El privilegio del delirio

La irrupción del Islam en las sociedades europeas, y especialmente en la española ha provocado una polarización social como respuesta que deja descolocados a todos los que no nos podemos incluir en la posición neonazi (moros fuera, viva España, viva Franco y demás perlas por el estilo) pero tampoco en la respuesta buenista (islamofobia igual a xenofobia).

Es necesaria una alternativa (o más) a estas posturas que me parecen partir de intenciones encontradas, pero de supuestos igualmente equivocados y de graves consecuencias para nuestra sociedad del siglo XXI.

Propongo una tercera vía que satisfaga a las personas razonables en mayor o menor medida y que con su flexibilidad pueda ser objeto de debate, lo cual ahora mismo es imposible entre las dos posturas –por irracionales-  anteriormente apuntadas.

Para comprender y –en su caso- aceptar la propuesta es necesario un requisito previo de carácter conceptual: se trata de considerar las religiones como ideologías, como estructuras de normas que pretenden regular nuestra vida tanto individual como colectivamente en base a costumbres, valores, creencias, formas de vida doméstica, productiva, económica y lúdica.

Hasta ahora cualquiera podría criticar, rechazar o incluso ridiculizar un rasgo del comunismo, del capitalismo o de la socialdemocracia, pero las ideologías recogidas bajo el paraguas de lo religioso se encuentran protegidas tanto por la censura social como por figuras legales del tipo de “ofensas a los sentimientos religiosos”.

Es lo que llamo “el privilegio del delirio”: construir un ideario en torno a unas piedras esculpidas por un ángel, o a una resurrección a los tres días, o a una comunicación en sueños de Alá con un profeta supone un plus legal y social con respecto a aquellos desgraciados que pretendemos organizar la sociedad en base a valores humanos, racionales y mejorables.

Es imperativo acabar con la impunidad de ideologías totalitarias que aprovechan vestigios medievales vigentes en el ideario colectivo para exigir un respeto que no merecen. Más allá de los atentados terroristas (todos los extremistas tienen brazos armados) el Islam como ideología condena a la mujer a un estatus semilibre, martiriza la diversidad y libertad sexual, promueve sistemas educativos enemigos de la creatividad y la iniciativa, sectariza y manipula a sus adeptos imbuyendo el rechazo sin matices de lo diferente…

El Islam como ideología se equipara a los peores totalitarismos y la izquierda autodenominada antifascista no puede seguir haciendo el juego a quienes desprecian y debilitan el ideario de libertad, igualdad y solidaridad.

En cuanto a la respuesta de la ultraderecha, pocos comentarios merece al tratarse de un mero cambio de collares.

Propongo este urgente cambio de perspectiva que traería consecuencias muy positivas para los que apostamos por la democracia social, liberal y participativa, a saber: no podemos permitir en nuestro territorio el adoctrinamiento a menores en ideas totalitarias, sectarias, represivas y antidemocráticas, se debe limitar la exhibición pública de símbolos de tales connotaciones, las fuerzas de seguridad deben impedir la reunión de grupos incitadores a la violencia sectaria y arrasadora de las libertades que tanto ha costado ir implantando…y todo ello, de una vez, sin esos reparos buenistas que nos pueden convertir en aliados de la barbarie.

Centrándonos en nuestro país, los más conservadores deben asumir que la higiene democrática requiere eliminar un vergonzoso concordato con el Vaticano que otorga a tal ideología privilegios propios de un Estado confesional: pongamos fin a sus millonarias subvenciones directas e indirectas y a unos conciertos educativos que suponen la licencia para el adoctrinamiento, por citar solo dos aspectos de su posición de dominio.

Pero los progresistas deben curarse la esquizofrenia que supone ondear en una mano la bandera arcoíris y agitar con la otra un “viva las cadenas” pidiendo respeto para una ideología cegadora de cualquier luz del entendimiento.

Una vez más, y como cuestión de supervivencia construyamos un espacio de convivencia que permita la felicidad y la dignidad, un espacio que solo puede ser un mundo laico.

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