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Laicismo y feminismo

La semana pasada hablábamos de nuevos retos de la laicidad, y entre ellos hablábamos por encima de las relaciones entre laicismo y feminismo. Vamos a intentar desarrollar ahora un poco más esta cuestión.

Decíamos en el texto anterior que el laicismo puede asumir fácilmente las exigencias básicas del feminismo. En tanto que el objetivo feminista es la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, oponiéndose a toda forma de discriminación de las mujeres por el mero hecho de serlo, el laicismo es radicalmente feminista. En el mismo sentido en el que es antirracista. La igualdad de derechos es un principio del laicismo, independientemente del color de piel o el sexo de la persona. El laicismo puede y debe asumir este feminismo por cuanto la libertad de conciencia, y la igualdad independientemente de los contenidos de conciencia, son derechos tanto de hombres como de mujeres.

Esta vinculación entre laicismo y feminismo tiene su manifestación paradigmática en la reivindicación común del derecho a la interrupción del embarazo. Desde el punto de vista feminista, la mujer tiene el mismo derecho que el hombre a disponer de su propio cuerpo, y a decidir sobre él. Y, por supuesto, el cuerpo de la mujer no es un objeto sobre el que pueda decidir ningún hombre ni nadie excepto la propia mujer. Por tanto, la decisión sobre si continuar o no un embarazo compete a la propia mujer embarazada. Desde el punto de vista laicista, la interrupción del embarazo es una cuestión moral que depende de cada persona, y será cada cual desde su propia conciencia la que juzgará si es algo moral o inmoral y actuará en consecuencia. Si una mujer considera que el aborto es inmoral, el laicismo protegerá su derecho a no ser obligada a abortar, de la misma manera que si otra mujer no tiene reparos morales en interrumpir su embarazo, el laicismo defenderá su derecho a hacerlo.

Una ley que prohibiera el aborto por motivos religiosos o morales privados sería un atentado a la libertad de conciencia y al laicismo. Lo sería porque, entonces, el Estado estaría asumiendo como propia una religión o moral privada, imponiéndosela a todo el mundo, tanto a quienes la comparten como a quienes no. En ausencia de consenso sobre una cuestión moral, el Estado laico se mantiene en la neutralidad y la separación público-privado para garantizar la libertad de conciencia y la igualdad.

Ya advertíamos en el otro texto que lo anterior no significa que el Estado tome postura a favor o en contra de la moralidad del aborto. No le compete al Estado juzgar eso sino a la conciencia individual de cada persona. Lo que el Estado laico garantiza es que cada uno pueda adecuar su vida a esa conciencia sin imposiciones de unos sobre otros. Por eso permite elderecho a interrumpir el embarazo, sin prejuzgar la moralidad o no de hacerlo. Iría contra la laicidad una ley que obligara a todas las mujeres a abortar en ciertos casos, igual que otra que lo prohibiera en otros casos. Por ejemplo, una ley que obligara a abortar a todas las mujeres víctimas de violación, o que le impidiera a esas mujeres el poder hacerlo. El Estado laico simplemente deja que sean las propias mujeres las que lo decidan por sí mismas, y en ese sentido viene a coincidir plenamente con el feminismo.

Sin embargo, el feminismo no es monolítico, y dentro de la teoría feminista hay distintos feminismos. Suele distinguirse entre un feminismo de la igualdad y otro de la diferencia. El de la igualdad pone el acento en lograr la equiparación de derechos entre mujeres y hombres, incidiendo en la irrelevancia del sexo a la hora de hablar de derechos de los individuos. Tan irrelevante resulta en este sentido el sexo, como el color de la piel o la orientación sexual. El llamado feminismo de la diferencia lo que hace es poner énfasis más en lo que distingue a mujeres y hombres que en lo que los iguala, pasando de la reivindicación de igualdad de derechos o no discriminación, a exigir ciertos derechos específicos de las mujeres como tales. En lo que considera una profundización de esos derechos propios, este feminismo tiende a parecerse a las reivindicaciones multiculturalistas o comunitaristas, haciendo de las mujeres una especie de comunidad con ciertos derechos propios solo por ser mujeres.

