 sufrió los abusos del padre Lawrence Murphy, el sacerdote que ha puesto en jaque al propio Papa.

El Papa encubrió al padre Murphy
La semana pasada, The New York Times sacó a la luz documentación probatoria de que el entonces cardenal Joseph Ratzinger fue informado en 1996 de las 200 agresiones sexuales cometidas por el padre Murphy a niños sordos en el Saint John, un conocido colegio especializado en problemas auditivos. Budzinski era uno de esos niños que hace cuatro décadas fue violado reiteradamente por el sacerdote encubierto por el Vaticano. Pero mientras Murphy murió tranquilamente y siguió trabajando rodeado de niños hasta 1998, su víctima no puede permanecer en un lavabo público en el que hay un niño. Si alguno aparece, se marcha, relata.

Sin afecto filial
Este hombre nunca ha dado un beso o un abrazo a su hija Gigi, de 26 años, quien a su vez dice sentir asco al ver una escena afectuosa y filial. Budzinski ha denunciado los abusos del padre Murphy, aunque no deja de lamentar que muriera “libre, sin castigo”. Tarcisio Bertone, número dos de Ratzinger en su etapa frente a la Doctrina de la Fe, el ministerio que decide las expulsiones en el seno del Vaticano, inició en 1996 un proceso canónico y secreto para retirar al pederasta; sin embargo, éste se paralizó cuando el propio Murphy envió una carta al ahora Papa diciéndole estar viejo, enfermo y arrepentido. Una gran paradoja, como admite La Vanguardia, puesto que Benedicto XVI es el Pontífice que ha condenado con más contundencia, dentro de la media vaticana, la pederastia.

Contra la jerarquía
“Los curas paidófilos estaban enfermos. Creo que a quienes hay que culpar es a los obispos, los cardenales, al Papa, que sabían lo que ocurría y no hicieron nada, para mantener el bueno nombre de la Iglesia”, sostiene Mike Sneesby, un hombre de 54 años padre de tres hijos. Sneesby era transportista pero ha sufrido depresiones y estrés postraumático tras los abusos del padre Fred Bistricky, de la parroquia de Saint Agustin (Milwaukee), desde los 12 hasta los 15 años. Acabó jubilándose anticipadamente por discapacidad, y aunque entiende que la pedofilia es una enfermedad, no puede explicarse cómo las autoridades religiosas “trasladaron de parroquia en parroquia” a su verdugo.

Testimonio de perdón
Mark Salmon, otra víctima de abusos, de la escuela Saint John de Milwaukee, tiene 56 años y es asesor financiero. Su agresor no fue Murphy, sino otro cura con la misma enfermedad, Gary Kazmarek. Demasiadas coincidencias: Kazmarek “siguió violando a niños durante tres décadas”, lamenta este ateo confeso. En 1983, relata, fue detenido y estuvo preso hasta 1987. Sin embargo, en 2002 volvió a ser denunciado por sus delitos en una escuela de Kentucky. “Para ser honesto, le he perdonado, es un enfermo. Es la institución que le permitió hacerlo durante treinta años la que me molesta. Si la Iglesia fuera una empresa, sus directivos estarían en prisión”, cuenta.

Los padres y la culpa
Salmon asegura que lo que más lamente es el sufrimiento de sus progenitores, que han vivido durante años atormentados por la culpa. Como John y Lynn Pilmaier, padres de una víctima que sólo supieron hace tres años el caso de su hijo, violado en la escuela primaria de Saint John Vianney, a las afueras de Milwaukee. Su vástago, John, ronda la cuarentena y sufrió abusos del padre David Hanser. “Cuando John fue a informar a la archidiócesis, era la decimoséptima persona en denunciar que Hanser le había agredido. Hanser nunca ha sido procesado, vive en una casa junto al lago, aunque le apartaron, ya no es cura”, explica Lynn Pilmaier. Evidentemente, la fe de estos hasta hace poco católicos devoto languidece. “No sé ni siquiera si creo en Dios. Ya no puedo rezar”, confiesa Lynn.

Indemnizaciones millonarias
Los escándalos de pederastia han costado a la diócesis de Milwaukee (EEUU) 28 millones en indemnizaciones, refiere Associated Press. Pero las víctimas no quieren sólo dinero. Quieren justicia y exigen a la jerarquía católica que deje de encubrir sistemáticamente unos crímenes que tenían que haber sido juzgados en tribunales civiles. Solicitan, además, que se hagan públicos los documentos eclesiásticos qué muestran cuándo, cómo y dónde ocurrieron las atrocidades, muchísimas de ellas prescritas.

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