Indultos en Semana Santa: una gracia en peligro

El próximo viernes 23, llamado de Dolores, puede serlo con razón para el Ejecutivo de Mariano Rajoy. El Consejo de Ministros deberá hacer pública la lista de presos indultados de cada Semana Santa, en virtud una tradición del siglo XVIII, legal, pero con creciente rechazo social. Si la hace, la oposición irá a degüello y si no, lo harán las todopoderosas cofradías, 10.000 con casi tres millones de nazarenos o penitentes, según cifras de la Iglesia Católica.

La decisión, con cierto alivio para el Gobierno, no podrá incluir a Jordi Sánchez, Jordi Cuixart, Junqueras y otros encarcelados o encausados por el procés, a falta del requisito de condena en firme. Para esquivar críticas ya el año pasado sólo fueron perdonados siete reos, la cifra más baja de los diez últimos años en los que se levantaron castigos a 151.

Los presos indultados suelen procesionar, tras el oportuno ritual y el grito del hermano mayor “¡Jesús os ha liberado!” Marchan en cabeza, encapuchados y vistiendo el hábito de las cofradías que salen a las calles de ciudades y pueblos. Ellos dan caché a la mezcla de tradición y religiosidad que atrae al turismo nacional e internacional con sus emotivas y espectaculares procesiones, pasos, Vía Crucis, tamborradas y ‘pasiones vivientes’.

Todos los gobiernos

Estas medidas de gracia son solicitadas por las hermandades de las distintas provincias. En teoría pueden hacerlo todas, pero en la práctica apenas suman una docena. El Ministerio de Justicia tampoco aprueba todas las peticiones que le llegan, unas 90, según una de las cofradías agraciadas el año pasado. Pero todos los Gobiernos de la democracia han rubricado alguna, con independencia del color político y a pesar de que no les obliga la Ley.

En lo que va de siglo las cifras bailan alrededor de 15 indultos especiales concedidos en Semana Santa, salvo en 2014 y 2013, en que el Ejecutivo de Rajoy las elevó a 20 y 21, respectivamente. José Luis Rodríguez Zapatero y José María Aznar otorgaron 17 como máximo, según las referencias de Moncloa y las publicaciones en el BOE.

Rajoy no se cortó tampoco durante su Gobierno en funciones otorgando 13 medidas de gracia. Pero el año pasado las rebajó a siete tras el alud de críticas. Incluso, por primera vez en la historia, no se perdonó a ningún preso de la cofradía Jesús el Rico de Málaga, una de las más señeras junto a la de Nuestra Señora de la Piedad de Valladolid.

Opacidad y reinserción

La fundación Civio, que trabaja para mejorar la calidad democrática en España, asegura que es un procedimiento “opaco y no encaja en un Estado de Derecho moderno”. Critica que el Boletín Oficial del Estado (BOE) se limite a publicar los nombres de los excarcelados “sin explicar las razones por las que se otorga esta gracia a cada persona en concreto”. Defiende que habría que suprimirlos o trasladarlos al poder judicial y sólo para casos muy excepcionales.

Según destacados juristas, el artículo 62 de la Constitución permite esta autorización graciable al Rey. Felipe González eliminó en 1988 la obligatoriedad de que fuese un “Decreto motivado”, como se estableció en sus orígenes en 1870, y pasase a ser simplemente  un “Real Decreto”.

Las cofradías defienden la existencia de esta práctica porque “se trata de una labor social que facilita la reinserción”. En la zaragozana cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro, una de las más “agraciadas”, explican que sólo se pide el indulto para presos que han cumplido la mitad de la pena y que buscan su reinserción en la sociedad. “Nunca lo solicitamos para quienes hayan cometido delitos de sangre o sexuales”, aseguran.

Tres mil perdones en diez años

Estos perdones forman parte del total de los más de 3.000 indultos gubernamentales que han concedido los Consejos de Ministros en los últimos dos lustros. La cifra supera los 11.000 desde 1996.

La mayoría de los agraciados con indultos religiosos habían cometidos delitos contra la salud pública (tráfico de drogas) y lesiones. Pero también los hay por robos y malversación de caudales.

Tanto el PP como el PSOE aceptan, sobre todo cuando gobiernan, esta tradición católica, negada en casos de delitos de sangre o por pertenencia a banda armada. El líder socialista Pedro Sánchez pide ahora que se excluya también a los condenados por corrupción y violencia de género.

El Ministerio de Justicia argumenta que cualquier ciudadano puede pedir el perdón, como las cofradías, que lo hacen en su provincia cumpliendo los requisitos de cualquier indulto ordinario, en los que concurren “razones de justicia, equidad o utilidad pública”.

Simbiosis trono-altar

Para Europa Laica, partidaria de suprimir los privilegios de las iglesias, no hay duda de que se trata de una tradición fuertemente arraigada al catolicismo en un país aconfesional, según establece la Constitución. Denuncia que, de entrada, prima a esta confesión.

Su portavoz, Juanjo Picó, declara la oposición frontal de esta organización contra esta figura del indulto, ya que supone una “contraprestación del Estado a la Iglesia, una simbiosis fuera de época entre el trono y el altar, un disparate político y jurídico”.  No obstante, reconoce que “es difícil de combatirla porque ha arraigado en el imaginario popular y no hay voluntad política para cambiar las leyes”.

Origen legendario

Quienes trabajan en el mundillo de las cofradías cuentan infinitas historias, empezando por el inicio de la tradición. Hay dos versiones legendarias. La más antigua data de 1447 de la mano del rey Juan II de Castilla. Esta medida, que imita el indulto exprés al judío Barrabás del romano Poncio Pilato, salvó la vida, según las crónicas, el capitán general de los Comuneros de manos del Emperador Carlos I.

 La segunda fecha clave en estos indultos es 1759, cuando la peste asolaba Málaga hasta que un grupo de reclusos se escapó para sacar en procesión la imagen de Jesús el Nazareno pese a la oposición de las autoridades. Devolvieron el paso, regresaron a sus celdas y en unos días la enfermedad remitió.

El rey Carlos III, al conocer el milagro, concedió a la cofradía nazarena la prerrogativa de liberar un preso en Semana Santa. Luego el mito se convirtió en tradición, “ante la que no mucho podemos hacer”, como diría Rajoy.  Así, el perdón real ha llegado a nuestros días para fortuna de los reos perdonados y extrañeza de la mayoría.

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