A Mahoma, ni tocarlo

El asunto es grave. Una llamada telefónica anónima en la que una mujer informó a la Policía de Berlín de que, a la vista de lo sucedido tras la publicación de las caricaturas de Mahoma, la prevista representación en la capital alemana de la ópera Idomeneo podía suponer un peligro ha sido suficiente para retirar la obra de la programación otoñal del magnífico teatro de la ópera berlinés.

 

Ni siquiera era una amenaza concreta, sino una suposición de riesgo que el ministro regional del Interior comunicó a la directora de la Ópera. En vez de ofrecerle seguridad y protección, la asustó y le endosó la responsabilidad de ofrecer la obra o quitarla del cartel. Todo porque en la puesta en escena, que ya pudieron contemplar los berlineses hace tres años, el rey de Creta, que se rebela contra los designios coactivos de los dioses, presenta las cabezas decapitadas de una selecta representación de la divinidad: Poseidón, Jesucristo, Buda y Mahoma.

Como es fácil de imaginar, el problema no procedía de las cabezas degolladas de Jesucristo y Buda. Mucho menos de la de Poseidón, que no es sino el Neptuno de toda la vida (vida romana, se entiende). El problema es que en estos tiempos de crecida del fanatismo islamista se puede blasfemar contra cualquier dios y vituperar a sus profetas, pero no contra Alá, que es el único verdadero para los que han decidido devolver el mundo a la Edad Media a través del terror indiscriminado. La prohibición de tocar un pelo a Alá –metafóricamente hablando– incluye naturalmente a su enviado especial.

Como comprendemos bien todos los que la hemos sufrido en algún momento, en materia de libertad de expresión sólo hay algo peor que la censura, y es la autocensura, porque añade a la censura el agravio de la humillación. El censurado tiene que dejar en manos del censor el papel de verdugo controlador de las ideas ajenas, pero el autocensurado se convierte en su propio censor y, de alguna manera, ha de asumir la vergüenza de su claudicación. El miedo a las represalias nos envilece y nos degrada.

Eso en lo que se refiere a la víctima del chantaje que se rinde a los chantajistas. En lo que respecta al valor que está en juego en este caso, o sea, la libertad del arte –una cosilla que ha costado siglos de lucha y sufrimiento conseguir y que ahora consideramos irrenunciable–, no se defiende precisamente achantándose ante la amenaza. Al contrario. Nada envalentona más a los matones que la constatación de la debilidad de sus víctimas, nada les anima más a acometer tropelías mayores que la evidencia de que nos arrodillamos ante ellos.

Esto no es nuevo. Los que hicieron concesiones al nazismo creyendo que así lo calmarían y los dejaría tranquilos no sólo perdieron la dignidad, también se quedaron sin la tranquilidad pretendida. Y sin libertad, que es de lo que se trata ahora.

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