21 años de la masacre de la mezquita de Abraham

Imagina que estás en tu casa sentado en una silla confortable, saboreando una taza de té y mirando el panorama a través de la ventana. Estás seguro y tranquilo; nadie te puede hacer daño. Imagina ahora, en cambio, que la puerta principal de tu casa la ha cerrado y echado un candado un ejército extranjero que te prohíbe salir a la calle donde está tu casa. Para salir tienes que hacer un agujero en otra pared. Imagina que tu balcón está cerrado por una red que tú has colocado para protegerte de las piedras que te arrojan tus vecinos, y que los soldados pueden entrar en tu casa a cualquier hora del día que les apetezca.

No es un simple ejercicio de imaginación sino como la vida es realmente en mi hogar, en la calle Shuhada de Hebrón. Por una orden de las Fuerzas de Defensa Israelíes, que controlan esta parte de la ciudad, la puerta de mi casa, que da a la calle, está cerrada y asegurada y se me prohíbe salir. Los vecinos que arrojan piedras a mi balcón son los colonos, civiles israelíes que han tomado estructuras y casas en la zona durante las últimas décadas. Los soldados que pueden entrar en mi hogar cuando lo desean son soldados israelíes que patrullan la calle todo el día y toda la noche, y que cuando les pido ayuda por las piedras que los colonos arrojan a mi hogar, no responden.

Para alguien que nunca ha visitado Hebrón debe ser difícil imaginarse cómo era la calle Shuhada hace algunos años, cuando estaba llena de vida y los comercios desbordaban de actividad en su condición de centro del Hebrón comercial. Hoy solo los soldados y los colonos pasean por mi calle. Las persianas están echadas y las puertas cerradas. Casi el 80 por ciento de las tiendas del centro han sido cerradas en los últimos veinte años, en su mayor parte mediante órdenes militares. Se estima que más de la mitad de los residentes de la ciudad vieja y sus alrededores la han abandonado desde entonces. ¿Y quién puede culparles? ¿Quién no abandonaría su hogar si tuviera la posibilidad de hacerlo, si su hogar se hubiera convertido en una prisión y los medios de sustento hubieran desaparecido? El miedo y la violencia reinan en cada esquina y cada acción básica, como visitar el cementerio o llamar a una ambulancia, se convierte en una operación complicada debido a las restricciones sobre la libertad de movimiento.

Esta semana se cumplen 21 años de la masacre de la mezquita de Abraham (la matanza de la Tumba de los Patriarcas), cuando un colono de Kiryat Arba asesinó a 29 personas que estaban rezando e hirió a más de un centenar. Nunca olvidaré ese día, ni a la gente que perdió la vida. Aquel día cambió el aspecto de la ciudad, y no solamente a causa del dolor, la rabia y el miedo que causó este horrible suceso. A mediados de los noventa los asentamientos del centro de Hebrón no eran nuevos ni tampoco era nueva la presencia del ejército. Pero después de la matanza, Israel empeoró las cosas y empezó a aplicar restricciones permanentes en el movimiento y en las condiciones de vida de los palestinos en las áreas anejas a los asentamientos que hay en la ciudad. Y esas restricciones se intensificaron a partir del año 2000, después del inicio de la segunda intifada. La presencia permanente de soldados y la violencia de los colonos en nuestra ciudad han convertido la vida en una lucha constante.

El crecimiento de los asentamientos en el área que controla Israel ha transportado la lucha a las puertas de otros residentes palestinos de la zona. Hace cosa de un año otro nuevo asentamiento se estableció cuando los colonos tomaron la Casa Rayabi. Cada nuevo asentamiento convierte en un infierno la vida de los palestinos a causa de los ataques de los colonos y además limita aún más el movimiento de los palestinos. Israel justifica esta política apelando a la “seguridad”. Pero es necesario decir la verdad: no es una política de seguridad sino una política de apartheid. No existe un término más apropiado para una política que se basa en dar mayores derechos e inmunidad a una minoría con ciudadanía israelí que se ha establecido en el centro de una ciudad palestina. No existe un término mejor para una política que se basa en la lógica de la segregación conforme a la filiación nacional, y que utiliza la presencia de cientos de colonos israelíes como excusa para cerrar a los palestinos las calles adyacentes.

Hay gente que me pregunta cómo puedo continuar viviendo aquí como prisionera en mi propio hogar. Mi respuesta es sencilla: vivo aquí porque este es mi hogar, mi calle y mi ciudad. Los colonos quieren que nos vayamos pero vamos a quedarnos y a luchar por nuestros derechos para vivir libremente en nuestras casas. Activistas de Hebrón y personas que nos apoyan en todo el mundo, incluido Israel, harán esta semana un llamamiento para la apertura de la calle Shuhada en la que vivo. Se trata de un llamamiento simbólico que representa una invocación mucho más amplia: el desmantelamiento de los asentamientos en la ciudad, el fin del control militar sobre nuestras vidas, y el fin del régimen de apartheid que Israel aplica en Hebrón. La rehabilitación de nuestras vidas depende de estos cambios que pueden darnos esperanza para un futuro en el que podamos vivir en paz en nuestras casas, y pasear tranquilamente por nuestras calles. Deseamos que quien aspira a la justicia, la igualdad y la paz, se una a este llamamiento.

Zleikha Muhtaseb
Maestra en Hebrón y activista de los Jóvenes contra los Asentamientos, una organización de base que trabaja para conseguir el fin de la ocupación israelí

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