Religión y abuso

¿Por qué se niegan a aceptar lo evidente? ¿Por qué cuesta tanto en general a las autoridades eclesiásticas de cualquier nivel aceptar delitos, errores, fallas, fracasos?

Las religiones son sistemas organizados alrededor de creencias, llamadas a mantenerse a través de los ritos. No las caracteriza la innovación, ni el cuestionamiento, ni una mirada crítica, ni las preguntas, ni provocaciones a profundizar contenidos, pues se trata de mantener un legado que en general se considera único y es casi inamovible. Ese legado da seguridad, pues se supone que es revelado a algunos privilegiados, en general sacerdotes, pastores, ministros, en su gran mayoría hombres, encargados de transmitirlas en el culto y en prédicas, en gestos, en símbolos, en escritos, en imágenes, en vestidos, música y cantos.

Como sistema miden su éxito y aceptación en la cantidad de fieles que adhieren a sus preceptos, ritos y eslóganes. Ejercen un poder real sobre las personas, muchas veces basado en el miedo y el castigo a ser rechazados por Dios aquí y, lo que es peor, toda la eternidad, para siempre.

Es muy difícil cuestionar un poder que está bañado en un aura divina, que viene de lo alto y que quien lo ostenta dice ser un vocero de Dios. Para poder hacerlo es necesario vivir una espiritualidad que puede o no expresarse en una religión específica, que en cierta manera la supera aunque puede incluirla.

Por eso los abusos sexuales y las violaciones dentro de la Iglesia católica en concreto son tan graves. Porque lo realizan personas con atribuciones que dicen ser y muchos creen “sagradas”, porque lo hacen con niños y jóvenes con menor capacidad de resistir, porque quien lo realiza en general es admirado y para muchos modelo de comportamiento. Tiene todos los elementos para ser aberrante. Por eso se entiende menos aún la evasión, negación, tardanza y negligencia en condenar a los autores de manera clara, pública, moral y penalmente. No solo dentro de la Iglesia en cuestión, sino denunciándolos en los ámbitos legales correspondientes. Sin ambages ni rodeos.

La iglesia en la que participo es la católica, pero sus espacios de encuentro, de culto en general, son tan estereotipados, encorsetados, apegados a una ley donde el espíritu parece estar amordazado, detenido, amarrado e inmovilizado que es difícil creer que hay una Buena Noticia que nos dice que Dios es amor, que ese amor nos habita y es el corazón de nuestro corazón, la alegría profunda y la paz sin límites, que lo encontramos en nosotros y en los demás, sobre todo en aquellos que son transparencia de su rostro y su clamor, los empobrecidos y en este caso los abusados. Y es a ellos que hay que defender, no a ministros indignos que tienen “comportamientos inadecuados”.

Me interesa una iglesia que no se considera una sociedad perfecta, con embajadores, burocracia, tribunales propios, que no disfraza de estrategia, prudencia y recato lo que requiere pronunciamientos justos y claros, que desenmascara con lucidez los delitos que en ella se cometen sobre todo si afectan a los más vulnerables y que se permite innovar para ser una comunidad que acoja y abrigue a todos los miembros de la familia humana cualquiera sea su diversidad y su identidad.

Nelsa Curbelo

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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