Librepensamiento y política

En un sentido histórico estricto, el término librepensamiento alude a una corriente  que se desarrolla en la Inglaterra del siglo XVIII,  y que tiene a John Toland y a Anthony Collins como sus representantes paradigmáticos. El primero propugna una interpretación racional de las creencias religiosas del cristianismo y promueve un nuevo culto basado en la fraternidad humana. El segundo se demuestra enemigo de la superstición y partidario del libre examen de toda creencia religiosa y de toda afirmación filosófica.

En un sentido más amplio, el vocablo librepensamiento refiere a una forma de pensar las realidades existenciales que se caracteriza por rechazar el principio de autoridad, combatir el dogmatismo y propiciar la reflexión crítica, sistemática y permanente. Es en este segundo sentido que se empleará el término librepensamiento en la presente exposición, particularmente en lo que atañe a su relación con la política, entendida como una de las dimensiones fundamentales de la vida de los hombres en sociedad.

Si bien librepensamiento se manifiesta, aunque en forma limitada, ya desde el mundo antiguo, adquiere su configuración clásica en el transcurso de los  últimos cinco siglos. Ello se debe a que, a comienzos de la Época Moderna, un conjunto de circunstancias históricas acumulativas establecen las bases para el el despliegue gradual de condiciones objetivas que posibilitan el desarrollo del librepensamiento en Occidente.

A diferencia de lo que acontece con otras civilizaciones, como la islámica, la india o la china, en la Europa occidental de los albores de la modernidad, no existe un imperio que la unifique políticamente, imponiendo su gobierno absoluto y sus verdades absolutas. Por el contrario, un conjunto heterogéneo de Estados dinásticos que emergen de la gradual desaparición del orden feudal compiten entre sí, sin que ninguna prevalezca sobre los restantes.

Esa competencia constituye un estímulo permanente para las transformaciones políticas, militares y tecnológicas, y aleja a los europeos de cualquier propensión al inmovilismo histórico, al tiempo que los habitúa al cambio y a sus incertidumbres.

Por otra parte, la Reforma protestante del siglo XVI y las guerras de religión que desangran a Europa hasta mediados del siglo siguiente, acaban con la unidad religiosa heredada de la Edad Media, contribuyen al debilitamiento del principio de autoridad en materia de fe y estimulan un debate permanente entre las iglesias cristianas que se multiplican y complejizan en sus fundamentos institucionales y doctrinarios, a partir de entonces.

Finalmente, la llegada de los europeos a América presenta ante ellos un Nuevo Mundo, cuyas variadas realidades ya no pueden describirse y entenderse, tan fácilmente, a partir los saberes recibidos del mundo antiguo. Como resultado de todo ello, el debate ideológico se convierte en un hábito permanente que estimula el espíritu crítico, dificulta la cristalización de cuerpos doctrinarios dogmáticos y debilita la imposición de estos últimos en base a  instituciones y tradiciones que se arraigan en un pasado milenario.

Durante el período renacentista, fase inicial de la modernidad europea, la discusión sobre la política desde la perspectiva de un librepensamiento incipiente se manifiesta desde una doble perspectiva. Algunos intelectuales destacados, vinculados al cultivo de la Filosofía y de la Historiografía, plantean un análisis de las distintas formas de gobierno que existen en su época, a partir del estudio de la naturaleza humana y no en razón de especulaciones teológicas, como solían hacerlo sus predecesores medievales. Al interesarse por los fenómenos políticos, no se centran en los referentes universales que habían rivalizado hasta ese entonces, es decir, el Sacro Imperio Romano Germánico y la Iglesia católica, sino que se dedican a comprender la aparición y la proyección de una nueva estructura política: el Estado dinástico.

Surgen, así, autores como Maquiavelo que reflexionan sobre la marcha de los Estados y las revoluciones políticas, en base a la dinámica de las pasiones humanas. También podrían referirse planteos como los de Jean Bodin, quien que indaga sobre los fundamentos  geográficos y culturales de las formas de organización política del mundo moderno, en particular. Este historiador y pensador francés es ampliamente conocido por justificar el absolutismo como expresión de una necesidad histórica, basada en factores naturales y sociales, y no en designios providenciales, como ocurre en otro teórico francés del absolutismo, Jacques-Benigne Bossuet.

