Basura intelectual y nacionalcatolicismo en la Universidad

‘La Universidad de Granada, a pesar de las repetidas denuncias, sigue ofreciendo talleres de sandeces como la reflexología podal y el reiki’

La Universidad de Granada (UGR) puede presumir de que uno de sus profesores, Antonio Bueno Villar, dirige un equipo que ha participado en una investigación considerada entre los diez grandes logros mundiales de la Física en 2017. Sirva este ejemplo para ilustrar que, a pesar de las dificultades económicas, la excelencia se alcanza con frecuencia en esta y otras universidades, y no solo en la investigación, sino también en la docencia y en la divulgación del saber. Enhorabuena a los excelentes, y a las autoridades universitarias (en particular, rectores y decanos) en la cuota que les corresponda.

Sin embargo, la Universidad de Granada (como otras), capaz de albergar lo mejor, puede también degenerar, y deteriorar su prestigio; esto ocurre cuando acredita lo que cabe calificar de basura intelectual, y cuando prepara adoctrinadores infantiles. Veamos cómo lo hace.

La universidad se envilece cuando da cobijo y respaldo a charlatanes pseudo o anticientíficos que se lucran haciendo pasar como ciencia lo que no dejan de ser creencias (en el caso de que aquellos vendedores de humo se las crean), a menudo muy estúpidas. La UGR, a pesar de las repetidas denuncias de asociaciones como ARP- Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, Círculo Escéptico y UNI Laica, sigue ofreciendo a toda la ciudadanía talleres de sandeces como la reflexología podal y el reiki (entre otras pseudoterapias). En otras universidades se da marchamo científico, además, al timo homeopático, sostenido por la mayoría de los universitarios titulados que están al frente de las oficinas de farmacia. Con estas actuaciones, en vez de ayudar a la sociedad a defenderse de esos fraudes intelectuales (y a menudo económicos), la universidad los avala. De modo que un estafador (o un simple ignorante) puede vender mucho mejor su pseudociencia, en ocasiones peligrosa para la salud, esgrimiendo ese refrendo universitario.

La perversión universitaria se acrecienta cuando el llamado templo del saber se convierte en un templo… religioso, que imparte doctrina confesional. Ya sabemos que muchas universidades conculcan la aconfesionalidad exigida a cualquier entidad pública (de la Administración) cuando convocan o albergan actos litúrgicos, o cuando exhiben símbolos religiosos, como crucifijos y belenes. Pero la UGR fue aún más allá desde que su anterior rector, González Lodeiro, creó en 2011 una Cátedra de teología católica (dirigida por los jesuitas, para más señas). No se impartía teología católica de manera oficial en las universidades públicas españolas desde 1868, en virtud del conocido como Decreto de Libertad de Enseñanza, firmado por el ministro de Fomento Ruiz Zorrilla el 21 de octubre de ese año, al entenderse que la ciencia y la teología habían de permanecer separadas. Casi siglo y medio después de aquel avance, que no desbarató ni el nacionalcatolicismo franquista, se subieron al nefando carro de la teología universitaria pública, tras la UGR, las universidades de La Laguna y Almería.

Pero, atención, que aún viene lo peor. El colmo de la vileza intelectual y moral en la universidad se alcanza cuando prepara a adoctrinadores religiosos infantiles. Por una parte, todas las universidades españolas, sometidas al chantaje de los Acuerdos con la Santa Sede de 1976 y 1979 (mero aggiornamento del Concordato franquista), parecen verse obligadas a impartir asignaturas de religión católica en sus Grados en Educación Primaria y en Educación Infantil. No son asignaturas de “hecho religioso”, como se dice desde el episcopado, pues no se trata de estudios objetivos sobre la cuestión religiosa; en ellas se imparte doctrina católica, con sus discutibles contenidos morales (a veces contrarios a los derechos humanos) y sus componentes pseudo y anticientíficos, y se enseña su didáctica, es decir, como adoctrinar mejor a los niños en los centros escolares. Esta aberración no acabará mientras perdure la ignominia concordataria, incompatible con una democracia.

Pero es que hay universidades, como la UGR, que no solo sufren un descrédito hoy inevitable al verse obligadas por la imposición vaticana (vigilada de cerca por los obispos, a las órdenes del papa), sino que extienden el proselitismo dogmático-religioso de un modo libre y servicial. Por un lado, la UGR es una de las universidades públicas que tiene adscrito un Centro de formación de maestros de la Iglesia católica, La Inmaculada, cuya gestión, además, no sufre un control eficaz por parte de la universidad (la dirección que esta nombra viene siendo una marioneta del ultraconservador arzobispo). La UGR saca de ello una rentabilidad económica no despreciable. ¿Cómo calificar esta renuncia a la honestidad/aconfesionalidad a cambio de dinero? Hágalo el lector.

Pero la UGR no se conforma con eso, sino que ofrece por su cuenta, al margen de su amparado centro arzobispal y de los grados oficiales, la (de)formación religiosa necesaria para obtener la DECA (Declaración Eclesiástica de Competencia Académica), el título de carácter catequístico que exige la Iglesia a sus adoctrinadores infantiles para impartir la asignatura de religión a los niños, en centros de enseñanza públicos o privados. Los cursos de la DECA (un total de 600 horas) los imparte, para más inri, allí donde se deben formar esos admirados profesionales que son los maestros: en la Facultad de Ciencias de la Educación.

Hace años que desde la Asociación por la Defensa de una Universidad Pública y Laica (UNI Laica) denunciamos la infamia de este tipo de cursos ante el rectorado, el defensor universitario y el decano de Ciencias de la Educación. Tuvimos la satisfacción de que la actual rectora de la UGR, Pilar Aranda, hace unos meses se comprometiera de palabra a extinguirlos, e incluso llegara a cancelar alguno, presumiendo justamente de ello. Sin embargo, parece haber olvidado tanto aquel compromiso como que hace unos años (antes de ser rectora) firmó el Manifiesto por una Universidad Pública y Laica, y ahora defiende esos cursos universitarios confesionales. Lo hace so pretexto de abaratar el coste a los alumnos, pues la Iglesia (en Granada, a través de la arzobispal La Inmaculada y la jesuítica Facultad de Teología) se lucra con ellos, al cobrar entre 640 y 1.080 euros, frente a los 312 de la UGR. Es decir, el mérito de esta es el de preparar adoctrinadores a bajo coste.

Creo que, como exigen UNI Laica y otras asociaciones, hay que acabar en la universidad pública con la promoción de la pseudociencia y la superstición, con los cursos confesionales, con las cátedras de teología, con las adscripciones de centros eclesiásticos, y con otros residuos confesionales. La universidad que no haga todo esto seguirá siendo un escaparate de charlatanes y manteniendo un cariz nacionalcatólico incompatible con la democracia, con el rigor académico, y con su papel de máxima instancia pública promotora del conocimiento, al servicio de toda la sociedad (incluyendo, no se olvide, a la infancia). Rectores, decanos y otras autoridades académicas: no menoscaben la dignidad de la universidad pública con malas praxis contrarias a la ciencia y a la laicidad, que van a contracorriente del trabajo de los universitarios excelentes.

Juan Antonio Aguilera Mochón

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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