Este feminismo de la diferencia parte de una idea de la dignidad de la mujer y de la opresión patriarcal que acaba considerando como violencia de género algunas prácticas tales como la prostitución, la pornografía e incluso el hecho en sí de que una mujer pose como modelo en publicidad o pasarelas de moda. La idea subyacente es que la dignidad de la mujer como fin en sí misma es incompatible con la utilización de la mujer o su cuerpo como mero medio para otros fines (normalmente, fines de excitación sexual de los hombres). Esa utilización de la mujer como medio se interpreta como una cosificación o mercantilización de la mujer que queda reducida a mero objeto o cosa intercambiable, vendible y negociable, lo que sería indigno para la propia mujer. Todas esas prácticas mencionadas serían inmorales por cuanto atacan la dignidad de la mujer y la reducen a cosa o medio. En consecuencia, reivindican la prohibición de todas esas prácticas, especialmente de la prostitución.

No obstante, hay mujeres que responden apelando a su libertad para prostituirse, ser actrices porno o modelos. Consideran que, en tanto que acciones libres, no pueden ser indignas, por cuanto la dignidad depende de la autonomía: una acción es digna si se decide desde la libertad. O dicho de otra forma: no hay acciones dignas o indignas en sí mismas, sino que depende de si se hacen de forma libre o no. A la mujer que se la fuerza mediante amenaza, chantaje o violencia a prostituirse sí se la estaría tratando de forma indigna, pero no por el hecho en sí del contenido sexual de aquello a lo que se le obliga, sino por el hecho en sí de obligarla contra su voluntad. Pero, si es la propia mujer la que, libre y voluntariamente, decide prostituirse o hacer una película pornográfica, su acción sería totalmente digna, porque es el resultado de su libertad. En este caso, prohibírselo sería lo indigno.

El feminismo de la diferencia responde que esa libertad es una ilusión, que ninguna mujer en su sano juicio (esto es, consciente de su dignidad y no sometida a la ideología patriarcal) elegiría nunca prostituirse ni nada de eso. Que la que lo hace, o bien es forzada directamente, o indirectamente (como forma desesperada de tener ingresos) o por influencia del patriarcado imperante. Las otras mujeres pueden replicar, por su parte, que esa forma de ver las cosas es mesiánica e insultante hacia las mujeres que toman decisiones contrarias a ese feminismo “mesiánico”. Le acusarían de querer salvar a las mujeres de sí mismas y de no tratarlas como “mayores de edad” (en sentido moral) sino como “menores” que no pueden pensar por sí mismas y a las que hay que cuidar y proteger de un modo paternalista contra su voluntad y “por su bien”. Por el contrario, exigen que se respete la presunción de “mayoría de edad” moral de las mujeres que declaran explícitamente prostituirse o hacer pornografía libremente y, simplemente, porque les gusta o les da la gana hacerlo.

¿Qué tipo de feminismo es el más compatible con la laicidad? ¿El abolicionista, que pretende la prohibición de la prostitución o incluso de la pornografía, o el que plantea la legalización de esas prácticas como derechos de las mujeres y su libertad para dedicarse a ellas si lo desean? A mi modo de ver, y por analogía con lo que considero la posición laicista correcta en otros temas como el aborto o la eutanasia, es la de la legalización. Eso no quiere decir que el laicismo deba valorar positivamente la prostitución o la pornografía. Simplemente, que el laicismo se abstiene de juzgarlas moralmente, y solamente las plantea como derechos para quien no tenga reparos morales en utilizarlos. Exactamente igual que con el aborto o la eutanasia. La única exigencia es la de la libertad: que realmente la persona quiera prostituirse o hacer porno. Igual que en el caso del aborto o la eutanasia: lo importante para el laicismo es que la personarealmente quiera interrumpir su embarazo o acabar con su vida de un modo digno.

