El eterno enemigo a batir: la cultura del librepensamiento

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¿Cuánto tiempo nos dedicamos a pensar por nosotros mismos? Solemos creer que nuestras ideas son propias, consecuencia directa de la manera que tenemos de entender o tratar de entender el mundo. Pero ¿cuántos de nosotros tenemos por costumbre comprobar si son fiables? Sincerémonos: ninguno; no se nos educó para ello.

De pequeño me enseñaron algunas verdades absolutas. Supe, sin saber muy bien cómo, que las pirámides de Egipto fueron construidas por esclavos, que a las trece víctimas del estrangulador de Boston se les quitó la vida mediante el estrangulamiento, que a Albert Einstein le fue concedido el Premio Nobel de Física por su Teoría de la Relatividad General, que Darwin afirmó que los seres humanos descendemos del mono, que Robert Capa fue el autor de la fotografía “Muerte de un miliciano” durante el tiempo que trabajó como corresponsal de guerra en la Guerra Civil Española, que era una manzana el fruto que comieron los personajes de la Biblia —Adán y Eva—… Fueron muchas las verdades que adquirí sin cuestionármelas, tal vez porque creía en las bondades de los mayores o porque resultaba cómodo creerme culto. Pasado el tiempo, hubo un puñado de maestros que me enseñaron a dudar de mis axiomas más hermosos, que me hicieron dudar incluso de ellos mismos; que me hicieron dudar, sencillamente. Entonces ocurrió: de repente dejé de ser un hombre culto y me sentí traicionado por aquellos en los que hube confiado mi conocimiento. Ahora, a mis treinta y seis años, hace tiempo que me sé responsable de mi propia ignorancia. Sin dejar de culparles, me culpo; he aprendido a culparme por no defender a los maestros que me inculcaron la duda y por no defenderme de quienes me dan una verdad sin pedirme la propia.

Un hombre no es culto por aceptar como siervo las letras de los libros. Un hombre no es culto por saber muchas cosas. Un hombre culto es aquel que sabe interpretar, por sí mismo, las muchas o pocas cosas que sabe. No se es culto por saber que las pirámides de Egipto fueron construidas por trabajadores asalariados, de hecho la primera huelga de trabajadores de la historia fue protagonizada por ellos. No se es culto por saber que el estrangulador de Boston sólo asesinó a la primera de sus trece víctimas estrangulándola. No se es culto por saber que el Premio Nobel de Física le fue concedido a Albert Einstein, en mil novecientos veintiuno, por su obra sobre el efecto fotoeléctrico; siendo publicada la Teoría sobre la Relatividad General dieciséis años antes. No se es culto por saber que gorilas, chimpancés, bonobos, orangutanes y homo sapiens sapiens descendemos del Sahelanthropus Tchadensis; y que, como realmente advirtió Darwin, no somos todos sino primates. No se es culto por saber que Robert Capa no existió sino que éste era el seudónimo de Endré Ernö y Gerda Taro —marido y mujer del mismo matrimonio—. Y no se es culto por saber que en la Biblia no se especifica que el Árbol del bien y del Mal fuera un manzano ni que el famoso fruto prohibido fuese una manzana. ¿Quién es culto, entonces? Lo importante no es tanto conocer la verdad o evitar que nos mientan. Lo importante es que la ciudadanía española tenga la duda por certeza. La derecha lo conoce bien: sólo mediante la duda puede existir el librepensamiento y sólo en ausencia de éste es posible tomarnos por tontos.

La ausencia del ministro de Cultura, José Ignacio Wert, en la última gala de Los Premios Goya, es un desprecio a quienes practican el librepensamiento; del mismo modo que se pretende prevenir éste con un nuevo modelo de educación que resta protagonismo a las materias que incitan a la reflexión y el análisis; haciendo que las asignaturas con contenidos de historia, filosofía, literatura y ética pierdan peso curricular en favor de las materias que no admiten cuestionamiento por parte del alumno. Cuando la derecha española nos ha hablado, históricamente, de cultura; en realidad sólo nos habla de su propio modo de entenderla. Dijo Gonzalo Calamita, rector de la Universidad de Zaragoza en 1936, que el libro es “el peor estupefaciente”. José Ibáñez Martín, segundo ministro de enseñanza, dijo en en 1944 que la actuación más destacable de su ministerio fue la construcción de capillas. Aseveró Blas Piñar, en 1980, “nosotros tenemos lo que les falta a ellos: Dios y la razón”.

Debería preocuparnos el modelo de cultura porque debería preocuparnos que lo niños sigan siendo, junto con los adultos, las criaturas del mundo más fácilmente manipulables. Debería, debería, debería…; pero el hombre es un ser irracional que se pasa toda la vida disimulándolo.

Aarón García Peña
Presidente de la Agrupación de Retórica y Elocuencia del Ateneo de Madrid

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