Junto a estos intereses y preocupaciones, se perfilan los planteos de tres autores renacentistas que abordan el tema de las formas ideales de gobierno a partir de un género que combina la ficción literaria y el ensayo filosófico. Se trata del género utópico, cultivado por Tomás Moro, Francis Bacon y Tommaso Campanella. En sus obras, estos autores describen sociedades organizadas políticamente en base a un sistema ideal, no porque lo crean posible, sino porque lo utilizan como una herramienta para criticar las realidades políticas, sociales y económicas del orden civilizatorio en que se encuentran inmersos. En este contexto, la utopía, como expresión de librepensamiento, no constituye, entonces, la aspiración a un orden ideal, contrapuesto al real, sino un ejercicio irónico-crítico que por el contraste sistemático con la realidad cotidiana, denuncia las injusticias, contradicciones y limitaciones de las sociedades a las que pertenecen esos tres autores.

Ya en pleno siglo XVII, el librepensamiento en su relación con la política conoce nuevos desarrollos, ya surge el interés por el estudio del proceso mediante  el cual los hombres transitan del estado de naturaleza al estado social. Ese interés radica en explicar cómo nacen las sociedades y las formas de organización política, hasta llegar al presente. Para ello, los autores que indagan estos temas se desprenden de cualquier presupuesto de carácter teológico y se centran en la reflexión sobre la naturaleza humana, en particular, sobre los móviles que impulsan las acciones de los hombres. Postulan cuáles son esos móviles, cómo se relacionan entre sí y cuáles prevalecen, y a partir de estos postulados infieren cómo se han organizado políticamente las sociedades, y qué formas de gobierno garantizan la consecución de la felicidad colectiva. Esta corriente, que recibe el nombre de jusnaturalismo, se desprende, entonces del providencialismo político medieval, ya que la remisión a la naturaleza humana como base desde la cual entender a la política, desplaza, de manera definitiva, a la providencia divina, aunque sus autores continúen siendo convencidos creyentes.

Uno de los más notables exponentes, Thomas Hobbes, otro conocido teórico del absolutismo, es el primero que postula, a mediados del siglo XVII, la separación de la esfera política de la religiosa, o como lo diría en sus propios términos, la separación de la república civil de la república eclesiástica.

Desde su perspectiva, no le compete al Estado imponer ninguna verdadera religiosa, ya que la verdad jamás se impone por la fuerza. Una fe religiosa impuesta no es una verdadera fe y de ningún modo puede conducir a la salvación a la que aspira el cristiano. Este argumento constituye una de las piedras angulares de un pensamiento político que conduce, en el largo plazo, a la secularización.

Otros argumentos, planteados por John Locke en Carta sobre la Tolerancia resultan igualmente relevantes en el proceso gradual de secularización. Locke rechaza la imposición coercitiva de supuestas verdades absolutas, puesto que lejos de fomentar la paz social, alienta las confrontaciones permanentes. Entiende, por otra parte, que las discrepancias religiosas y filosóficas no desatan el caos, siempre que se desarrollen en un contexto en que la tolerancia constituye el valor orientador. Un ejemplo notable de cómo esa tolerancia religiosa propicia el desarrollo del librepensamiento, lo ofrece la propia vida de uno de los representantes más connotados del racionalismo en el siglo XVII: Baruch Spinoza. Sus ideas filosóficas, que hacen de él el primero de los panteístas modernos, y sus ideas políticas, que lo convierten en un precursor del pensamiento democrático, motivan que sea excomulgado por la comunidad religiosa a la que pertenece: la israelita. Sin embargo, como Spinoza vive eb Ámsterdam, una ciudad en que impera la tolerancia, la excomunión no lo conduce al ostracismo ni a la miseria. Por el contrario, Spinoza puede subsistir materialmente y continuar escribiendo sus obras, gracias a la ayuda de sus amigos cristianos.