La objeción de que ninguna mujer emancipada del yugo patriarcal querría prostituirse, y que si alguna dice elegirlo libremente es que en realidad está alienada, no es de recibo. No lo es porque es igual a la objeción antiabortista o contraria a la eutanasia que apela al “sano juicio”. Quienes se oponen al aborto o la eutanasia argumentan que nadie en sus cabales querría abortar o quitarse la vida, y que quienes lo hacen, en realidad, es por la presión psicológica o de otro tipo a la que se ven sometidos. La prueba de que no es así es toda la gente que, sin ninguna duda de saber lo que hacen, aún así quieren abortar o terminar con su vida de una forma digna. Por la misma razón, si una mujer explícitamente dice prostituirse porque le da la gana, no hay razón que no sea paternalista o mesianista para negar la verdad de su afirmación o prohibirle que lo haga.

Desde ciertas coordenadas morales, a alguien puede parecerle incomprensible que otra persona decida prostituirse, pero exactamente de la misma forma que a otro puede parecerle increíble que alguien sano mentalmente pueda querer acabar con su vida o no dar a luz. Sin embargo, la laicidad consiste en eso: en establecer el marco de convivencia adecuado para que personas con morales tan opuestas como esas puedan vivir en concordia y sin imponerle ninguna su moral a la otra. Para comprender esto es necesaria la práctica de la virtud cívica de latolerancia. Tolerancia entendida como la disposición a admitir el derecho del otro a realizar su propia vida, de acuerdo a su propia conciencia, y aunque esa moral particular del otro nos parezca repugnante o pecaminosa. Por eso se trata de tolerancia, cuya raíz latina nos lleva al significado etimológico de “soportar, aguantar”. Quien tolera está haciendo un esfuerzo por aceptar algo que, de alguna manera, rechaza en su fuero interno. Pero reconoce el derecho del otro a vivir así: respeta su libertad de conciencia. Estar a favor del derecho a abortar no es lo mismo que aceptar que el aborto está bien moralmente, igual que estar a favor del derecho al matrimonio homosexual no implica casarse con alguien del mismo sexo. Tan solo consiste en admitir el derecho de que quien quiera pueda hacerlo, aunque uno mismo jamás lo hiciera. De la misma forma, alguien puede ser feminista y considerar indigna la prostitución o la pornografía. Y puede intentar convencer a los demás de esa indignidad y desear que, algún día, nadie se prostituya ni consuma pornografía. Pero debe admitir que esa es su moral particular, y que cae del lado del ámbito privado, y que no puede imponer esa moral privada en el ámbito público en forma de ley prohibicionista de la prostitución o la pornografía. Exactamente igual que el religioso puede intentar convencer a todo el mundo de la inmoralidad del aborto, pero no puede pretender que la ley prohíba a todo el mundo lo que para algunos es inmoral.

En conclusión, el laicismo es totalmente compatible con el feminismo de la igualdad en tanto que ambos comparten el esquema básico de luchar por la igualdad de derechos con independencia o irrelevancia de otras circunstancias (las creencias particulares, el sexo, la orientación sexual, el color de piel, el origen étnico o nacional, etc.). En cuanto al feminismo de la diferencia, habrá puntos de acuerdo y otros en los que no. Posiblemente, la razón esté en que tanto el laicismo como el feminismo de la igualdad tienen una base común en el pensamiento ilustrado, moderno y universalista, mientras que el feminismo de la diferencia entronca más con el comunitarismo, el posmodernismo y el multiculturalismo. Todas estas corrientes aciertan en una de sus críticas al pensamiento ilustrado: el sesgo etnocéntrico, androcéntrico y liberal que históricamente lo ha caracterizado. Pero fallan totalmente en la alternativa: su rechazo al proyecto moderno ilustrado en su conjunto. El proyecto ilustrado, lejos de agotado, lo que está es por hacer, y en ese por hacer está la superación de esos sesgos hacia un universalismo sin ellos. Lo que esas corrientes niegan es la mera posibilidad de que pueda lograrse el universalismo, por eso buscan refugio en el comunitarismo. A nuestro modo de ver, sí que es posible, y por eso tiene sentido incidir en la construcción de un laicismo ilustrado, universalista y feminista, a mi modo ver: republicano; capaz de lograr plenamente los objetivos de libertad de conciencia en igualdad. En eso estamos.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.

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