En el siglo XVIII, el Siglo de las Luces, el librepensamiento y la reflexión sobre la política avanzan unidos y en estrecha relación.

Con Montesquieu, la libertad de conciencia se convierte en uno de factores de diferenciación entre la monarquía constitucional y el despotismo, y  entre las sociedades basadas en el imperio de la ley y las que responden a la arbitrariedad tiránica.

Con Voltaire, la libertad de conciencia se asocia indisolublemente a la libertad de expresión del pensamiento, entendidas, tanto una y otra, como las claves de todo progreso material, científico y moral.

Kant, a fines del siglo XVIII, profundiza estas nociones, a través de la conocida máxima: “Atrévete a pensar”. La libertad de conciencia implica, entonces, el desafío de pensar por uno mismo, más allá de las verdades que tanto el Padre Estado como la Madre Iglesia deseaban imponer al individuo, al que no reconocían como ciudadano sino como un mero súbdito.

En síntesis, en contexto del pensamiento ilustrado la aspiración a un ordenamiento racional de la sociedad se manifiesta en la consagración de las libertades civiles, dentro del marco de una monarquía que se justifica por la búsqueda del bien común, y que ya no se legitima en razón de su supuesto origen divino. No se cuestiona, por lo tanto, al gobierno monárquico como tal, ni se proponen formas de gobierno en las que participe directamente el pueblo, sino que se entiende que la monarquía representa por delegación al pueblo y vela por el progreso material y moral de los gobernados. Solo cuando deja de hacerlo, el pueblo tiene derecho a deponer a los malos gobernantes, sublevándose contra la tiranía, sin que ello implique rechazar a la monarquía como la forma de organización política idónea para el gobierno racional de las sociedades.

Un modelo alternativo a estos planteos, procede de la obra de otro connotado representante del librepensamiento en el Siglo de las Luces: Jean-Jacques Rousseau. Su afirmación de que la soberanía reside en la nación como sujeto político, y que es esta última quien debe ejercerla directamente, resulta revolucionaria en un doble sentido: porque introduce la idea de soberanía popular y porque elabora la idea moderna de nación. A partir de entonces, se desarrollan corrientes de pensamiento que conciben al Estado no a partir de la dinastía que lo organiza y gobierna, sino a partir de la nación a la que responde y cuya voluntad general expresa.  En este sentido, puedo afirmarse que si el librepensamiento renacentista contribuye a la reflexión política sobre Estado, los autores más radicales de la Ilustración contribuyen a la reflexión política sobre la nación.

A fines del siglo XVIII, las ideas más radicales del Iluminismo inspiran a la Revolución Francesa y las grandes revoluciones liberales de la primera mitad del siglo XIX, revoluciones que habrán de institucionalizar las concepciones que el librepensamiento de los siglos anteriores gradualmente fue definiendo.  En las primeras décadas del siglo XIX, las controversias con respecto a qué debe ser el Estado y qué funciones debe cumplir, se manifiesta en una diversidad de corrientes que en sus pugnas alimentan la llama del librepensamiento. Nacen, así, las primeras ideologías seculares: el conservadurismo, el liberalismo y el radicalismo.

Pero más allá de las divergencias que existen entre ellas,  la organización de la sociedad política a partir de las estructuras del Estado nacional genera una serie de procesos irreversibles. Para la segunda mitad del siglo XIX, en buen parte de los países occidentales determinados sectores de la sociedad pueden elegir de manera regular a sus gobernantes. Nacen, entonces, los primeros gobiernos representativos electos, que si bien no resultan plenamente democráticos, amplían las bases sociales del poder legítimo. Los comicios electorales, en la medida en que suponen competencia entre programas e ideas divergentes, se nutren de la libertad de expresión y de la libertad de conciencia. La competencia entre ideas divergentes se transforma, por lo tanto, en un factor permanente de progreso, en la medida en que posibilita la rectificación colectiva de los caminos por los que las sociedades transitan.

Por otra parte, la separación de la Iglesia y del Estado se procesa gradualmente,  en la medida en que se consolida la tolerancia religiosa y se establecen las bases de una cultura laica. Se legitima, así, la autonomía de un pensamiento secular asociado a un orden jurídico que no se justifica a partir de creencias ultramundanas, sino que se dedica a construir una sociedad basada en los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Asimismo, el espacio de laicidad nacido de la libertad de conciencia resulta un factor imprescindible para la consolidación del pensamiento científico. Esto obedece al hecho de que  la ciencia es adogmática, por definición, y la competencia entre teorías e hipótesis divergentes, contrastadas mediante la experiencia, constituye una de sus prácticas primordiales.

Es bien sabido que el mundo contemporáneo nace con la Revolución Francesa pero que también es hijo de la Revolución Industrial. Las transformaciones económicas que esta última genera  no solo afectan a las estructuras sociales sino que también repercuten en un pensamiento político que reflexiona sobre las formas de superar las contradicciones y los conflictos que la industrialización produce.

El impacto conjunto de la Revolución Francesa y de la Revolución Industrial motiva la reflexión sobre el desarrollo de las sociedades y de las formas de gobierno desde una perspectiva netamente histórica. Si en los siglos XVII y XVII, el librepensamiento aspira a inferir racionalmente cuál sería la forma de gobierno ideal, basándose en la naturaleza humana, en el siglo XIX, el librepensamiento lo hará partiendo de un análisis racional de los procesos históricos. De este modo, en el transcurso de dicho siglo, cuatro exponentes paradigmáticos del librepensamiento teorizan sobre la forma de gobierno a la que propenden las sociedades, como resultado de un desarrollo histórico mundial, regido por leyes que estos autores procuran descifrar. Hegel, Marx, Comte y Spencer acometen esa colosal tarea y sientan las bases de cuatro sistemas de pensamiento que habrán de gravitar en las discusiones de su siglo y del siglo siguiente. El idealismo dialéctico, el materialismo dialéctico, el positivismo y el evolucionismo suponen concepciones divergentes con respecto  al sentido de la historia humana, e introducen discusiones de larga duración que alimentarán el librepensamiento, pero también engendrarán nuevas formas de dogmatismo.

Estos cuatro sistemas son, en sentido, estricto, Filosofías de la historia, que aspiran a comprender el mundo y también a transformarlo. Por ello, de estos cuatro sistemas surgirán ideologías seculares que se expresarán políticamente en el siglo XX, de modos diversos. Sin embargo, en la medida en que también pretenden ofrecer una explicación fundada del desarrollo histórico, inspirarán teorías científico-sociales originales que gozarán de diversos grados de aceptación.

En el ámbito político-ideológico, la interpretación lineal de algunos de estos sistemas, expresiones preclaras de librepensamiento, conduce a formas renovadas del dogmatismo. De este modo, Hegel, Marx, Comte y Spencer se convierten en autoridades cuyas palabras se citan como si se tratasen de verdades reveladas, y cuyos textos se convierten en los pilares de cuerpos doctrinarios que diluyen el pensamiento crítico, en vez de estimularlo.

Si bien es cierto que luego de la Primera Guerra Mundial la democracia liberal logra imponerse en Europa, a partir de la crisis de 1929, esa democracia comienza ser cuestionada por nuevas formas de concebir a la organización política y social de los hombres, que ya no dan cabida a las libertades cívicas y civiles y que se convierten en enemigas acérrimas del librepensamiento. Si en los siglos previos, la fusión del Estado de la Iglesia obstaculizaba el desarrollo de la libertad de conciencia, en el siglo XX, la aspiración totalitaria a que la sociedad política absorba por completo a la sociedad civil, mediante un sistema basado en el régimen de partido único, supone una de las mayores amenazas a la existencia del librepensamiento. El fascismo, el nacionalismo-socialismo, y el comunismo estalinista durante el período interbélico y durante la Segunda Guerra Mundial intentan ahogar la libertad de conciencia, negando los derechos individuales, en una escala nunca antes conocida. Sin embargo, el librepensamiento logra renacer luego de la Segunda Guerra Mundial, con  una democracia renovada. Las confrontaciones ideológicas de la Guerra Fría, sin embargo, llevan a alineamientos políticos reduccionistas que dejan poco espacio para las alternativas críticas. A pesar de ello, el pensamiento crítico y adogmático, florece en múltiples contextos, alimentado por el desarrollo de las Ciencias Sociales en ámbitos académicos que se muestran independientes de las controversias ideológicas.

Finalizada la Guerra Fría, disuelto el totalitarismo comunista, pero no resueltas las contradicciones que continúa generado el capitalismo, a principios del siglo XXI el librepensamiento brilla con una intensidad y una diversidad únicas en la historia. Sin embargo, su triunfo no es aún ni universal ni definitivo, ya que enfrenta viejos y nuevos desafíos, integrados en un mismo horizonte de incertidumbres, como resultado de los efectos a veces contrastantes otras veces contradictorios que generan las fuerzas de globalización.

Entre los viejos desafíos figura el resurgimiento de los antiguos  dogmatismos religiosos, transformados en los fundamentalismos actuales. El término fundamentalismo, en sentido estricto, refiere a corrientes radicales que dentro del protestantismo anglosajón se aferraron, a partir de la segunda década del siglo XX, a una exégesis literal del texto bíblico ante el avance del darwinismo. Por extensión, designa a cualquier movimiento religioso que interprete de manera literal y ahistórica los textos doctrinarios en los que se inspira. El vocablo integrismo, por su parte, alude a una corriente que surge a fines del siglo XIX dentro el catolicismo y que se opone a la separación de la esfera religiosa de la política, proponiendo integrar la una a la otra, como acontecía antes de la consolidación del Estado secular. En el último tercio del siglo XX estos términos comienzan a aplicarse a movimientos que dentro del Islam reaccionan contra la modernización y se tornan políticamente activos hasta impulsar una revolución, como la iraní, que instaura una República islámica. Desde entonces, esa tendencia se ha acentuado, generando corrientes que acrecientan su rigorismo doctrinario y su proyección político-militar, hasta llegar al actual Estado Islámico, enemigo mortal de todo lo que no se amolda a una interpretación literal del Corán. El Estado Islámico  utiliza las armas, los recursos financieros, los medios tecnológicos y las estrategias comunicativas del mundo actual, para acabar con él y restaurar un orden político-religioso que jamás existió, ya que el califato árabe clásico se caracterizó por la tolerancia y por la apertura a los saberes del mundo.

En el plano de las ideologías seculares, nuevas formas de un nacionalismo virulento y combativo emergen en el seno de la sociedad global. Si bien esta última parece desbordar los viejos moldes del Estado nacional, con procesos de integración regional y mundial que incorporan nuevos referentes identitarios, también alienta, con sus contradicciones, la aparición de algunos nacionalismos que reeditan viejas prácticas genocidas, como aconteció en los años noventa con el nacionalismo serbio en la antigua Yugoslavia. Quienes creían que los horrores de los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial se encontraban definitivamente superados, se equivocaron rotundamente, en ese entonces. Con expresiones mucho más moderadas, a principios del nuevo siglo, los nacionalismos beligerantes adquieren un vigor momentáneo en algunos países, o una gravitación persistente, en otros. Estos impulsos nacionalistas asfixian al librepensamiento, ya que conducen a alineamientos que no dejan espacio para la reflexión crítica: los que tienen un pensamiento independiente se convierten automáticamente en traidores. Cabe recordar que los periodistas, intelectuales y políticos estadounidenses que en su momento expresaron sus críticas a la guerra de Irak, fueron vindicados de filoterroristas.  También hay que tener presente que las figuras públicas de las Rusia actual que cuestionan a las políticas de su gobierno, corren serios riesgos en su país. En otras sociedades, que lidian con las rémoras de un orden totalitario, como acontece con la  República Popular China, la expresión de opiniones independientes que no se encaucen dentro del marco institucional que el partido gobernante le impone a la sociedad,  es objeto de la más sistemática represión.

El retorno de viejos oponentes al librepensamiento con ropajes distintos se articula con el surgimiento de nuevos antagonistas, menos visibles, en primera instancia que los anteriores, pero no por ello menos relevantes.

La globalización actual se manifiesta, entre otros aspectos significativos, en el desarrollo de una sociedad de consumo  mundial. Suele afirmarse que el consumo elitista fue uno de los motores del capitalismo a partir de la primera revolución industrial, mientras que el consumo de masas,  en una escala nacional, lo fue durante las segunda y tercera industrial.

Actualmente, en plena revolución informacional, asistimos al surgimiento de un consumo de masas que opera en una escala planetaria, ya que las redes telemáticas sientan las bases de un mercado mundial. El ciudadano actual, al ingresar al ciberespacio, accede a una oferta de productos y de servicios que proceden de todos los países y continentes y al mismo tiempo, recibe, de manera incesante, publicidad comercial que lo estimula a transformar su vida en una experiencia consumista.

Por otra parte, el estímulo permanente del crédito al consumo y el escaso estímulo al ahorro personal y familiar, favorecen las conductas compulsivas que llevan a que cientos de millones de personas “gasten el dinero que no tienen, para comprar lo que no precisan a fin de impresionar a personas que no les agradan”. El consumo que supera las barreras del espacio (ya que el mercado mundial se encuentra al alcance de un click y de una tarjeta de crédito) y que también supera las barreras del tiempo (ya que algunos productos, en particular las aplicaciones informáticas, pueden descargarse inmediatamente) acostumbran a los seres humanos a la satisfacción instantánea.

En ese contexto, la espera no se tolera y la atención rara vez se fija demasiado tiempo en algo, ya que los estímulos deben variar incesantemente para evitar el aburrimiento. Estas formas de comportamiento se reproducen cuando, los ciudadanos que han nacido en un mundo digital y que no conocieron el mundo previo a Internet, procuran información. Esta última resulta tan voluminosa y diversa, y la posibilidad de transitar entre las fuentes informativas resulta tan fácil, que rara vez se leen por completo los textos que buscan formar opinión, mientras que solo se retiene los titulares de las noticias que aluden a los hechos  políticos cotidianos.

Existe, además, una tendencia a preferir la comunicación audiovisual de esta clase de información y a desechar la información basada en el texto. Como resultado, rara vez se profundiza en los temas, y con menor frecuencia se analizan críticamente las fuentes que tratan estos temas.

La consulta de Internet como recurso informativo sustituye a la consulta a las bibliotecas, y cuando mediante Internet se accede a libros o a periódicos, muchos de los lectores actuales navegan en forma errática entre ellos, hasta que el aburrimiento los conduce a otras búsquedas. Cada vez menos las personas se sientan a leer libros, dedicándole el tiempo que una lectura atenta y profunda requiere.

En un mundo extremadamente complejo en el que la producción académica que intenta explicarlo resulta cada vez más exigente y rigurosa, los hábitos de lectura y de ejercicio del pensamiento crítico se debilitan notoriamente entre el gran público.

En síntesis, el desarrollo de una sociedad el consumo mundial, en la forma en que se manifiesta actualmente, contribuye a que el interés por la política, por las controversias ideológicas, por las discusiones sobre el presente y sobre el futuro del mundo pierdan protagonismo, y las conciencias se adormezcan, estimuladas por un consumismo fácil, en el contexto de una cultura digital que en algunos aspectos –y solo en algunos- puede contribuir al debilitamiento del pensamiento crítico.

El desinterés por la política y la falta de sentido crítico con respecto a la información que circula sobre los hechos políticos y los dichos de las figuras públicas, atenta contra el librepensamiento, en la medida en que dificulta su desarrollo entre los hombres y mujeres del mundo actual, y hace a éstos mucho más vulnerables a manipulaciones de toda índole.

Es cierto que hubo momentos históricos del pasado siglo que se caracterizaron por una intensa politización, en los que la política parecería ser el eje fundamental de la existencia humana, porque de ella se esperaba las grandes transformaciones que habrían de conducir a la felicidad colectiva. Los años treinta y cuarenta, pautados por las luchas entre las ideologías democráticas y totalitarias y los años sesenta y setenta, signados por los momentos más álgidos de la Guerra Fría, dan cuenta de ello. En esos momentos, se esperaba todo de la política y se olvidaba que existen otras dinámicas de la vida social que, aunque se vinculan con las dinámicas políticas, son autónomas con respecto a ellas, e igualmente conducen a transformaciones históricas de relevancia.

En el presente, la tendencia a la despolitización y al desinterés por la discusión de los grandes temas, acompañada por la fascinación que produce los cambios introducidos por las nuevas tecnologías, conduce a una visión simplificadora y reduccionista de la realidad, que también atenta con el librepensamiento. La tecnología, lejos de ser un factor histórico independiente, se encuentra en estrecha asociación con los grandes procesos económicos y políticos de la actualidad, que la impulsan y la condicionan en grados diversos. La censura telemática, el espionaje electrónico, el condicionamiento de las formas de comunicación y de expresión en el ciberespacio que propician las plataformas creadas por las corporaciones transnacionales de la economía digital, resultan un claro ejemplo de esos estrechos vínculos.

Finalmente, cabe señalar que la globalización en sí misma plantea un desafío mayúsculo al ejercicio del librepensamiento en el campo de la política. De siglos anteriores hemos heredado un sistema político mundial organizando en Estados nacionales, que fueron los marcos institucionales desde los que buena parte de los librepensadores de las últimas dos centurias concibieron y discutieron las realidades políticas. Los procesos de democratización, secularización y del desarrollo de un bienestar económico con equidad social, se concebían desde el Estado. Inclusive, algunas ideologías que aspiraban a trascender sus límites, integrando a la humanidad en un único sistema, como ocurrió con el comunismo, tuvieron que operar, sin embargo, desde los límites de determinados Estados.

En el mundo actual, el horizonte ecuménico de la experiencia humana resurge como un referente de la reflexión política, como ocurrió en otros períodos históricos, ya que los Estados pierden protagonismo en los procesos que conducen a las grandes transformaciones, y el surgimiento de nuevas estructuras, como las uniones regionales y los acuerdos de integración de escala continental, cumplen un papel decisivo. Emergen, además, nuevos actores políticos transnacionales, que no se organizan como partidos políticos sino como complejos movimientos que actúan en red. Hay quienes hablan del advenimiento de una verdadera sociedad política mundial más allá de las fronteras de los Estados nacionales, ya que los temas y problemas que la definen son netamente globales.

En este contexto, el librepensamiento enfrenta el desafío, nada sencillo, de reflexionar con lucidez sobre las grandes cuestiones que hacen a la política desde una escala planetaria, en un mundo que continúa organizándose en Estados nacionales, y en el que la acción política formal del ciudadano corriente todavía se desarrolla dentro de esos límites. Continuar concibiendo el acontecer nacional desde sus marcos estrechos, solo conduce a debilitar la eficacia del pensamiento político y a menoscabar el sentido crítico necesario para comprender las realidades nacionales.

Por el contrario, contribuir a la reflexión sobre el modo en que pueda desarrollarse esa sociedad política mundial –como nuevo referente universal- articulando en ella las complejas realidades nacionales y regionales, constituye un verdadero desafío para el desarrollo de un pensamiento innovador y creativo, que aspira a liberarse del peso de ciertos marcos conceptuales que operan como lastres históricos, pero que, al mismo tiempo, se inspira en los ideales perdurables heredados de los múltiples pasados de los que somos tributarios, para sentar las bases de un futuro promisorio.

Dr. Juan Andrés Bresciano

Licenciado en Ciencias Históricas por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República

Doctor en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (Argentina).

Es Profesor Agregado de Departamento de Historiología en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República.

Ha trabajado en las áreas de Técnicas de la Investigación histórica, Metodología y Técnicas del Trabajo Intelectual, y Teoría y Metodología de la Historia.

Integra el Sistema Nacional de Investigadores. Tiene numerosas publicaciones, la última de las cuales es: “Mundo en red. El estudio histórico de los procesos globales en la sociedad de la información” (2014).

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